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sobre Serranillos
Pueblo de alta montaña en el puerto del mismo nombre; vistas espectaculares y aire puro
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A mediodía, cuando el sol empieza a caer oblicuo sobre las laderas de Gredos, Serranillos aparece tal como es: un puñado de casas de piedra apretadas en la cuesta, con balcones de madera oscurecida por los inviernos y tejados que todavía guardan restos de musgo. En las calles apenas se oye nada más que algún coche que pasa despacio o el golpe de una puerta. A veces queda en el aire un olor leve a leña húmeda, sobre todo cuando el frío empieza a apretar.
Situado a unos 1.200 metros de altitud, este pequeño municipio del Valle del Alberche ronda los 250 habitantes. El paisaje condiciona todo: inviernos largos, veranos suaves y una arquitectura que protege del frío. Las fachadas de granito y los corrales de piedra recuerdan que durante generaciones la vida giró en torno al ganado y al monte. No hay grandes edificios históricos ni museos; aquí lo interesante está en cómo se ha adaptado el pueblo a la montaña y al clima.
La iglesia y el trazado del caserío
La iglesia parroquial de San Pablo ocupa uno de los puntos más visibles del pueblo. Sus muros de mampostería y la espadaña sencilla encajan con el resto del caserío. Dentro suele conservar retablos modestos, de esos que muestran colores ya apagados por los años. No requiere mucho tiempo: es más bien una parada breve durante el paseo por el centro.
Las calles suben y bajan con cierta pendiente. En algunos tramos aparecen pequeñas fuentes de piedra que todavía se usan, y no es raro cruzar arroyos estrechos que bajan de la sierra cuando ha llovido o con el deshielo. Los portones de madera gruesa y los muros de granito hablan de casas pensadas para aguantar frío y viento más que para lucirse.
El monte alrededor de Serranillos
Alrededor del pueblo empiezan enseguida los pinares y robledales que cubren buena parte de esta zona del Valle del Alberche. En otoño el suelo se llena de hojas oscuras y húmedas; en verano, la resina de los pinos se nota en el aire cuando el sol calienta.
Si se gana un poco de altura por los caminos que salen del pueblo, aparecen vistas abiertas hacia las laderas que bajan al valle y hacia las cumbres de Gredos. El sonido del viento entre los árboles suele dominar el paisaje sonoro, acompañado a ratos por alguna rapaz o por el crujido de las ramas secas al pisar.
Caminos y paseos desde el pueblo
Desde Serranillos salen varios caminos rurales que se adentran en el monte o enlazan con otras localidades cercanas. Muchos coinciden con antiguas rutas ganaderas, todavía utilizadas en algunos tramos. No suelen ser recorridos complicados, pero conviene llevar calzado adecuado: el terreno puede estar húmedo buena parte del año y en invierno no es raro encontrar hielo o nieve.
En otoño, los pinares cercanos atraen a quienes salen a buscar setas. Es una actividad bastante habitual en la zona, aunque conviene informarse bien y respetar las normas locales que pueda haber en el monte.
Comer y organizar la visita
La cocina que se encuentra por esta parte de la provincia suele ser contundente, pensada para el clima de la sierra: legumbres, patatas con pimentón, carnes de ganado criado en la zona. Entre semana o fuera de los meses con más movimiento puede haber pocos sitios abiertos, así que no está de más venir con cierta previsión.
También conviene tener en cuenta la carretera de acceso, con curvas y tramos estrechos en algunos puntos del valle. La llegada forma parte del viaje: encinas primero, luego pinos, y finalmente el pueblo apareciendo en la ladera.
Mirar con calma
Serranillos no funciona como un lugar de grandes panorámicas, sino de detalles. La luz baja de la tarde marcando las juntas del granito, una pila de leña junto a un portal, el humo fino saliendo de una chimenea cuando cae la temperatura.
En días de nubes bajas —bastante frecuentes en otoño e invierno— el paisaje se vuelve gris y silencioso. No es mala hora para caminar despacio por las calles y escuchar el eco de los pasos en la piedra húmeda. Aquí el interés está precisamente en eso: en el ritmo tranquilo de un pueblo pequeño de montaña que sigue funcionando a su manera.