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sobre Alella
Localidad vinícola famosa por su Denominación de Origen y su cercanía a Barcelona y al mar
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El turismo en Alella suele empezar por el vino. La Denominación de Origen Alella, reconocida a mediados del siglo XX, protege unos viñedos que apenas suman unas doscientas hectáreas repartidas entre varios municipios del entorno. Con el tiempo, sin embargo, el nombre ha quedado asociado sobre todo a este pueblo situado a unos 18 kilómetros de Barcelona, entre la autopista del Mediterráneo y las primeras laderas de la Serralada Litoral.
Desde la carretera de acceso se percibe enseguida que Alella no responde al patrón más conocido del Maresme. El núcleo está disperso: casas entre pinos, masías rodeadas de viña y urbanizaciones que suben por la ladera. Tampoco es un pueblo de playa propiamente dicho. El mar queda cerca, pero Alella vive unos metros más arriba, en una franja de colinas que durante mucho tiempo atrajo a familias acomodadas de Barcelona. A finales del siglo XIX, con el ferrocarril ya en marcha a lo largo de la costa, muchos empezaron a construir aquí segundas residencias entre viñedos.
El vino como razón de ser
La pansa blanca —la misma variedad que en otras comarcas se conoce como xarel·lo— ha marcado el paisaje local desde hace siglos. Documentos notariales conservados en el Arxiu Comarcal del Maresme muestran que ya en el siglo XVI el viñedo ocupaba buena parte del término municipal, desplazando cultivos de cereal que antes se concentraban en las zonas más bajas.
La cercanía de Barcelona aseguraba salida al producto. Durante los siglos XVIII y XIX, los toneles de vino blanco de Alella llegaban con facilidad al puerto de la capital y abastecían tanto a tabernas urbanas como a barcos que hacían escala en la ciudad.
La crisis de la filoxera llegó relativamente tarde y obligó a replantar los viñedos ya entrado el siglo XX. Ese momento coincide con la construcción de la cooperativa modernista de 1906, proyectada por Jeroni Martorell. El edificio, de ladrillo visto y cubiertas cerámicas, sigue en pie y ayuda a entender la escala que tuvo el cultivo de la vid en aquella época. Hoy la producción se reparte entre diferentes bodegas de tamaño pequeño o medio, muchas de ellas familiares.
El suelo aquí es sauló, un granito descompuesto muy típico de la zona. Es pobre en materia orgánica y drena rápido, lo que obliga a la vid a profundizar y suele dar vinos blancos con bastante carácter mineral. En las últimas décadas también se han plantado variedades tintas como tempranillo o merlot en algunas parcelas.
De villa romana a pueblo de veraneo
Bajo los viñedos hay una historia bastante más antigua. En la zona de Can Lleonart, al norte del casco urbano, excavaciones realizadas en los años setenta identificaron restos de una villa romana del siglo I d.C., con hipocausto y mosaicos geométricos. La explotación agrícola producía vino para el consumo local, según indican las ánforas halladas en los sondeos. Hacia el siglo V el asentamiento se abandonó, probablemente en el contexto de la descomposición del Imperio romano en la región.
El nombre de Alella aparece documentado en el año 975 en un acta de consagración de la catedral de Barcelona, con la forma Aliella. Algunos lingüistas lo relacionan con una raíz ibérica combinada con un sufijo latino, aunque el origen exacto no está del todo claro.
Durante la Edad Media, el centro del pueblo fue la parroquia de Sant Feliu. El campanario conserva partes románicas del siglo XII, mientras que el resto del edificio refleja reformas posteriores, entre épocas gótica, barroca y neoclásica. En el interior se conserva una pila bautismal de piedra rojiza que, según la tradición local, procede de materiales reutilizados de la antigua villa romana.
El cambio más visible en la fisonomía del pueblo llegó entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Con el tren funcionando en la costa, Alella empezó a atraer a familias de Barcelona que buscaban una casa de verano cerca del mar pero fuera del bullicio de la ciudad. En ese contexto se desarrolló el barrio del Rost, una zona en pendiente donde se levantaron residencias con jardín. Algunos arquitectos vinculados al modernismo, como Eduard Ferrés i Puig, firmaron varias de estas casas. Aún hoy se reconocen por el uso de piedra, cerámica y detalles ornamentales propios de la época.
Tres turones y un paisaje de viñedo
El término municipal se organiza en una serie de colinas paralelas que descienden hacia el mar. Entre ellas discurren torrentes que solo llevan agua después de lluvias intensas. Ese relieve explica bien la distribución del paisaje: pinar y bosque mediterráneo en las zonas más altas y frescas; viñedo en las laderas soleadas.
Una de las caminatas habituales en la zona conecta varios de estos puntos elevados —entre ellos el Turó Gros o el Turó de Sant Mateu— y permite entender cómo se encajan las parcelas de vid entre manchas de bosque. Desde las cotas más altas, cuando el día está claro, se distingue buena parte de la franja litoral del Maresme y, hacia el suroeste, el perfil de Barcelona con el Tibidabo al fondo.
Hacia el este el terreno desciende en dirección al Masnou. Algunos caminos tradicionales terminan acercándose al litoral entre pinos y urbanizaciones dispersas. El paisaje costero está muy transformado por la urbanización, algo habitual en esta parte del Maresme, pero la proximidad del mar sigue marcando el clima y la vida cotidiana del pueblo.
Fiestas vinculadas a la vendimia
El calendario festivo de Alella gira en buena medida alrededor del vino. A principios de septiembre suele celebrarse la Fiesta de la Verema, dedicada a la vendimia y al trabajo en el viñedo. Durante esos días se organizan catas, actividades culturales y demostraciones relacionadas con la elaboración tradicional del vino.
La Festa Major de Sant Feliu tiene lugar normalmente a finales de agosto. Mantiene elementos muy reconocibles de las fiestas populares catalanas —gigantes, trabucaires, bailes y conciertos— con una presencia constante del mundo del vino en pregones, degustaciones o concursos de cata.
También existe una celebración dedicada a la filoxera que recuerda la plaga que arrasó buena parte de los viñedos europeos a finales del siglo XIX. El tono es más bien irónico: los vecinos recrean la llegada del insecto con disfraces y representaciones en la calle.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
Alella se encuentra a unos veinte minutos en coche de Barcelona por la C‑32. También se puede llegar en tren hasta El Masnou y completar el trayecto en autobús o taxi, aunque las combinaciones de transporte público no siempre resultan cómodas si la idea es moverse entre viñedos.
Para recorrer el entorno basta con calzado cerrado. Muchos caminos agrícolas son de tierra compactada y después de la lluvia pueden volverse resbaladizos. En verano conviene llevar agua y protección solar: aunque el mar está cerca, las laderas quedan bastante expuestas al sol a mediodía.
Si algo suele llevarse quien pasa por Alella es vino de la zona. No es una denominación muy extensa y la producción sigue siendo relativamente limitada, así que buena parte de las botellas se quedan en el mercado local o en visitantes que aprovechan la visita para acercarse directamente a las bodegas del municipio.