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sobre Vilabella
Pueblo con un museo del campo interesante y una pinacoteca religiosa destacada
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Hay pueblos que parecen hechos de la misma pasta que los sueños de los urbanitas: casitas de piedra, calles tranquilas y un silencio que, si te descuidas, te entra por los oídos y te baja hasta los pies. El turismo en Vilabella tiene algo de eso, pero también tiene vida de pueblo de verdad. Aquí todavía hay bar abierto por la mañana, gente que se saluda por el nombre y conversaciones que empiezan hablando del tiempo y acaban hablando de la cosecha.
El castillo que aquí llaman de Nules
Subes por la carretera que entra al pueblo y lo primero que se impone es la mole del castillo. Está en lo alto, vigilando las viñas como si siguiera cumpliendo su trabajo. Los vecinos suelen referirse a él como «el castillo de Nules», porque ese núcleo está muy cerca y, durante siglos, estas tierras cambiaron de manos más de una vez.
El conjunto tiene origen medieval y la torre principal todavía marca el perfil del pueblo cuando lo miras desde fuera. Dentro se conserva una cisterna antigua excavada en la piedra que suele llamar la atención: ese tipo de lugar oscuro y fresco donde, si entras con críos, enseguida empiezan a contarse historias de miedo.
No es un castillo restaurado al milímetro ni preparado como museo. Más bien es de esos sitios donde todavía imaginas cómo sería vivir ahí arriba cuando el viento sopla fuerte y todo alrededor eran campos y caminos.
La muralla que sigue mezclada con las casas
En el casco antiguo aparecen restos de la antigua muralla. No esperes un recinto completo con puertas monumentales; aquí la cosa funciona de otra manera.
Un tramo se mantiene bastante claro, otro quedó integrado en viviendas y en algunos puntos simplemente forma parte de la pared de una casa. Es curioso porque vas caminando por una calle cualquiera y de repente ves el grosor de la piedra y dices: esto no lo levantaron para colgar macetas.
Los vecinos conviven con ella con bastante naturalidad. No es un monumento aislado detrás de una valla; es parte del pueblo, como una capa antigua que nunca llegó a desaparecer del todo.
Viñedos y temporada de calçots
El paisaje alrededor de Vilabella está muy ligado al campo, sobre todo a la viña. Si llegas en coche verás enseguida ese mosaico de parcelas que cambia mucho según la época del año.
Y luego está el tema de los calçots, que en esta zona se vive casi como un ritual de invierno. Cuando llega la temporada, muchos fines de semana huele a leña quemada por los caminos y las afueras del pueblo. Siempre hay alguna parrilla encendida, alguna mesa improvisada y alguien explicando cómo se comen “de verdad”.
Si te invitan a una calçotada de las que montan entre amigos o familia, acepta. No tiene mucho misterio: cebollas a la brasa, salsa, pan, vino y ganas de mancharse las manos.
La ruta de las trincheras
A las afueras hay un sendero que algunos conocen como la ruta de las trincheras. No está montado como un parque temático de la historia: más bien es un camino entre vegetación donde, de repente, aparecen zanjas excavadas en la tierra y la piedra.
Corresponden a posiciones de la Guerra Civil que hubo en esta zona. Hoy están medio cubiertas por la vegetación y el paso del tiempo, pero todavía se distinguen bien los trazados. Caminar por allí tiene algo raro: paisaje tranquilo y, al mismo tiempo, la sensación de estar pisando un lugar donde pasaron cosas bastante duras.
Muchos ciclistas y senderistas usan el camino simplemente como ruta de campo, aunque cuando te paras un momento y miras alrededor entiendes por qué alguien decidió cavar ahí.
Una vuelta tranquila por el pueblo
Vilabella no funciona muy bien con listas de “cosas que tachar”. Tiene su iglesia, su plaza y varias calles donde apetece caminar sin mirar el reloj.
Si vienes con prisa, en un par de horas habrás dado la vuelta. Si te lo tomas con calma, el plan cambia: aparcar al entrar, subir hacia el castillo, bajar callejeando por el casco antiguo y salir luego a caminar un poco entre viñas.
Al final siempre acabas sentado en una terraza o en un banco de la plaza. Y ahí pasa algo muy de pueblo pequeño: alguien empieza a contarte una historia del lugar, del campo o de cómo ha cambiado todo en los últimos años. A veces esa conversación explica Vilabella mejor que cualquier guía.