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sobre Cantallops
Pueblo al pie de la Albera; zona de vinos y paso histórico fronterizo
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Imagina volver de un día en la playa con la cabeza llena de gente y el coche todavía caliente del sol. Y de repente entras en un pueblo donde todo baja de revoluciones. Eso pasa con el turismo en Cantallops, en el extremo noreste de Cataluña, a menos de veinte kilómetros de la frontera francesa. Aquí, en pleno Alt Empordà, la vida sigue a otro ritmo. No hay grandes monumentos ni tiendas pensadas para el fin de semana rápido. Más bien es ese tipo de sitio al que llegas casi por casualidad y te das cuenta de que nadie tiene prisa.
Al llegar no esperes plazas llenas ni calles pensadas para hacer fotos. Lo que sí vas a encontrar es un puñado de casas de piedra bastante curtidas por el tiempo y calles estrechas donde caminar despacio sale casi solo. Aquí faltan dos cosas muy habituales en el Empordà: ruido y gente. En cambio sobra silencio.
Si miras hacia el norte desde las colinas que rodean el pueblo, aparece esa línea irregular de los Pirineos marcando la frontera. En primavera todo se vuelve muy verde; en verano tira más a dorado; y en otoño el paisaje cambia otra vez. Es de esos lugares donde el fondo del paisaje nunca es exactamente igual.
Viñas, corcho y bosque mediterráneo
El entorno explica bastante bien cómo se vive aquí. Los bosques de esta zona mezclan alcornoques, encinas y algún roble disperso. Si caminas un rato por las pistas que salen del pueblo verás troncos de alcornoque pelados: señal de que el corcho se ha trabajado durante generaciones.
Entre esos bosques aparecen también viñas. El Alt Empordà tiene mucha tradición vitivinícola y en los alrededores de Cantallops todavía se cultivan variedades típicas de la zona, como garnacha o cariñena. Algunas parcelas siguen trabajándose de forma bastante manual, algo que se nota cuando recorres los caminos entre las cepas: nada de grandes extensiones uniformes, más bien pequeñas piezas de tierra adaptadas al relieve.
Pasear por aquí tiene algo de paseo agrícola. Oyes viento, algún tractor a lo lejos y poco más.
La iglesia y el núcleo antiguo
La iglesia de San Martín queda en el centro del pueblo. Es románica, bastante sencilla, con añadidos de épocas posteriores. No es un edificio que impresione a primera vista, pero si te acercas verás ese tipo de piedra gastada que delata muchos siglos de uso.
Alrededor aparecen casas antiguas con fachadas de piedra y puertas con dovelas bien marcadas. No es un casco histórico grande ni especialmente monumental. Más bien es compacto, práctico, muy de pueblo agrícola. De esos donde te imaginas a la gente entrando y saliendo con herramientas más que con cámaras de fotos.
En el término municipal también hay varias masías dispersas entre campos y viñedos, algunas muy antiguas. Con el coche se ven fácil al recorrer los caminos de alrededor.
Caminos sencillos para salir a andar
Una de las cosas que más se agradecen en Cantallops es lo fácil que resulta salir a caminar. En cuanto dejas las últimas casas empiezan pistas de tierra que entran en el bosque o bordean viñas. Son caminos tranquilos, buenos para caminar sin demasiada planificación o para moverse en bicicleta de montaña.
Muy cerca pasa también parte del territorio vinícola de la DO Empordà, así que no es raro encontrar fincas dedicadas al vino en los alrededores. El paisaje, al final, mezcla tres cosas bastante constantes en esta zona: bosque, viña y algo de relieve.
Si te gusta observar aves, conviene llevar prismáticos. En ciertas épocas del año aparecen especies migratorias aprovechando este corredor natural entre el Mediterráneo y los Pirineos.
Comer por la zona
Dentro del pueblo las opciones son pocas, algo lógico teniendo en cuenta que viven poco más de trescientas personas. En los pueblos cercanos sí es más fácil encontrar cocina de la comarca: platos de caza cuando toca temporada, guisos como el fricandó con setas o cocas saladas bastante típicas de la zona. Y, claro, vino del Empordà acompañando.
Nada especialmente sofisticado, más bien cocina de mesa larga después de haber estado caminando un rato.
Un pueblo tranquilo cerca de la frontera
Cantallops también vive muy marcado por su posición cerca de Francia. Históricamente ha sido zona de paso y de contrabando, algo que todavía aparece en conversaciones si hablas con gente mayor del lugar.
Si visitas el pueblo hacia noviembre es posible que coincida alguna celebración ligada a San Martín, el patrón. Suelen ser fiestas muy locales, de las que todavía giran alrededor de comidas compartidas y encuentros entre vecinos.
Cantallops, al final, funciona mejor si llegas sin esperar demasiado. No es un sitio lleno de cosas que tachar de una lista. Es más bien un alto en el camino entre viñas, bosque y frontera. De esos pueblos donde das una vuelta, te sientas un rato a mirar el paisaje y sigues viaje con la sensación de haber visto una parte bastante tranquila del Empordà.