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sobre Alcarràs
Importante centro agrícola y ganadero; famoso internacionalmente por la película homónima sobre la vida rural
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Antes de que salga el sol del todo, la niebla se queda baja sobre los frutales. A esa hora Alcarràs huele a tierra húmeda y a almendra verde. Los caminos de arcilla rojiza cruzan las fincas de melocotoneros. En primavera los árboles se cubren de flores blancas y rosadas que cambian el color de toda la vega.
Desde el Coscollar se abre la llanura del Segre. Parcelas de distintos verdes, acequias rectas, caminos agrícolas. A primera hora el rocío se queda prendido en las hojas y la luz todavía es fría.
El olor de la tierra que trabaja
Aquí el día empieza pronto. Antes de las seis ya se oyen motores en los caminos. Los tractores salen hacia las fincas mientras algunos ciclistas del pueblo aprovechan el fresco de la mañana. Más lejos pasa la A‑2, con un ruido constante, pero lo que domina es el movimiento del campo.
Cuando entran las máquinas de cosecha el aire cambia. Huele a fruta madura y a polvo fino. En verano ese olor dulce se queda suspendido entre las filas de árboles.
En el barrio de la Font sobreviven algunas masías de volta. Son construcciones sencillas de piedra con bóveda, levantadas para guardar herramientas o pasar la noche durante las campañas largas. Muchas tienen las puertas bajas y paredes gruesas. Al caer la tarde el interior sigue fresco y conserva ese olor seco de paja y tierra que apenas cambia con los años.
Cuando el agua era medicina
Frente a la iglesia parroquial hay un edificio de ladrillo rojo con elementos de hierro. Fue el antiguo balneario del pueblo, activo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Aprovechaba un manantial mineral que durante un tiempo atrajo a médicos y visitantes de la zona de Lleida.
Hoy el edificio no funciona como balneario. A través de la verja todavía se ve la fuente original, cubierta de musgo en las juntas de piedra. Cuesta imaginar el lugar lleno de gente esperando su turno para beber o bañarse en esas aguas.
A pocos pasos se levanta el Sindicato Agrícola construido a principios del siglo XX por Cèsar Martinell, arquitecto vinculado al modernismo agrario catalán. El exterior es de ladrillo visto y las ventanas altas dejan entrar una luz suave. Dentro se reunían los agricultores para organizar cosechas y ventas. A veces el edificio se usa para actos culturales o exposiciones, según la temporada.
El sabor de la cosecha
En el centro del pueblo todavía es fácil encontrar coca de recapte hecha como en las casas. La base es una masa fina y encima lleva escalivada: pimiento y berenjena asados, aceite de oliva y, a veces, algo de embutido. Se prepara con lo que hay en la huerta. Cuando sale del horno la masa queda crujiente y el olor del pimiento asado llena la calle.
Esa mezcla de verduras asadas y aceite de arbequina resume bastante bien el paisaje agrícola que rodea Alcarràs. Melocotón, cereal, olivares dispersos y muchas horas de trabajo en el campo.
En Vallmanya, a pocos kilómetros, suele celebrarse una feria relacionada con la caza y el mundo rural cuando llega el otoño. El ambiente es sencillo: puestos, perros de muestra, conversaciones largas entre cazadores. El camino hasta allí es de grava. Si ha llovido, la arcilla se pega a las suelas.
Cuándo ir y qué evitar
A finales de abril los frutales están en flor y el campo cambia de color durante unos días. Todavía no aprieta el calor fuerte que llega más adelante, cuando el aire del Segrià se vuelve seco y pesado.
El 15 de agosto coincide con la Fiesta Mayor y el ambiente es ruidoso hasta bien entrada la madrugada. Si buscas silencio, mejor escoger otra fecha.
Quien llegue en coche puede dejarlo en las zonas más abiertas cerca del polígono y entrar andando. El centro se recorre rápido y entre semana el ritmo es tranquilo. Los sábados suele montarse mercado en la plaza de la Vila, con puestos de fruta, plantas y herramientas agrícolas de la comarca.
Al caer la tarde, cuando los tractores regresan y las acequias empiezan a oler a agua fría, en el Coscollar queda una encina vieja que muchos vecinos conocen. No hay señal ni barandilla. Solo tierra, campo abierto y el sonido del viento moviendo las hojas. Desde allí la llanura del Segrià se ve entera, con el Segre marcando una línea brillante entre los cultivos.