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sobre Sotalbo
A los pies del Pico Zapatero; destaca por el Castillo de Manqueospese (término municipal) y paisajes
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A primera hora, cuando el sol todavía llega bajo desde el Valle de Amblés, las paredes de granito de Sotalbo toman un tono gris claro casi plateado. Apenas se oye nada más que algún coche que cruza la carretera y el golpeteo de una puerta de madera. El pueblo está a más de 1.150 metros, en la falda de la Sierra de Ávila, y ese aire frío de altura se nota incluso en verano temprano.
Viven aquí unas doscientas personas. Desde la carretera parece poco más que un puñado de tejados y corrales. Cuando entras despacio se ven mejor los detalles: muros de piedra colocada sin prisa, portones anchos para el ganado y patios donde todavía quedan aperos arrinconados junto a las tapias.
La plaza y la iglesia
La iglesia de San Juan Bautista ocupa el centro del pueblo. Es un edificio sobrio, de piedra clara, con un campanario que se levanta por encima de los tejados bajos. Suele estar cerrada si no hay oficio, algo habitual en pueblos pequeños de la zona.
Alrededor, la plaza mantiene ese aire de lugar de paso diario. Bancos sencillos, alguna sombra corta al mediodía y balcones donde en verano se ven sábanas o ropa tendida moviéndose con el viento de la sierra. Las calles que salen de aquí son estrechas y algo irregulares. Muchas casas conservan esquinas reforzadas con bloques grandes de granito, pensadas para aguantar el frío y los golpes del tiempo.
Calles de piedra y patios cerrados
Caminar por Sotalbo lleva poco tiempo. El casco urbano no es grande. Aun así, conviene hacerlo despacio. En algunas fachadas la piedra está pulida por décadas de viento y lluvia. En otras aparece más áspera, con líquenes claros que crecen en las juntas.
Detrás de muchos portones hay corrales o pequeños patios. A veces se ven montones de leña o restos de antiguas eras. Son señales de un pueblo que ha vivido siempre del campo y del ganado, con inviernos largos y veranos cortos.
Caminos hacia la Sierra de Ávila
Al salir del casco urbano empiezan los caminos de tierra que usan los ganaderos. Algunos avanzan entre praderas abiertas; otros se meten en pinares plantados hace décadas. Desde varios puntos se ve bien la línea de la Sierra de Ávila, con el Pico Zapatero dominando el horizonte.
Hay rutas que se dirigen hacia ese macizo o hacia pueblos cercanos del valle. Conviene mirar el estado de los caminos antes de salir. Tras lluvias fuertes aparecen charcos profundos o tramos cerrados por cercados ganaderos.
Al atardecer, si el cielo está limpio, hacia el oeste se alcanza a distinguir la silueta de Ávila en la distancia. Muy fina, casi del mismo color que el terreno.
Pinares, gargantas y fauna discreta
Las gargantas que bajan de la sierra forman pequeños corredores de vegetación. Allí el aire es más húmedo y el suelo suele quedar marcado por huellas después de la lluvia.
No es raro que haya corzos o zorros en los alrededores, aunque casi siempre se intuyen más de lo que se ven. Algunas rapaces sobrevuelan la zona en círculos amplios cuando el viento empieza a subir desde el valle.
Si te interesa observar animales, la mejor hora suele ser la primera de la mañana o el final de la tarde. El resto del día el campo queda bastante quieto.
Cuándo venir a Sotalbo
El otoño cambia mucho el aspecto de los caminos. Las hojas secas cubren las veredas y el aire huele a tierra húmeda. Es un buen momento para caminar sin calor.
En invierno el paisaje se vuelve más duro. A veces nieva en las cumbres cercanas y el viento baja con fuerza hacia el valle. Algunas pistas pueden quedar complicadas para el coche, así que conviene informarse antes de subir.
Sotalbo no tiene grandes reclamos ni intenta tenerlos. Es un pueblo pequeño de la sierra, de piedra, ganado y silencio. Si se recorre sin prisa, acaba enseñando más de lo que parece desde la carretera.