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sobre Alcover
Villa histórica a los pies de las montañas de Prades con un importante legado paleontológico y arquitectónico medieval
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Las campanas de Santa Maria repican a las ocho de la mañana y el eco se pierde entre los tejados de teja árabe. Desde la ventana de la casa donde me alojo estos días, veo cómo la luz toca primero el campanario y luego baja despacio, sin prisa, hasta los almendros que rodean el pueblo. Así empieza el turismo en Alcover cuando llegas con tiempo: con el murmullo del río Glorieta de fondo y el olor a pan caliente que se escapa de algún horno madrugador.
El tiempo que se queda quieto
Caminar por el casco antiguo es traspasar una especie de membrana temporal. Las casas se rozan por los balcones, alguna ventana se abre para sacudir una alfombra y en la plaza de la Vila el edificio renacentista del ayuntamiento sigue marcando las horas aunque nadie mire demasiado el reloj.
He venido en primavera, cuando los campos de olivos brillan con ese verde plateado que tienen después de las lluvias y los almendros ya han dejado caer la flor sobre la tierra roja. En el pueblo suelen decir que estos meses son los más agradecidos: la temperatura es suave y todavía no han empezado a llegar tantos coches de excursionistas hacia las montañas de Prades o las rutas cercanas. Los fines de semana de finales de primavera, eso sí, el casco antiguo se llena rápido y aparcar cerca del centro puede volverse complicado.
El río que contaba historias
La Glorieta baja desde las montañas de Prades y atraviesa el término de Alcover con agua clara y un sonido constante de corriente contra las piedras. Durante siglos movió molinos papeleros; la zona llegó a tener bastante actividad ligada al papel, algo que hoy solo se adivina entre ruinas cubiertas de vegetación y muros de piedra medio escondidos entre los árboles.
Hay un sendero que sigue el curso del río durante varios kilómetros. A primera hora de la mañana se oye más el agua que a la gente: mirlos, algún petirrojo, hojas moviéndose sobre el cauce. A ratos aparecen restos de antiguos molinos o pequeñas presas que recuerdan cómo se aprovechaba el caudal. No es un paseo complicado, pero después de lluvias fuertes algunos tramos pueden estar resbaladizos.
Cuando la cocina es memoria
A mediodía el pueblo cambia de olor: leña, sofritos lentos, embutido curándose en alguna ventana abierta. En una cocina de vecinos me enseñaron a preparar la olla barrejada que aquí se menciona a menudo cuando llega el frío: garbanzos, judías blancas, butifarra negra y un caldo que necesita tiempo. Nada rápido. La cuchara de madera va dando vueltas mientras alguien cuenta algo del pueblo.
En otoño aparecen los panellets en los hornos y, cuando se acerca la Fiesta Mayor de San Miguel, las casas suelen preparar cocas saladas con verduras asadas. Es uno de esos momentos del año en que regresan muchos que viven fuera: coches aparcados donde buenamente caben y conversaciones largas en las plazas al caer la tarde.
La iglesia que llaman “la mezquita”
La iglesia de la Puríssima Sang suele recibir un apodo curioso en el pueblo: “la mezquita”. Tiene que ver con sus arcos y con un aire arquitectónico poco habitual en esta zona. El interior es oscuro incluso en días luminosos; huele a cera y a piedra fría, y el ruido de la calle desaparece en cuanto cruzas la puerta.
Si subes a alguno de los puntos altos del casco antiguo —no siempre accesibles, depende del día— el paisaje se abre hacia el valle. Al fondo se dibujan las montañas de Prades con ese tono azulado de la distancia. Más cerca, los bancales de olivos y avellanos dibujan líneas irregulares que cambian mucho según la estación.
Dato práctico: si vienes en verano, intenta moverte temprano o al final del día. A mediodía el calor se queda atrapado entre las calles estrechas. Mucha gente del pueblo aprovecha entonces para subir hacia las montañas de Prades, donde suele correr algo más de aire, y regresar cuando la luz baja y el ruido del río vuelve a escucharse entre las casas.