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sobre El Pla de Santa Maria
Municipio con una joya del románico y una ruta de la piedra seca muy interesante
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El Pla de Santa Maria es como ese tío que conoces que parece que no hace nada especial pero un día descubres que tiene el jardín lleno de construcciones de piedra seca. Muchas. Más de mil repartidas por el término, según suelen contar aquí. En unos 35 kilómetros cuadrados aparecen cabañas, muros, corrales… como si alguien hubiera jugado al Tetris del campo durante siglos.
No es algo que veas de golpe. Vas andando entre viñas o cereal y de repente aparece una cabaña perfectamente encajada con las piedras de alrededor. Luego otra. Y otra más.
Por qué vas a terminar comiendo pan con tomate aquí
Mira, si vienes a El Pla de Santa Maria seguramente es porque alguien te ha hablado de la ruta de las cabañas o porque viste alguna foto hecha desde el Tossal Gros. Pero lo que suele pasar es otra cosa: acabas sentado en una mesa con pan con tomate, aceite y alguna coca de recapte delante.
El pueblo tiene ese ritmo de lugar que sigue trabajando la tierra. A primera hora ya hay movimiento en los campos, y a media mañana es fácil ver corrillos hablando de la viña o de cómo viene la cosecha. Una buena parte del término sigue siendo agrícola —cereal, viñas, algo de olivo—, y eso se nota en el ambiente.
No es un pueblo que parezca un decorado. Es más bien un sitio donde la vida cotidiana sigue girando alrededor del campo.
La iglesia de Sant Ramon, en lo alto del pueblo
La iglesia de Sant Ramon es de esas que aparecen cuando levantas la vista mientras subes por el casco antiguo. Piedra clara, volumen grande y esa sensación de que lleva allí muchísimo tiempo mirando la llanura.
Se suele situar en el siglo XIII y conserva ese aire románico bastante sobrio. El pórtico tiene capiteles que invitan a pararse un momento —aunque no seas de fijarte mucho en estas cosas— y dentro hay un órgano histórico que llegó al pueblo hace unas décadas, procedente de Bélgica. Cuando suena durante algún concierto o acto especial, el espacio cambia bastante.
Desde la zona de la iglesia también se entiende bien el paisaje: la planura del Camp de Tarragona extendiéndose alrededor. No cuesta imaginar por qué los grandes monasterios de la zona, como Poblet o Santes Creus, tenían tanto peso en estas tierras durante la Edad Media.
Rutas de piedra seca y caminos entre campos
Si vienes con ganas de caminar, El Pla de Santa Maria tiene varias rutas bastante conocidas por aquí.
La más popular es la de la Capona. Es corta, bastante asequible y concentra muchas de esas construcciones de piedra seca: cabañas, barracas, muros… Todo muy cerca unos de otros, así que en poco rato ves un buen ejemplo de cómo se organizaba el trabajo agrícola tradicional.
Otra opción es la ruta de la Font de Sant Ramon, algo más larga. Vas alternando caminos agrícolas con pequeños tramos de bosque y, cuando el día está claro, se abren vistas hacia el Penedès y parte del Camp de Tarragona.
Y luego está la subida hacia la Serra de Miramar, donde aparece el Tossal Gros. Aquí ya hablamos de más desnivel y de enlazar con senderos de largo recorrido como el GR‑172. En verano conviene tomárselo con calma y llevar agua: el paisaje es abierto y el sol cae sin pedir permiso.
Ferias y días en los que el pueblo se anima
El calendario local tiene varios momentos en los que El Pla se llena más de lo habitual. Las fiestas vinculadas a Sant Ramon Nonat suelen ser uno de esos momentos en que hay música, cercaviles y puestos de productos de la zona.
También celebran las fiestas de Sant Sebastià en invierno, cuando el ambiente es más de plaza y conversación tranquila que de calor y terrazas.
Y en otoño suele organizarse una feria relacionada con la cosecha y los productos del entorno. Es el típico día en el que llegas pensando que vas a probar algo y terminas llevándote a casa miel, aceite o alguna conserva.
Por cierto, en el pueblo también hay memoria de su pasado industrial. Durante el siglo XX funcionó aquí una fábrica textil importante para la zona, y hoy se recuerda en un pequeño espacio museístico.
Lo que nadie te dice pero conviene saber
Voy a ser claro: El Pla de Santa Maria no es un sitio de escaparate. No vas a encontrar calles pensadas para la foto rápida ni un casco histórico enorme.
Lo que sí hay es un pueblo tranquilo, con vida local y un elemento curioso: un pequeño embalse dentro del propio núcleo urbano donde la gente suele pasear. A veces incluso se ven barcas pequeñas, algo que sorprende bastante cuando no te lo esperas.
Para llegar, lo más práctico suele ser venir en coche. Las estaciones de tren más cercanas están en Valls o Alcover, y desde ahí aún queda un tramo por carretera comarcal.
Mi consejo personal: acércate en primavera. Los campos alrededor del pueblo están verdes, las viñas empiezan a moverse y el aire todavía huele a tierra húmeda por las mañanas. Es cuando este rincón del Alt Camp se entiende mejor: caminando despacio, entre piedra seca, cereal y conversaciones de plaza. Y sí, probablemente acabarás comprando más miel de la que pensabas.