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sobre Fortià
Pueblo agrícola en la llanura aluvial; destaca por la "Casa de la Reina Sibila"
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En la llanura del Alt Empordà, entre campos abiertos y acequias de riego, el turismo en Fortià tiene poco que ver con el litoral cercano. Aquí el paisaje es horizontal y agrícola. El pueblo se levanta a pocos metros sobre el nivel del mar, en una zona históricamente vinculada a las tierras húmedas que rodean la bahía de Roses.
Fortià formó parte durante siglos del territorio del antiguo condado de Empúries, que organizó la ocupación agrícola de esta parte del Empordà en época medieval. Los documentos más antiguos sobre el lugar aparecen ligados a parroquias rurales y a explotaciones agrarias que dependían de señores locales o instituciones eclesiásticas. La forma del pueblo responde a esa lógica: un núcleo compacto rodeado de campos trabajados desde hace generaciones.
Hoy sigue siendo un municipio pequeño, de menos de mil habitantes. La actividad agrícola continúa presente y marca el ritmo cotidiano. No es un lugar al que se llegue por casualidad; más bien aparece cuando uno atraviesa la llanura entre Figueres y la costa.
La iglesia y el núcleo antiguo
El centro del pueblo gira en torno a la iglesia de Sant Julià i Santa Basilissa. El edificio actual ha pasado por varias reformas, pero el origen de la parroquia es medieval, cuando estas iglesias rurales servían también como punto de organización del territorio. En una comarca tan abierta, la torre era durante siglos uno de los pocos elementos visibles a distancia.
La arquitectura es sobria. Muros gruesos, pocas concesiones decorativas y una estructura que responde a las necesidades de una comunidad agrícola más que a ambiciones monumentales. Alrededor de la iglesia se agrupan las calles más antiguas, con casas que mezclan piedra, revoco y ampliaciones hechas con el tiempo.
El trazado del pueblo es breve. No hay un casco histórico monumental, pero sí detalles que explican cómo se ha vivido aquí: portales amplios para guardar herramientas, patios interiores y algunas casas que todavía conservan elementos de masía adaptados al núcleo urbano.
El paisaje de la llanura empordanesa
Al salir del pueblo el paisaje se abre enseguida. La llanura del Empordà tiene algo particular: parece uniforme, pero está llena de pequeñas infraestructuras agrícolas, canales y caminos que organizan el territorio desde hace siglos.
Tradicionalmente estas tierras se dedicaron al cereal, al forraje y a otros cultivos adaptados al suelo húmedo de la zona. La proximidad de los Aiguamolls de l’Empordà recuerda que buena parte de esta llanura fue, durante mucho tiempo, terreno inundable.
La tramuntana también forma parte del lugar. Cuando sopla fuerte se entiende por qué muchas casas antiguas tienen fachadas compactas y pocas aperturas hacia el norte.
Caminos entre pueblos del Alt Empordà
Desde Fortià salen varios caminos rurales que conectan con otros municipios cercanos de la llanura. Son trayectos prácticamente planos, utilizados tanto por agricultores como por gente de la zona que sale a caminar o a pedalear.
Moverse por aquí permite entender mejor el paisaje del Empordà interior, muy distinto del que se asocia a la costa o a los pueblos medievales más conocidos. La vista alcanza lejos, con los Pirineos marcando el horizonte hacia el norte en los días claros.
La costa queda relativamente cerca. En coche se llega en poco tiempo a la bahía de Roses o a la zona de l’Escala, aunque el ambiente cambia bastante en cuanto uno vuelve a la llanura.
Datos prácticos
Fortià está a pocos kilómetros de Figueres, en el centro del Alt Empordà. Lo habitual es llegar en coche por las carreteras comarcales que cruzan la llanura.
La visita al núcleo se hace rápido. Lo interesante suele ser recorrer los caminos de alrededor y observar cómo se organiza este paisaje agrícola que ha cambiado menos de lo que parece. Aquí el Empordà se entiende desde otra escala: la de los pueblos pequeños que sostienen el territorio.