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sobre Navalosa
Pueblo famoso por sus 'cucurrumachos' (mascarada) y sus chozos de piedra típicos
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A las afueras del pueblo, en las laderas que bajan desde la Sierra de Gredos, el silencio pesa de otra manera. En un día despejado, cuando el sol ya ha calentado un poco la mañana, el aire huele a resina y a tierra húmeda. Navalosa, en el Valle del Alberche, apenas pasa de los trescientos habitantes y se asienta por encima de los 1.300 metros de altitud. Cuando cae la noche y el cielo está limpio, las estrellas aparecen con una claridad poco habitual en lugares más grandes.
Las calles son cortas y empedradas, con casas levantadas en granito, balcones de madera oscurecida y portones pesados. No hay intención de lucirse en la arquitectura: aquí todo parece pensado para aguantar inviernos largos y viento frío. Cerca de muchas viviendas todavía quedan pequeñas huertas donde se cultivan patatas, berzas o alguna fila de judías cuando llega el buen tiempo.
El núcleo del pueblo
La iglesia de San Juan ocupa un lugar central, con muros de mampostería gruesa y un aspecto sobrio, muy en la línea de los pueblos de esta parte de la sierra. Alrededor se concentran algunas de las casas más antiguas, con fachadas de piedra irregular y chimeneas altas que asoman por encima de los tejados.
Caminar por Navalosa no lleva mucho tiempo —el pueblo es pequeño—, pero conviene hacerlo despacio. A ciertas horas se oyen gallinas en algún corral, un perro que ladra desde una era cercana, o el ruido de un tractor que sube por la calle principal.
Caminos hacia el pinar
En cuanto se sale del casco urbano empiezan los pinares. Son masas de pino silvestre bastante densas, con suelo cubierto de agujas secas y claros donde aparecen praderas que en verano se llenan de ganado. Muchos caminos no tienen señalización formal: algunos vienen de antiguos pasos ganaderos o de sendas que los vecinos usan para llegar a pastos y huertas más alejadas.
Después de la lluvia el olor a resina se vuelve más intenso, y el suelo oscuro del pinar guarda la humedad durante horas. No es raro encontrar huellas de corzo o de jabalí en los bordes del camino, aunque verlos suele ser cuestión de suerte.
Si no conoces bien la zona, es mejor llevar mapa o GPS. La niebla aparece con facilidad en ciertos días y algunos cruces de pista se parecen mucho entre sí.
Mirar hacia el Valle del Alberche
En las zonas algo más abiertas, cuando el terreno gana altura, el paisaje cambia. El pinar se rompe y aparecen praderas desde donde se ve el Valle del Alberche extendiéndose hacia el sur. En días claros, la línea de cumbres de Gredos se dibuja al fondo con un perfil áspero y bastante cercano.
En verano estas partes altas tienen más movimiento: vacas y ovejas pastan en los claros y es habitual oír cencerros mientras se camina.
Invierno en la sierra
El invierno aquí se nota. Cuando nieva, los caminos del pinar quedan cubiertos y el sonido se apaga casi por completo. Algunas rutas se pueden recorrer con raquetas si se tiene experiencia y el equipo adecuado, aunque no hay infraestructuras ni actividades organizadas relacionadas con la nieve.
Conviene informarse del tiempo antes de salir al monte: el cambio puede ser rápido y el frío, a esta altitud, se vuelve serio al caer la tarde.
Comer y organizar el día
La cocina de la zona suele girar en torno a platos contundentes: carne de vacuno criada en la comarca, guisos de legumbres, patatas y, cuando llega la temporada, setas del pinar. Al ser un pueblo pequeño, la oferta es limitada y los horarios pueden variar según la época del año. No está de más confirmar antes qué hay abierto ese día, sobre todo fuera del verano.
Fiestas y regreso de vecinos
En agosto suelen celebrarse las fiestas patronales. Durante esos días el pueblo cambia bastante: regresan vecinos que viven fuera y por la noche hay verbenas en la plaza. También en septiembre se organiza otra celebración ligada a la gastronomía y a tradiciones del final del verano.
El resto del año Navalosa mantiene un ritmo tranquilo, muy ligado al monte y al ganado. No hay grandes atracciones ni infraestructuras turísticas. Lo que hay es un pueblo pequeño, rodeado de pinar, donde la sierra marca el paso de los días. Si se viene, conviene hacerlo con tiempo y sin prisa. Aquí casi todo ocurre despacio.