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sobre Darnius
Pueblo forestal junto al embalse de Boadella; ideal para actividades náuticas y naturaleza
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El agua del embalse de Darnius-Boadella tiene un color que cambia con el cielo: gris plomo bajo nubes bajas, verde musgo cuando hay sol. A primera hora, cuando el aire aún baja fresco de la sierra de la Albera, la superficie queda casi inmóvil. La luz se filtra entre encinas y alcornoques, y el reflejo del cielo se quiebra en las ramas que asoman desde la orilla. En este municipio del Alt Empordà, de poco más de quinientos habitantes, buena parte del pulso lo marca ese paisaje de bosque y agua contenida.
El pueblo se levanta en una zona de transición, donde la llanura ampurdanesa empieza a plegarse hacia las montañas. Aún se ven huertos en las afueras, parcelas pequeñas y trabajadas, mezcladas con bosque bajo y caminos de tierra que huelen a tomillo pisado después de la lluvia.
Las calles y la iglesia de Sant Feliu
Las calles del centro son estrechas. En algunos tramos el asfalto cede a piedra antigua, desgastada y desigual bajo los pies. Las fachadas muestran capas de tiempo: mortero desconchado, portales con arcos redondeados, ventanas pequeñas que hablan más de inviernos fríos que de vistas.
En la plaza aparece la iglesia parroquial de Sant Feliu. El edificio tiene origen medieval —se sitúa en el siglo XV— aunque ha pasado por varias reformas. Sobre el portal, una lápida recuerda a vecinos del pueblo vinculados a los conflictos del siglo XIX, una huella discreta que pasa desapercibida si no te paras.
El casco antiguo no es grande. Se recorre sin mapa, subiendo y bajando cuestas suaves. Conviene hacerlo sin prisa. Al girar una esquina puede aparecer un arco antiguo reaprovechado en una vivienda, o el sonido del agua de una fuente cercana goteando en un pilón.
El embalse y su orilla
El embalse se terminó a finales de los años sesenta para regular el río Muga. Hoy ocupa una extensión amplia, aunque su aspecto varía mucho con las lluvias del año.
Antes de la presa, aquí había un valle agrícola. El agua transformó el entorno y creó una orilla irregular donde el bosque llega casi hasta el borde. Encinas, alcornoques y pinos se mezclan con zonas donde la tierra rojiza queda al descubierto.
Desde algunos puntos elevados se distingue la llanura del Empordà extendiéndose hacia el este. En jornadas muy limpias, la línea del Mediterráneo aparece como una raya tenue en el horizonte lejano.
Caminar junto al agua
Varios caminos rodean partes del embalse. Siguen antiguas pistas forestales o se adentran en senderos más estrechos entre árboles. Un recorrido sencillo bordea una parte del pantano durante unos kilómetros, con el agua casi siempre a la vista.
El terreno alterna tierra compacta con zonas pedregosas. Después de lluvias fuertes puede haber barro; mejor calzado que agarre bien.
En verano el movimiento aumenta: ciclistas, gente remando en kayak o tablas de paddle surf. La navegación con motor está limitada, lo que mantiene un silencio relativo. A cierta distancia solo se oye el golpe suave del agua contra las piedras.
Pesca y horas quietas
La pesca lleva décadas aquí. En estas aguas hay trucha introducida, black bass o lucio, aunque las capturas dependen mucho de la temporada y del nivel del agua.
Para pescar hace falta licencia y respetar las normativas —temporadas, tallas mínimas— que conviene consultar antes.
En algunos puntos de la orilla también se ve gente que simplemente pasa la mañana junto al agua: una mesa plegable, una caña apoyada en la tierra, horas mirando la superficie quieta.
Aves cerca del pueblo
A poca distancia del núcleo urbano hay pequeñas zonas húmedas vinculadas al embalse. No son grandes marismas, pero atraen aves.
En primavera y otoño se dejan ver garzas y cormoranes. Con paciencia, a veces cruza el destello azul de un martín pescador. Si el día está calmado, el sonido llega antes: chapoteos leves, alas batiendo entre juncos.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño son momentos agradables para caminar por la zona del embalse. El bosque está más verde y el aire es limpio.
En verano el sol cae fuerte al mediodía. Conviene salir temprano o esperar a la tarde, cuando la luz se vuelve más suave sobre el agua.
El pueblo celebra su fiesta mayor dedicada a Sant Feliu normalmente a finales de agosto. Durante esos días la plaza gana movimiento con música y bailes populares.
Darnius no intenta llamar la atención. Es un lugar de ritmo lento, donde lo más interesante suele ser algo tan sencillo como caminar un rato entre encinas y ver cómo cambia el color del agua a lo largo del día.