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sobre Valle de Mena
Valle verde y exuberante limítrofe con Vizcaya; destaca por su arquitectura románica y paisajes casi atlánticos
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El cordero asado de Villasana de Mena, en el Valle de Mena, no es exactamente como el de otros sitios de Castilla. Sale más seco, más curado, como si el horno llevara décadas haciendo siempre lo mismo y ya supiera el punto sin preguntar. Te lo ponen en una fuente de barro, con pan recio del de antes. Parece una piedra, hasta que lo mojas en la grasa del asado y entiendes por qué aquí el plato sigue teniendo tirón.
El valle que se tragó un bosque
Llegar al Valle de Mena es un poco como entrar en un cruce de caminos que nadie se molestó en cerrar. Estás en Burgos, sí, pero Vizcaya está a un rato en coche y Cantabria tampoco queda lejos. El río Cadagua atraviesa todo el valle entre montañas y durante siglos este pasillo natural fue una vía bastante usada para mover mercancías y gente de un lado a otro.
Por eso aparecen iglesias románicas donde menos te lo esperas. Hay bastantes repartidas por los pueblos del valle, muchas más de las que uno imagina para una zona con tan pocos vecinos. En algunos inventarios antiguos se hablaba de decenas de templos. Viéndolo sobre el terreno no cuesta creérselo.
La carretera principal te deja en Villasana de Mena, que hace de capital municipal. Tiene una torre medieval que sigue ahí plantada sin demasiada ceremonia, un palacio de ladrillo de aire mudéjar que hoy funciona como ayuntamiento y algún edificio reutilizado para cosas muy distintas a las que fueron. Aquí los edificios suelen tener segunda vida: si todavía aguantan, se adaptan; si no, la piedra acaba mezclándose con el paisaje.
Dónde el románico se esconde del mundo
Recorrer el románico del Valle de Mena tiene algo de pequeña búsqueda del tesoro. Son trayectos cortos entre pueblos donde a veces parece que no pasa nada… hasta que aparece una iglesia del siglo XII o XIII en mitad de un prado.
Santa María de Siones es de las más conocidas. En las portadas hay tallas que merece la pena mirar con calma; ese tipo de detalles que te hacen pensar en el cantero pasando horas con el cincel mientras el resto del pueblo seguía con su vida. San Lorenzo de Vallejo, en cambio, tiene un aire mucho más robusto: muros gruesos, ventanas pequeñas. Casi parece un refugio antes que una iglesia.
Y luego está la parte menos glamurosa pero más real: muchas veces están cerradas. El sacristán suele vivir en otro pueblo y hay que llamar a un número que aparece en una placa junto a la puerta. Si hay suerte, alguien viene con las llaves y te abre. A veces te cobra una pequeña entrada y de paso te cuenta medio árbol genealógico del lugar. Ese rato improvisado suele valer más que cualquier audioguía.
Cuando el valle se queda sin valle
Si te gusta madrugar, prueba a subir hacia la zona de la Peña de Ranero temprano. En otoño pasa bastante: la niebla se queda atrapada en el fondo del valle y desde arriba parece un lago blanco del que solo sobresalen los tejados de los pueblos.
Hay varios senderos por la zona. Algunos son circulares y no demasiado largos, aunque tienen sus repechos. Sobre el mapa parecen paseos tranquilos; sobre el terreno hay tramos de piedra suelta donde conviene mirar bien dónde pisas. Nada dramático, pero tampoco es un paseo urbano.
Arriba no hay servicios ni nada parecido. Ni bar, ni fuente, ni cobertura fiable. Solo monte, viento y las líneas eléctricas que cruzan la sierra zumbando cuando el día está húmedo.
Morcilla, truchas y el capón que no es capón
Si te sientas a comer en cualquier casa de comidas del valle, la carta suele moverse en un terreno bastante reconocible: cordero asado, morcilla con arroz, trucha del Cadagua cuando la hay, queso de oveja curado.
Luego cada cocina tiene su manera de hacerlo. Hay quien deja la cebolla de la morcilla muy hecha, casi dulce. Las truchas, cuando vienen del río cercano, saben completamente distintas a las de piscifactoría. Y el queso “fresco” a veces lleva ya semanas o meses curándose, pero aquí se sigue llamando así.
El capón aparece sobre todo en invierno, alrededor de las comidas navideñas. Es un gallo criado con calma y cocinado despacio, con bastante grasa. Un plato de esos que te deja lleno durante horas.
Patronas, toros y la banda que toca donde puede
La Virgen de Cantonad es la patrona del valle y su ermita está en el monte, no en el pueblo. Tradicionalmente se sube andando desde Villasana y otros pueblos cercanos en romería. Es una caminata larga, de esas que empiezan con charla animada y terminan en silencio cuando la cuesta aprieta.
En verano cada localidad celebra sus propias fiestas. En algunos pueblos pequeños sueltan vaquillas por calles que son casi caminos. La banda municipal a veces toca desde un balcón porque no hay una plaza grande donde montar escenario.
Cuando termina la procesión o el acto oficial, los músicos bajan y siguen tocando entre la gente. Camisas por fuera, algún estribillo que se escapa, críos corriendo alrededor. No hay mucho guion, y quizá por eso funciona.
Cómo no perderse (demasiado)
Para moverte por el Valle de Mena lo normal es entrar por la N‑629 y luego ir desviándote hacia los distintos pueblos. El valle es alargado: una carretera principal y muchos ramales que suben hacia barrios y aldeas.
El GPS a veces propone atajos por pistas forestales que no siempre merecen la pena, así que conviene mirar el mapa antes de lanzarse. Perderse pasa más de lo que uno cree, aunque tampoco tiene mucho misterio volver a la carretera principal.
En cuanto a alojamientos, hay varias casas rurales y pequeños alojamientos repartidos por el municipio, muchos en edificios rehabilitados con tejado de pizarra. Villasana concentra bastante movimiento; el resto son núcleos muy tranquilos, con más silencio que tráfico.
Mi consejo: venir en primavera avanzada o en otoño. Con las hayas verdes o con la niebla baja el valle tiene ese aspecto húmedo del norte que huele a tierra y a leña. Y si conduces con calma, baja un momento la ventanilla. El olor a heno y madera quemada hace más por entender el lugar que cualquier guía.