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sobre Valls
Kilómetro cero del mundo casteller y cuna de la calçotada con un campanario gótico altísimo
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Valls se extiende en la llanura del Alt Camp, a unos veinte minutos de Tarragona. Su perfil lo marca el campanario de la iglesia de Sant Joan, visible desde la autovía. En invierno, un olor a humo de leña deja claro que se está en temporada de calçots. Esta cebolla tierna, que se va “calzando” con tierra para que crezca blanca y alargada, tiene aquí una indicación geográfica protegida. No es solo un producto: es el centro de una costumbre agrícola que se fijó en los campos de la comarca hace más de un siglo.
Los orígenes de las torres humanas
La plaza del Blat es pequeña y de forma irregular, como corresponde a su origen medieval como mercado de grano. Aquí se sitúan las primeras referencias documentadas a lo que después se llamaría castells. A comienzos del siglo XIX ya hay constancia de grupos de Valls levantando torres humanas de varios pisos durante las fiestas.
Por eso la plaza sigue siendo el punto de referencia para las colles castelleres. Las dos históricas de la ciudad, la Colla Vella y la Colla Joves, levantan aquí sus torres en las diadas de Sant Joan y Santa Úrsula. Cuando hay ensayo, la plaza se llena con una naturalidad que parece de siempre: vecinos en los portales, niños correteando y una pinya que se forma casi sin órdenes.
El campanario y la estructura medieval
La iglesia arciprestal de Sant Joan domina la plaza. El edificio se terminó hacia finales del siglo XVI, cuando Valls ya era una villa importante dentro del Camp de Tarragona. El interior mantiene formas góticas tardías, mientras la fachada es renacentista.
Lo que define el paisaje urbano es el campanario. Con sus más de setenta metros, es uno de los más altos entre las iglesias parroquiales de Cataluña. Desde arriba se lee la trama del casco antiguo: restos del recinto amurallado, calles estrechas que siguen trazados antiguos y la memoria del barrio judío en el urbanismo.
Hacia el norte está la Serra de Miramar, con el santuario de la Mare de Déu de Lledó. La tradición sitúa el hallazgo de la imagen en el siglo XIV; desde entonces es la patrona de la ciudad.
El ritual de la calçotada
La calçotada no es solo una comida. Conserva el ambiente del trabajo en el campo: brasas al aire libre, manos con hollín y montones de pieles quemadas en el suelo. Los calçots se asan sobre la llama, se envuelven para que suden y se comen de pie, sujetándolos por la punta verde para mojarlos en salsa romesco.
El gesto se repite docenas de veces. Suele acompañarse con carne a la brasa y, a menudo, con cargols a la llauna, que aquí se clasifican por tamaño con precisión. También aparece el xató en su versión de interior, más sencilla que la costera.
En los años setenta, Salvador Dalí pasó por Valls durante la temporada y recibió un título honorífico relacionado con la fiesta. La anécdota queda en la prensa local y los vallencs la recuerdan cada invierno cuando vuelve el humo de las parrillas.
Cómo moverse por Valls
El centro histórico se recorre a pie; muchas calles tienen acceso restringido al tráfico. Lo práctico es dejar el coche en alguno de los aparcamientos amplios de la periferia inmediata. En diez minutos se llega a la plaza del Blat.
Si se busca ver la ciudad animada, el último domingo de enero suele celebrarse la gran fiesta de la calçotada. En junio, por Sant Joan, vuelven los castells a la plaza. El resto del año Valls funciona como una ciudad media del interior: industria, cooperativas agrícolas y una vida local que no gira solo alrededor de las fiestas. La discusión recurrente sigue siendo otra: si la Colla Vella o la Joves levantó antes ciertos castells. Y esa conversación, en Valls, no se acaba nunca.