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sobre Borrassà
Tranquilo municipio del Empordà interior; conserva casas señoriales y un ambiente relajado
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Vas por la carretera entre Figueres y el interior del Alt Empordà, con esa luz plana de la llanura, y de repente un cartel: Borrassà. No es uno de esos nombres que suenan en las guías. Es más bien el tipo de sitio al que llegas porque te has desviado un poco, o porque alguien te dijo “pasa por allí, verás”. Tiene ochocientos habitantes y cero pretensiones de postal. Me gusta por eso.
El paisaje aquí es lo primero. Campos abiertos hasta donde alcanza la vista, masías aisladas como barcos en un mar de tierra, y caminos donde es más probable cruzarte con un tractor que con otro turista. Borrassà está pegado a todo eso. No lo enmarca, simplemente forma parte.
La iglesia y las calles que no tienen prisa
El campanario de Sant Andreu es el punto de referencia. Lo ves desde lejos y ya sabes dónde está el núcleo del pueblo. La iglesia ha tenido varias vidas –se nota en los muros–, pero aquí nadie la vende como una catedral. Es el edificio principal, punto.
Dar una vuelta por las calles lleva quince minutos si vas rápido, pero para qué. Son calles cortas, con casas que han ido sumando capas con los años: piedra vista aquí, un revoco allá, una puerta de madera gruesa que parece llevar cerrada décadas. No hay un “conjunto histórico” señalizado. La gracia está en los detalles que pillas si vas despacio: el dibujo del hierro en un balcón, el sonido de una televisión desde un patio interior.
Y luego, otra vez al campo. En dos pasos estás fuera, con esa sensación ampurdanesa de espacio infinito. Si el día está claro, al fondo se recortan los Pirineos, una silueta azulada que parece pintada.
Perderse sin miedo a perderse
La llanura es tu aliada si te apetece caminar o ir en bici sin complicaciones técnicas. Cualquier pista rural que salga del pueblo te mete entre cultivos y masías. El terreno es plano, previsible; ideal para cuando no quieres pensar en rutas, solo andar.
Es ese paseo que haces sin objetivo. Pararte a ver cómo trabajan la tierra, notar cómo cambia el color de los campos con las estaciones –verde intenso en primavera, dorado y reseco en agosto– o simplemente escuchar el silencio roto por pájaros. Hay bastante actividad ornitológica por aquí, sobre todo cuando pasan las migratorias. No necesitas prismáticos: a veces basta con levantar la vista.
La mesa está cerca (pero no justo aquí)
En Borrassà mismo la cosa es tranquila. Hay algún bar donde tomar algo, pero para comer bien toca moverse un poco. La suerte es que estás en el Alt Empordà: en diez minutos en coche tienes opciones de sobra.
Esta es tierra de aceite bueno, vinos con carácter y cocina que no se anda con florituras pero sabe a lo que tiene que saber. Figueres está a tiro de piedra y suele ser la opción más sencilla para una comida contundente.
Y luego está la ventaja geográfica: desde aquí te plantas rápido en las ruinas de Empúries o las playas de L’Escala si apetece mar; Dalí en Figueres lo tienes casi al lado; y pueblos como Peralada o Castelló d’Empúries son un salto. Borrassà funciona como base discreta para explorar sin dormir en medio del bullicio.
Un ritmo marcado por las temporadas
La vida local tiene sus picos. La fiesta mayor gira alrededor de Sant Andreu, a finales de noviembre. Es como en muchos pueblos pequeños: una excusa para juntarse los vecinos, con algo de tradición y mucho encuentro.
En verano la plaza revive al anochecer y a veces organizan alguna actividad al aire libre –un concierto, una proyección– aprovechando las buenas temperaturas.
El resto del año el tempo lo marca el campo. No vengas buscando museos abiertos hasta tarde ni tiendas de souvenirs. Vienes a ver un pueblo que vive a su aire, a dar un paseo entre campos infinitos y seguir tu camino por el Empordà con la sensación –rara hoy– de haber estado en un sitio donde nadie estaba esperándote