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sobre Candeleda
Villa turística en la ladera sur de Gredos; microclima suave
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El olor a humo de leña y pimiento secándose aparece antes de ver las primeras casas. La carretera baja despacio hacia el fondo del Valle del Tiétar, entre olivares y parcelas cercadas con piedra. Cuando el coche entra en Candeleda, el paisaje cambia: calles estrechas, fachadas con entramado de madera y la sierra de Gredos levantándose detrás como una pared gris azulada.
El momento en que el valle respira
A primera hora la plaza del Castillo todavía está medio vacía. Alguna persiana se levanta, una furgoneta descarga pan y la luz entra oblicua entre las casas. La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción ocupa casi todo el frente de la plaza. Es grande para un pueblo de este tamaño, de piedra oscura, con esa sobriedad de muchas iglesias de la sierra construidas entre los siglos XV y XVI.
Desde algunos puntos del casco antiguo, si levantas la vista por encima de los tejados, aparece Gredos. En invierno se ve nevada durante semanas; en verano suele quedar solo alguna mancha blanca en las cumbres más altas. Esa cercanía a la montaña explica muchas cosas del pueblo: el agua, las huertas, las gargantas que bajan rápidas hacia el Tiétar.
A dos calles de la plaza está la llamada Casa de la Judería, un edificio antiguo que hoy se utiliza para actividades culturales. El nombre recuerda la presencia de comunidades judías y conversas en la zona durante la Baja Edad Media, una historia que en esta parte de Castilla dejó más huellas de las que a veces se cuentan.
Cuando el agua baja de la sierra
En Candeleda el agua marca el ritmo del verano. Varias gargantas descienden desde Gredos y forman pozas donde la gente del pueblo se baña cuando el calor aprieta. La Garganta de Santa María es una de las más conocidas. El sendero arranca donde termina el asfalto y en pocos minutos empiezas a oír el agua golpeando la roca.
Las pozas tienen nombres que repiten los vecinos desde hace años —algunas como El Carreras o El Palomas—, aunque cada cual tiene su rincón preferido. El agua baja muy fría incluso en agosto; entrar cuesta unos segundos, luego el cuerpo se acostumbra.
Entre semana suele haber bastante calma. Los fines de semana de julio y agosto cambia la cosa y conviene ir temprano, antes de que el sol caiga de lleno sobre las piedras. También merece la pena llevar calzado que agarre bien: las rocas están pulidas por el agua y resbalan.
El pimiento secándose al sol
A finales de verano empiezan a verse ristras de pimientos colgadas en balcones y fachadas. Forman hileras rojas que se mueven con el aire seco de septiembre. Esta parte del valle comparte tradición con la vecina comarca de La Vera, donde el pimentón forma parte de la economía desde hace siglos.
Todavía quedan pequeños secaderos donde los pimientos se deshidratan lentamente con humo de leña. No siempre están abiertos a visitas, pero si preguntas con respeto a veces alguien explica cómo funciona el proceso. Aquí sigue siendo un trabajo cotidiano, no una demostración para la foto.
Durante las ferias de verano el pueblo se llena más de lo habitual. Llegan familias de los pueblos cercanos y el ambiente se concentra alrededor de la plaza y las calles próximas. En febrero también hay movimiento con las celebraciones de San Blas, cuando es costumbre preparar chorizo asado y reunirse alrededor de las hogueras.
El santuario en la ladera
A unos seis kilómetros del centro, una carretera estrecha sube hacia el santuario de la Virgen de Chilla. El trayecto atraviesa pinares y en algunos tramos la sierra se acerca tanto que parece cerrar el camino.
El santuario aparece de repente en una curva, blanco contra la ladera. Desde el atrio el Valle del Tiétar se abre entero: olivares, pequeñas huertas, el pueblo extendido junto a la carretera que sigue hacia Extremadura.
El segundo domingo de septiembre suele celebrarse aquí la romería de la Virgen de Chilla, uno de los días más concurridos del año. Fuera de esas fechas el lugar es bastante tranquilo, sobre todo entre semana.
Lo que conviene saber antes de venir
Candeleda tiene veranos muy calurosos. En julio y agosto el termómetro suele subir con facilidad y al mediodía muchas calles quedan casi vacías. Lo más llevadero es salir temprano o esperar a que caiga la tarde.
El casco antiguo se recorre bien andando, pero tiene cuestas y suelos irregulares en algunos tramos. Si vienes en coche, conviene aparcar en las zonas exteriores y moverse luego a pie.
Septiembre suele ser un buen momento para conocer el pueblo: el calor afloja un poco, el valle sigue verde y las gargantas aún llevan agua suficiente para darse un baño rápido antes de que llegue el otoño.