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sobre Colera
Pueblo costero tranquilo al norte del Cap de Creus; playas de guijarros y ambiente familiar
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¿Sabes cuando llegas a un sitio de costa y todo parece pensado para que aparques, hagas la foto rápida y sigas circulando? Colera va justo en dirección contraria. El turismo en Colera tiene algo de pueblo que todavía vive a su ritmo, colocado en la esquina norte de la Costa Brava, casi tocando Francia y con las montañas cayendo hacia el mar.
Aquí viven apenas unos quinientos vecinos. Y se nota. Incluso en verano el ambiente suele ser más de gente que tiene casa o viene desde pueblos cercanos que de grandes oleadas de visitantes. Si has pasado por otras zonas del litoral gerundense en agosto, el contraste se entiende rápido.
Colera no intenta impresionar. Tiene ese aire de lugar práctico: casas cerca del mar, barcas, una playa funcional y montes secos alrededor. Lo interesante está más en el paisaje que en el decorado.
Qué ver en Colera sin darle muchas vueltas
Encima del pueblo queda el castillo de Molinàs, en una colina desde la que se entiende bien la forma de la bahía. Se suele situar su origen en época moderna, cuando se levantaron varias defensas en esta parte del litoral para vigilar la costa. Hoy quedan restos bastante castigados por el tiempo, pero la subida es corta y las vistas compensan. Desde arriba se ve cómo la costa se vuelve cada vez más abrupta hacia el Cap de Creus.
Un poco más apartado está el monasterio de Sant Miquel de Colera, del que sobreviven algunos muros y estructuras. Tradicionalmente se sitúa su fundación en la Edad Media y perteneció a una comunidad benedictina. Lo que queda no es un conjunto restaurado ni preparado para visitas largas: más bien un vestigio que ayuda a imaginar cómo de antiguo es el paso humano por estas montañas.
Luego está el mar, que al final es lo que marca el ritmo del pueblo. La playa de Colera mezcla arena con grava gruesa y suele tener aguas bastante claras cuando el viento respeta. No es la típica playa larga de arena fina; aquí entras al agua entre piedras redondeadas y se agradece llevar escarpines.
Si te alejas un poco aparecen calas más pequeñas. Garbet, hacia el sur, suele estar más tranquila a primera hora del día. Y hacia el norte la costa se vuelve más rocosa, con calitas donde a veces encuentras posidonia acumulada en la orilla. No es la postal limpia de catálogo, pero forma parte del ecosistema del Mediterráneo.
Caminar por la costa: senderos con algo de carácter
Esta parte del Alt Empordà se mueve entre el mar y las primeras montañas del Cap de Creus, así que caminar aquí significa subir y bajar bastante. Los senderos no son paseos de paseo marítimo; hay tramos pedregosos, pendientes y zonas expuestas al viento.
El Camino de Ronda entre Colera y Portbou sigue el antiguo trazado que se utilizaba para vigilar la costa. En algunos puntos el sendero pasa cerca de los acantilados y las vistas del Mediterráneo abierto acompañan todo el rato. Conviene llevar agua y tomárselo con calma, sobre todo si aprieta el sol.
Por los montes cercanos también quedan búnkeres y posiciones defensivas de la Guerra Civil, dispersos entre la vegetación baja y la roca. Aparecen de repente mientras caminas, como recordatorio de que esta frontera siempre tuvo importancia estratégica.
Mar tranquilo, gafas de buceo y poco más
Cuando el mar está calmado, el agua suele tener buena visibilidad y hay fondos rocosos con vida marina. Mucha gente se limita a nadar cerca de las rocas con gafas y tubo. No hace falta montar una expedición para ver peces moviéndose entre las grietas.
Y luego está la parte más sencilla del día: sentarte cerca del puerto y comer pescado. En Colera la relación con el mar sigue siendo bastante directa. Nada de ceremonias raras: producto del Mediterráneo, cocina del Empordà y ambiente de pueblo pequeño.
Cómo entender Colera
Colera es ese tipo de sitio que funciona mejor si no intentas llenarlo de planes. Llegas, das un paseo, te bañas, quizá haces un tramo del camino de ronda y comes mirando al mar.
En unas horas puedes recorrerlo todo. Pero el recuerdo que deja no tiene tanto que ver con monumentos o listas de cosas que tachar, sino con algo más sencillo: un trozo de Costa Brava que todavía mantiene bastante de su carácter. Y en esta zona, eso ya dice bastante.