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sobre Alguaire
Conocido por albergar el aeropuerto de Lleida; importante producción de higos y fruta dulce
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Alguaire es como ese pueblo que encuentras cuando te equivocas de carretera. Llevas un rato por la N‑II, el GPS empieza a recalcular más de la cuenta y, de repente… aparece el desvío, entras casi sin pensarlo y te plantas en un lugar tranquilo, con el campanario asomando por encima de los tejados y ese olor a horno que hace que bajes la velocidad.
A mí me pasó algo parecido. Iba camino de Lleida con el depósito ya pidiendo socorro y el estómago empezando a protestar. Paré con la idea de estirar las piernas diez minutos y seguir. Al final me quedé bastante más rato, porque Alguaire tiene ese tipo de ambiente que te hace bajar el ritmo sin darte cuenta.
El castillo que desapareció (pero sigue marcando el pueblo)
Lo primero que suele llamar la atención es el campanario de la iglesia de Sant Serni. Desde algunos puntos del casco antiguo asoma por encima de las casas y te orienta bastante bien si vas callejeando.
Alguaire tuvo castillo, aunque hoy prácticamente no queda en pie. Por lo que cuentan las crónicas, la fortaleza medieval fue perdiendo importancia con los siglos y acabó desapareciendo. De vez en cuando aparece algún resto o una referencia en el trazado de las calles, pero hay que echarle algo de imaginación.
Aun así, el núcleo antiguo mantiene ese aire de lugar que creció alrededor de una fortificación: calles que suben y bajan, casas bastante juntas y rincones donde parece que el pueblo se hubiera ido adaptando al terreno más que al revés.
Si te paras a hablar con gente del lugar, casi siempre acaba saliendo alguna historia del castillo o de los primeros tiempos del pueblo. Las fechas varían según quién lo cuente, pero la idea general es clara: Alguaire lleva aquí muchos siglos.
La coca de Alguaire y otras cosas que se comen por aquí
Hay un momento muy concreto en el que sabes que has acertado al parar en un pueblo: cuando hueles algo que sale del horno.
En Alguaire pasa con la coca dulce que preparan en algunas panaderías del pueblo. Es sencilla, de masa esponjosa y con azúcar por encima. No tiene misterio aparente, pero engancha bastante. De esas cosas que compras “para probar” y cuando te quieres dar cuenta ya falta medio trozo.
También es tierra de cordero y de cocina bastante directa, de la que no necesita demasiados adornos. Platos de los que llegan a la mesa calientes, con patatas al horno o verduras de la huerta. Nada sofisticado, más bien comida de la que te deja con ganas de siesta corta.
Caminar por los secanos del Segrià
Si te gusta andar un poco, alrededor de Alguaire hay varios caminos agrícolas y senderos que se meten en el paisaje típico del Segrià: campos abiertos, almendros, algo de cereal y colinas suaves.
No es un terreno espectacular en el sentido clásico. Aquí no hay grandes cumbres ni desfiladeros. Es más bien ese paisaje amplio donde ves el horizonte sin demasiados obstáculos y el viento suele tener bastante protagonismo.
Desde algunos altos cercanos se ve bien el pueblo y, a lo lejos, la llanura que rodea Lleida. Son paseos tranquilos, de los que haces sin prisas, parando a mirar el campo o a escuchar el silencio, que en esta zona todavía existe.
Cuando llegan las fiestas
En verano el ambiente cambia bastante. Alrededor de las fiestas de San Roque el pueblo se anima, vuelve gente que vive fuera y la plaza se llena más de lo habitual. Hay música, actividades y ese ambiente de reencuentro que tienen muchos pueblos de la zona cuando llega agosto.
El resto del año Alguaire va a otro ritmo. Más calmado. Es cuando ves a los ciclistas que paran un momento, a la gente charlando en la calle o a los agricultores pendientes del campo.
La verdad del asunto
Alguaire no es un lugar que vaya a aparecer en todas las guías. No tiene grandes monumentos ni paisajes que te dejen con la boca abierta.
Pero funciona bien como parada tranquila cerca de Lleida. Un sitio donde estirar las piernas, dar una vuelta por el casco antiguo, comprar algo en el horno y seguir camino con la sensación de haber descubierto un rincón que vive a su manera.
Yo entré casi por casualidad y acabé pasando más rato del previsto. A veces los desvíos hacen eso. Y, visto con perspectiva, tampoco pasa nada por llegar media hora más tarde a destino.