Artículo completo
sobre Villaornate y Castro
Municipio formado por dos núcleos en la vega del Esla; destaca por sus regadíos modernos
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, en un día despejado, la luz cae de lado sobre las paredes de adobe de muchas casas de Villaornate y Castro. La tierra seca de los caminos levanta un polvo fino cuando pasa un coche despacio. Desde la plaza llega el sonido de alguna puerta que se abre y, más arriba, el vuelo breve de un cernícalo que gira sobre los tejados antes de perderse hacia los campos.
El turismo en Villaornate y Castro no gira alrededor de monumentos ni de calles llenas de gente. Este pequeño municipio de la Vega del Esla, con algo menos de cuatrocientos habitantes, vive sobre todo del campo. Alrededor se extienden parcelas de cereal que cambian de color con las estaciones: en primavera el verde es casi uniforme; en verano todo se vuelve dorado y el horizonte parece más ancho de lo que uno esperaba al llegar.
Muchas viviendas mantienen la estructura tradicional de la zona: dos plantas, muros de adobe o tapial, portones grandes que en su día dejaban entrar carros y remolques. En algunos patios todavía se ven bodegas excavadas en la tierra o corredores de madera que miran hacia la calle.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia parroquial dedicada a San Pedro ocupa uno de los puntos centrales del casco urbano. No es un edificio monumental. Piedra, líneas sencillas y un interior sobrio que suele abrirse solo en momentos concretos del calendario religioso. Aun cerrada, el entorno de la plaza permite hacerse una idea del papel que ha tenido durante generaciones: aquí se han celebrado reuniones, fiestas y despedidas.
Si paseas sin prisa por las calles cercanas, aparecen pequeños detalles que cuentan bastante sobre el lugar: puertas de madera oscurecidas por los años, fachadas donde el barro del adobe asoma bajo capas de cal más recientes, y algún banco a la sombra donde la conversación se alarga cuando cae la tarde.
Caminar por los caminos de la Vega del Esla
Lo más interesante suele empezar cuando se sale del núcleo urbano. Los caminos agrícolas que rodean Villaornate dibujan una red sencilla entre parcelas de cultivo. Son pistas llanas, sin complicación, donde se puede caminar o pedalear durante kilómetros viendo cómo el pueblo va quedando atrás poco a poco.
Después de una lluvia ligera, la tierra desprende ese olor húmedo que se queda en el aire durante horas. En verano, en cambio, el suelo cruje bajo los pasos y el cereal seco roza con el viento. Si te detienes un momento en silencio, no es raro ver milanos o cernícalos aprovechando las corrientes sobre los campos abiertos.
Un consejo práctico: en los meses de más calor conviene salir temprano o esperar a última hora de la tarde. La sombra es escasa y el sol cae de lleno sobre la llanura.
Vida cotidiana y comidas de siempre
La cocina de las casas de la zona sigue muy ligada a lo que da la tierra. Legumbres cocidas despacio, sopas hechas con pan asentado y pimentón, embutidos que muchas familias preparan todavía para consumo propio cuando llega el invierno. No es algo que se exhiba al visitante: forma parte de la rutina doméstica, de despensas llenas para pasar la temporada fría.
También quedan bodegas donde se guarda vino elaborado en pequeñas cantidades, normalmente para la familia y los vecinos.
Fiestas y momentos del año
Durante el verano el pueblo cambia de ritmo. Muchos vecinos que viven fuera regresan unos días y las calles se llenan más de lo habitual. Las celebraciones patronales suelen concentrarse en esa época, cuando el campo permite un respiro entre tareas.
En invierno la vida es más tranquila. Tradicionalmente era el tiempo de la matanza del cerdo, una jornada larga que reunía a varias generaciones alrededor de un trabajo compartido y que aún se recuerda como uno de los momentos más intensos del calendario rural.
Un lugar para mirar despacio
Villaornate y Castro no funciona como destino de paso rápido. Aquí lo que hay son pequeños gestos del paisaje y de la vida diaria: una era abandonada a las afueras, el sonido lejano de un tractor regresando al atardecer, las campanas marcando las horas en un pueblo que sigue moviéndose al ritmo del campo.
Si decides acercarte, lo mejor es caminar sin prisa y aceptar esa quietud. En esta parte de la Vega del Esla, el tiempo parece medirse más por las cosechas que por el reloj.