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sobre Candeleda
Villa turística en la ladera sur de Gredos; microclima suave
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En el extremo suroccidental de la provincia de Ávila, donde la sierra de Gredos desciende hacia el valle del Tiétar, se encuentra Candeleda, una villa de más de 5.000 habitantes que muchos siguen pasando de largo camino a Extremadura o a Madrid sin saber muy bien lo que hay detrás del cartel. A 429 metros de altitud, este municipio disfruta de un microclima que, para estar en Castilla y León, sorprende: más mediterráneo que castellano, más verde que seco, más templado que riguroso. En cuanto bajas del coche, lo notas en la vegetación, en los naranjos sueltos, en la humedad del aire.
Candeleda ha sabido conservar ese sabor de los pueblos de montaña que viven de cara a la naturaleza, aunque ya no sea un lugar “parado en el tiempo”: hay vida, coches, gente que entra y sale, chavales bajando al río en verano con la toalla al hombro. Sus calles empinadas trepan por las laderas mientras las casas tradicionales, muchas con balconadas de madera y aleros pronunciados, conforman un entramado urbano que apetece recorrer sin prisas. Pero es la omnipresencia de la sierra lo que realmente marca el carácter de la villa: desde prácticamente cualquier rincón, las cumbres de Gredos se alzan como un telón de fondo constante y te van orientando sin necesidad de mapa.
El agua manda en Candeleda. Gargantas y arroyos bajan desde la sierra con ese sonido de agua fría de montaña, formando pozas donde en verano todo el mundo acaba buscando hueco. Esta abundancia de agua ha modelado el paisaje, la agricultura (huertas por todas partes) y también el ritmo del día a día: aquí la gente está muy pendiente del caudal, de si “viene buena la garganta” o si ha llovido lo suficiente en la sierra.
Qué ver en Candeleda
El casco histórico de Candeleda conserva rincones interesantes si se pasea con algo de calma. La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, preside el centro del pueblo con su torre robusta. Su interior alberga un retablo barroco de considerable valor artístico. Es un templo que se ve rápido, pero merece la pena entrar un momento si la encuentras abierta.
Paseando por las calles aledañas se descubren casas señoriales con escudos heráldicos que recuerdan épocas de mayor esplendor y alguna que otra vivienda restaurada con más acierto que otra, como en casi todos los pueblos. No esperes un casco monumental enorme: es más bien un conjunto compacto de calles cortas, cuestas y plazas pequeñas donde lo que cuenta es el ambiente.
El Museo del Juguete de Hojalata reúne una colección curiosa de juguetería tradicional española. No es un macro museo, pero tiene ese punto de nostalgia que engancha a los adultos y suele funcionar bien con los niños si no se alarga demasiado la visita. Es un plan de una hora, hora y pico, no más.
La naturaleza es el gran argumento de Candeleda. La garganta de Santa María es probablemente la más conocida, con un sendero relativamente sencillo que permite llegar a varias pozas donde la gente se baña en verano. Conviene asumir que en agosto no vas a estar solo y que encontrar un sitio tranquilo requiere algo de paciencia o madrugar. La garganta de Chilla ofrece un recorrido algo más exigente pero muy agradable, con tramos de sombra y vistas a la sierra. Ambas forman parte del Parque Regional de la Sierra de Gredos, un espacio natural protegido donde viven cabras montesas, águilas reales y una flora muy particular, aunque ver fauna grande cerca no está garantizado: lo habitual son aves, lagartijas, alguna cabra a lo lejos y, con suerte, algún corzo cruzando rápido.
Merece la pena acercarse también al Museo Etnográfico e Historia del Juguete, ubicado en el antiguo pósito, donde se recoge la vida tradicional del valle del Tiétar y los oficios que han marcado la identidad de estas tierras. Es de esos sitios que ayudan a entender por qué aquí se habla tanto de agua, huerta y ganado: ves los aperos, las herramientas y te encaja mejor el paisaje que llevas viendo todo el día.
Qué hacer
Candeleda se asocia enseguida con actividad al aire libre. El senderismo tiene aquí un buen campo de pruebas. La ruta de las cinco villas enlaza varios pueblos del valle, y permite hacerse una idea bastante clara del paisaje y de cómo se ha ocupado el territorio. No es una vuelta a la manzana: conviene mirar el trazado antes, calcular bien los kilómetros y tener claro si haces el recorrido completo o solo un tramo.
Las grandes ascensiones por la vertiente sur de Gredos se organizan muchas veces desde estos valles; la subida al Almanzor (2.592 metros), el pico más alto del Sistema Central, es terreno de montañeros con experiencia y no un simple paseo de domingo. Quien no tenga costumbre de alta montaña quizá disfrute más quedándose en cotas medias, en las gargantas y senderos de bosque.
Para quienes prefieren caminatas más tranquilas, la ruta de los pilones recorre varias gargantas y va enlazando zonas de agua donde es posible bañarse. En verano, estas gargantas se convierten en piscinas naturales al aire libre, con agua muy fría incluso cuando el termómetro aprieta. Llevar sandalias de río o calzado que puedas mojar evita bastantes resbalones y cortes: las piedras se pulen y se vuelven muy traicioneras.
La gastronomía local tira a contundente. Candeleda está cerca del territorio de las judías del Barco de Ávila, con denominación de calidad, que aquí se preparan en guisos que entran mejor cuando refresca. Los productos de la huerta, favorecidos por el microclima, son otro punto fuerte: pimientos, tomates y hortalizas con sabor de verdad si se acierta con la temporada. Las carnes de ternera de Gredos o el cabrito asado siguen siendo valores seguros en muchos menús. Si vas en verano y hace calor, se agradece combinar estos platos con cosas más ligeras, porque las raciones suelen ser generosas.
En otoño, los aficionados a la micología encuentran en los alrededores un buen terreno para setas, con salidas y rutas guiadas en los bosques de la zona [VERIFICAR organización actual]. Conviene informarse bien sobre normativa y zonas permitidas antes de salir con la cesta, y no lanzarse al monte “a lo loco” ni fiarse solo de lo que se ve por internet.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Candeleda arranca con fuerza en febrero, con el Carnaval del Toro, una tradición muy arraigada en la zona, con protagonismo taurino, desfiles y charangas. Es un momento en el que el pueblo recupera mucha vida después del invierno y se nota en los bares, en la música y en la cantidad de gente por la calle.
En agosto se celebran las fiestas patronales en honor a Nuestra Señora de la Asunción, con verbenas, festejos taurinos y actividades variadas que atraen a gente del valle y de fuera. Hay ambiente, ruido hasta tarde y más movimiento del habitual: si buscas silencio absoluto, quizá no sea tu mejor fecha, y si te alojas en el centro es mejor asumir que el descanso será relativo.
El Corpus Christi, en junio, viste las calles con alfombras florales trabajadas por los propios vecinos. Si coincides esos días, merece la pena madrugar algo para verlas antes de que empiece el trasiego. También en junio se celebra la Feria del Pimiento del Piquillo, producto muy ligado a la huerta local.
En septiembre tiene lugar la romería de San Gregorio, con subida al santuario situado en las inmediaciones, mezcla de tradición religiosa y día de campo. Es de esas jornadas en las que se ve el pueblo más en clave local que turística.
Cuándo visitar Candeleda
La mejor época para visitar Candeleda depende bastante de lo que se quiera hacer. En verano, las gargantas y las pozas son el gran reclamo, pero hay más gente, más coches y más calor en el valle; si se puede, conviene evitar las horas centrales del día y las tardes de domingo, cuando las zonas de baño se llenan más. Encontrar aparcamiento cerca del río, según qué día, se convierte casi en parte de la excursión.
La primavera trae el valle muy verde, agua corriendo por todas partes y temperaturas suaves que se agradecen para caminar. Es un buen momento para rutas y para ver la sierra aún con nieve al fondo. El otoño es más tranquilo, con colores muy agradables en el monte y el añadido de las setas para quien tenga ese interés. Si pillas un día nublado, las caminatas resultan incluso más cómodas.
En invierno, aunque refresca más, el pueblo se queda más en manos de los vecinos y el ritmo baja. Ver la sierra nevada desde el valle tiene su punto, pero conviene traer ropa de abrigo y asumir que algunos servicios turísticos funcionan a medio gas y que anochece pronto: el día cunde menos.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Quédate en el casco: un paseo tranquilo por el centro histórico, entrada rápida a la iglesia si está abierta y vuelta por alguna de las calles con casas de balconadas de madera. Con algo de margen, puedes bajar en coche hasta una de las zonas de la garganta de Santa María solo para asomarte al agua y al paisaje, sin meterte en caminatas largas.
Si tienes el día entero
Mañana de ruta suave por alguna garganta (Santa María o Chilla, según ganas de cuesta y sombra), con parada para baño si hace buen tiempo, y tarde calmada en el pueblo: algo de museo, paseo y cena tranquila. A ritmo normal, da tiempo de sobra sin ir corriendo, pero conviene no apurar las horas de luz si vas a andar por senderos.
Errores típicos al visitar Candeleda
- Pensar que todo está “a un paseíto”: las gargantas, algunas ermitas y ciertas rutas requieren coche y luego caminar un buen rato. No es un pueblo donde se vea “todo” en una mañana bajándose solo a la plaza.
- Confiarse con el calor y el agua: en verano, el contraste entre el sol del valle y el agua helada de las pozas pasa factura. Chapuzón sí, pero mejor entrar poco a poco y vigilar a los niños, porque algunas zonas cubren más de lo que parece.
- Llegar a las gargantas en pleno mediodía de agosto: aparcamiento saturado, sitios de sombra ocupados y la sensación de agobio que se podría haber evitado llegando antes o yendo algo más tarde.
- Ir sin calzado adecuado: chanclas sueltas y rocas pulidas no se llevan bien. Para caminar por senderos y moverse entre piedras de río, unas zapatillas cerradas o sandalias de río marcan bastante la diferencia.