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sobre La Riba
Pueblo papelero encajonado en el desfiladero del río Francolí con paisajes de agua y roca
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A las siete de la mañana, el aire en la plaza de La Riba huele a piedra fría y a la humedad que sube del Brugent. Las persianas de las casas bajas, encajonadas entre laderas, todavía están echadas. El único sonido constante es el del agua corriendo al fondo, un rumor sordo que parece venir de dentro de la tierra.
Este pueblo del Alt Camp, con poco más de quinientos habitantes, no se abre de golpe. Hay que salir de la carretera que va a Montblanc y meterse en sus calles, que suben y bajan siguiendo la orografía implacable. No es un lugar de postales amplias, sino de rincones: un arco bajo, una escalera empinada que se pierde entre muros, el brillo húmedo del granito en un portal.
Calles que se doblan y la torre de Sant Llorenç
Te orientas por la torre cuadrada de la iglesia de Sant Llorenç. Asoma por encima de los tejados de teja árabe, un punto de referencia entre callejuelas que giran bruscamente. Las fachadas tienen el color de la tierra local, un ocre mezclado con gris, y en muchas se ven las marcas oscuras y verticales de la humedad persistente.
La iglesia no preside una plaza mayor. Está integrada, como otra casa más pero más alta. Alrededor, los pasos resuenan sobre el empedrado irregular. Cerca del río, el antiguo lavadero sigue teniendo agua corriente, un sonido fresco y metálico que choca con el silencio del resto del pueblo a primera hora.
El Brugent: un río con carácter
El Brugent no es decorativo. Es una presencia física. Sus aguas claras y frías tallan pozas entre las rocas calizas. En julio y agosto, esas pozas se llenan de familias y gente joven de los pueblos de alrededor buscando el frescor. Pero este río de montaña mediterránea tiene genio: si ha llovido aguas arriba, en Prades, el caudal puede crecer rápido y volverse turbio y ruidoso. Conviene respetarlo.
Desde el núcleo urbano salen varios senderos que siguen el curso del agua o trepan por la ladera hacia los pinos. Uno bien marcado lleva hacia Alcover, siguiendo el valle. El sol del mediodía, especialmente en verano, pega duro en este desfiladero. Caminar a esa hora es una tontería; es mejor hacerlo con la luz baja de la mañana o cuando la tarde ya alarga las sombras.
En el camino hueles a resina caliente y, en los tramos más cercanos al cauce, a tierra mojada y a hierba. Pasas junto a las ruinas de antiguas fábricas de papel, estructuras de piedra medio devoradas por la hiedra que recuerdan que este valle no siempre fue tan tranquilo.
Comer con el calendario
La cocina aquí va con el tiempo meteorológico y el agrícola. En invierno, el humo dulzón de las barbacoas de calçots flota en el aire los fines de semana. Es una celebración social, lenta y pringosa, que ocupa toda una tarde.
Con las primeras lluvias del otoño, los coches aparcados junto a los senderos delatan a los buscadores de setas. En los bares (no los nombraré) suelen poner lo que se ha recogido ese día: rovellons, camagrocs. Los guisos son contundentes, de carne o de judías con butifarra, pensados para recuperar fuerzas después de trabajar al aire libre.
La Riba sirve como un campamento base silencioso para explorar el Alt Camp. En diez minutos en coche pasas de este valle estrecho a los campos abiertos de avellanos y viñas cerca de Valls.
La luz se cuela por el desfiladero
Al atardecer ocurre algo geométrico. El sol, ya bajo, entra por la boca occidental del valle e ilumina solo una franja precisa de la ladera opuesta. Deja el pueblo en una penumbra azulada mientras pinta las rocas altas de un naranja intenso y efímero.
Si subes un poco por cualquiera de los caminos que trepan hacia los pinos, ves la estructura clara del lugar: una línea de casas apretadas junto al río, la carretera C-37 serpenteando por el fondo y, envolviéndolo todo, las laderas boscosas que suben hacia el cielo.
Para tenerlo solo para ti, olvida el fin de semana. Ven un martes. O un jueves cualquiera de mayo o septiembre.
Fiestas y rutina
Las fiestas mayores son en agosto, para Sant Llorenç. La población se multiplica con quienes regresan. Hay cenas largas en la calle, música que suena desde una carpa en la plaza y un baile donde se juntan todas las generaciones. Es cuando el pueblo recuerda que es una comunidad.
El resto del año, el ritmo lo marca lo cotidiano: el horario del único horno que hace pan fresco por las mañanas, el tractor que sube lentamente hacia una finca, el grupo de jubilados que juega a la petanca en una explanada polvorienta cuando ya no hace calor.
No vengas buscando monumentalidad ni animación constante. Ven si te apetece escuchar el sonido de un río durante un paseo, perderte por unas calles que no fueron diseñadas para turistas y ver cómo la luz cambia la forma de un valle estrecho.