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sobre Cadaqués
Pueblo blanco icónico aislado por montañas; refugio de artistas y hogar de Salvador Dalí
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A las cinco de la tarde, la luz se vuelve plateada en el port de Cadaqués. Las barcas de pesca se balancean despacio y la madera, comida por la sal, tiene ese tono de miel oscura que solo da el tiempo. Desde el muelle llega el traqueteo de los cubos metálicos donde se guardan las redes. El aire trae olor a mar mezclado con romero seco de las laderas cercanas. A esa hora el pueblo baja el volumen: menos motores, menos pasos, solo alguna gaviota y el agua golpeando suavemente las piedras.
El tiempo se mueve distinto aquí
Las calles de Cadaqués suben y bajan sin demasiado orden, estrechas, con escalones de piedra pulidos por siglos de paso. A ratos aparecen tramos de muralla integrados en las casas —la zona conocida como Es Baluard— y, si miras con calma, todavía se distinguen bloques de piedra antiguos incrustados en las fachadas. La historia del pueblo está llena de ataques desde el mar; los vecinos hablan todavía de incursiones de corsarios que obligaron a reconstruir parte del núcleo más de una vez.
La iglesia de Santa María queda arriba del todo. Desde la plaza se abre una vista amplia del puerto y de las casas blancas apretadas alrededor de la bahía. El interior es sobrio salvo por el gran retablo barroco, dorado y alto, que obliga a levantar la cabeza. En verano suele haber conciertos de órgano o de música clásica; nada demasiado aparatoso, más bien recitales tranquilos donde el suelo de madera cruje cuando la gente se mueve en los bancos.
Subir hasta aquí al atardecer merece la pena. La luz entra de lado por las callejuelas y las paredes encaladas reflejan un tono rosado que dura apenas unos minutos.
Donde las rocas parecen otra cosa
El paisaje del cabo de Creus empieza prácticamente al salir del pueblo. La vegetación se vuelve baja, el viento sopla más fuerte y las rocas adoptan formas extrañas, retorcidas, como si alguien las hubiera modelado con las manos.
Salvador Dalí pasó largas temporadas en Portlligat, a un paseo corto desde el centro. Su casa —hoy convertida en museo— creció poco a poco a partir de antiguas barracas de pescadores. Dentro todavía se conserva el estudio orientado hacia la bahía, con la luz entrando desde arriba y el mar siempre delante. Conviene mirar con antelación cómo funcionan las visitas, porque el acceso suele organizarse por turnos.
Siguiendo la carretera hacia el cabo, cerca del antiguo paraje de Tudela, aparecen algunas de las formaciones rocosas que Dalí utilizó como referencia en sus cuadros. Muchas recuerdan vagamente a figuras humanas o animales. Cuando sopla tramontana el paisaje se vuelve más áspero: viento seco, olor a sal pegándose en la piel y el mar rompiendo con fuerza contra las piedras.
Lo que se come cuando el mar lo permite
Al amanecer todavía se ve movimiento en el puerto. Las capturas cambian según la temporada y el estado del mar, pero las anchoas han sido históricamente parte del carácter del lugar. Se curan en sal y luego se limpian a mano antes de servirlas con pan y aceite.
El suquet de peix aparece a menudo en las cartas: un guiso marinero con patata, tomate y el pescado que haya entrado ese día. También es habitual el arroz negro, oscuro por la tinta de sepia, que deja los labios manchados durante un buen rato.
En muchas panaderías preparan coca de recapte, una masa plana con verduras asadas y, a veces, sardinas. Si preguntas por la receta, lo normal es que la respuesta sea un gesto de hombros: cada casa la hace a su manera.
Cuándo ir y cómo moverse
Abril y mayo suelen ser buenos meses para ver Cadaqués con más calma. Las buganvillas empiezan a trepar por las paredes y el pueblo todavía no está lleno. También es buena época para caminar por el camino de ronda que sale hacia el faro de Cala Nans: sendero estrecho, tramos de roca, olor a salvia y romero cuando aprieta el sol.
En agosto la situación cambia bastante. El acceso por carretera es único y el tráfico se acumula a la entrada del pueblo; encontrar aparcamiento puede llevar tiempo. Si no queda otra que venir en pleno verano, lo mejor es llegar temprano, antes de que el sol caliente del todo.
A primera hora de la mañana el puerto sigue teniendo algo de rutina local: pescadores revisando redes, persianas que se levantan poco a poco y el agua completamente lisa dentro de la bahía. Durante un rato, Cadaqués todavía parece ir a su propio ritmo.