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sobre La Adrada
Villa histórica en el Valle del Tiétar dominada por su imponente castillo restaurado; rodeada de bosques de pinos y castaños
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El castillo aparece antes que el pueblo. Desde la carretera que baja desde Ávila hacia el Valle del Tiétar, sus torres almenadas se recortan sobre la ladera. La Adrada nació en un punto de paso: aquí convergían los caminos que bajaban de la meseta hacia la vega del Tiétar y hacia los puertos de la sierra. Durante siglos fue territorio de control más que de residencia, algo que todavía se entiende al ver la fortaleza dominando el caserío.
El privilegio de López Dávalos
A finales del siglo XIV la localidad obtuvo el título de villa. La concesión se atribuye al reinado de Enrique III y está ligada a la figura de Ruy López Dávalos, condestable de Castilla. Con ese privilegio La Adrada dejó de depender directamente del concejo de Ávila y pudo celebrar ferias y mercado propio, algo decisivo para un lugar situado en una ruta comercial entre la meseta y el valle.
El castillo que preside el núcleo antiguo responde a esa función de control. No fue tanto una residencia como una fortaleza vinculada al territorio. Sus muros combinan mampostería y ladrillo y la torre del homenaje domina todo el entorno. Con el tiempo pasó por manos de distintos linajes de la nobleza castellana, ligados a la política de la corte del siglo XV. Hoy el edificio se conserva restaurado y permite entender bien cómo se organizaba una fortaleza señorial de esa época.
Fiestas que recuerdan el pasado
El calendario festivo mantiene algunas costumbres antiguas del valle. En febrero, durante Santa Águeda, son las mujeres quienes toman simbólicamente el mando del pueblo. Ese día y los que siguen se mezclan ritos tradicionales con celebraciones de carnaval en las calles.
En primavera suele celebrarse un mercado ambientado en época medieval alrededor del castillo. Las calles del centro se llenan de puestos y recreaciones históricas, y por la noche se organiza un espectáculo de fuego junto a la fortaleza que recuerda el pasado defensivo del lugar.
A finales de octubre llega la feria vinculada a Todos los Santos. Tradicionalmente era un punto de encuentro para el comercio de ganado y productos del campo en todo el valle. Hoy mantiene ese carácter de feria otoñal, cuando el Tiétar empieza a oler a castañas y las primeras nieblas bajan desde la sierra.
El pino que resistió en la sierra
A unos tres kilómetros del casco urbano, en una loma sobre la garganta de Santa María, crece el llamado Pino Aprisquillo. No es el más alto del valle, pero sí uno de los más conocidos por su forma irregular, moldeada por el viento. Fue elegido Árbol del Año en España hace algunos años, más por lo que representa que por sus dimensiones.
El sendero que sube hasta él atraviesa monte bajo de jaras, encinas y pinos jóvenes. Desde la parte alta se abre la vista sobre el Valle del Tiétar, con el río serpenteando entre huertas y pequeñas dehesas. Esa geografía explica también el crecimiento del pueblo: la sierra cierra el paso hacia el norte y la expansión natural ha sido siempre hacia la vega.
El viejo cine de verano
En la plaza Mayor se conserva un cine de verano que lleva funcionando desde mediados del siglo XX. Es de los pocos que siguen proyectando al aire libre cada temporada. Las butacas sencillas y la pantalla instalada frente a las casas recuerdan cómo era el ocio en muchos pueblos antes de la televisión.
En verano, cuando cae la noche y baja algo la temperatura del valle, el cine vuelve a llenarse de familias y de vecinos que llevan décadas ocupando los mismos asientos.
Cómo orientarse en el pueblo
La Adrada está en el extremo oriental del Valle del Tiétar, a poco más de una hora y media de Madrid por carretera y algo menos desde la ciudad de Ávila.
El núcleo histórico se recorre andando sin dificultad. El castillo marca el punto más visible, y desde allí salen calles estrechas que bajan hacia la plaza. La iglesia de El Salvador conserva elementos de distintas épocas, y en las afueras se encuentra el puente conocido como Puente Mocha, una obra de origen medieval asociada a las antiguas rutas que cruzaban el valle.
Quien tenga tiempo puede acercarse a las gargantas de la sierra. Los senderos que remontan la garganta de Santa María pasan entre castaños y zonas de roca granítica donde es habitual ver buitres planeando sobre el valle.
La Adrada sigue funcionando como puerta de entrada al Tiétar oriental: un pueblo que creció vigilando caminos y que todavía mantiene esa relación directa con la sierra y con el río.