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sobre La Selva de Mar
Pueblo pintoresco cerca del Port de la Selva; torres de defensa y calles de piedra
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A las afueras del núcleo, en un día con luz de invierno, las piedras de la iglesia de Sant Feliu reflejan un gris suave mientras la tramontana se cuela por las calles estrechas. Aquí, en La Selva de Mar, el silencio de los meses tranquilos contrasta con el movimiento del verano. Las casas de piedra, con portales bajos y balcones de hierro, parecen mantenerse en su sitio desde hace mucho tiempo. Al caminar despacio por el casco antiguo se nota esa continuidad: paredes gruesas, esquinas irregulares, puertas que seguramente han visto pasar muchas generaciones.
Desde Girona el trayecto ronda la hora y cuarto. Se avanza por la C‑260 hacia Figueres y luego se gira hacia la costa por la GI‑612. El último tramo cambia el ritmo: curvas cortas, campos abiertos y los bancales de piedra seca que todavía sostienen olivos y viñas. Al fondo aparece el relieve áspero del Cap de Creus. Si sopla la tramontana —algo bastante habitual aquí— el paisaje se ve limpio, con el cielo muy claro.
La estructura del pueblo y su historia palpable
La iglesia parroquial de Sant Feliu marca el centro visual del pueblo. Su fachada de piedra es sobria, con añadidos y reformas acumulados con los siglos. No es un edificio monumental, pero sí un buen punto para entender la escala del lugar: todo aquí parece pensado para una comunidad pequeña.
El casco antiguo mantiene un trazado sencillo. Un puñado de calles conecta pequeñas plazas y pasajes donde el sol entra solo a ciertas horas del día. En algunas fachadas aún se ven dinteles de piedra bien trabajados y muros donde el musgo aparece después de los inviernos húmedos. A primera hora de la mañana o al caer la tarde se oyen sobre todo pasos y alguna conversación desde los patios.
En verano la población crece y las casas vuelven a abrirse. Durante el resto del año el ritmo es más pausado. Con algo más de doscientos habitantes, no es raro cruzar el pueblo entero sin encontrarse con casi nadie.
Alrededor del núcleo aparecen varias masías dispersas. Algunas siguen ligadas al trabajo agrícola; otras se han convertido en viviendas. Muchas conservan muros gruesos, patios cerrados y cubiertas de teja que parecen resistir bien el viento constante del Empordà. Los caminos que las conectan atraviesan campos con muros de piedra seca, una técnica muy presente en toda la comarca.
Cuando cae la tarde la luz cambia rápido. Las laderas que rodean el pueblo se vuelven doradas y las piedras adquieren un tono más cálido. Es uno de esos momentos tranquilos en los que el paisaje del Alt Empordà se entiende mejor: terreno duro, vegetación baja y siempre el viento rondando.
Senderismo y caminos rurales
La cercanía del Parque Natural del Cap de Creus hace que La Selva de Mar sea un buen punto de partida para caminar por el interior antes de acercarse a la costa. Desde el pueblo salen varios caminos agrícolas que suben hacia las colinas cercanas o se dirigen hacia Port de la Selva.
Son rutas sencillas, muchas de ellas antiguas vías de paso entre campos y masías. Conviene llevar agua y mirar bien el desnivel si el día es caluroso, porque hay tramos sin sombra. El terreno alterna tierra, piedra suelta y viejos bancales.
Las carreteras secundarias también atraen a ciclistas. El tráfico suele ser escaso y los desniveles aparecen en forma de subidas cortas pero constantes. Aquí el viento manda bastante: con tramontana fuerte cualquier recorrido se vuelve más exigente de lo que parece en el mapa.
En cuanto a comida, el pueblo es pequeño y la oferta para sentarse a comer suele ser limitada. Mucha gente pasa el día aquí y luego baja en coche hacia Llançà o Port de la Selva, donde hay más movimiento. En la zona es habitual encontrar aceite de oliva del Empordà, vinos de la DO Empordà y embutidos que siguen recetas bastante antiguas en la comarca.
También hay bodegas repartidas por el interior del Alt Empordà. Algunas abren sus puertas para visitas o catas, aunque los horarios cambian según la época del año, así que conviene consultarlo antes.
Tradiciones que aún laten
La vida comunitaria se nota especialmente durante la Fiesta Mayor, que suele celebrarse en agosto. Es cuando regresan muchos vecinos que viven fuera y las calles recuperan un poco del bullicio que no se ve el resto del año.
El resto del calendario transcurre con discreción. La Selva de Mar mantiene ese aire de pueblo pequeño del Empordà interior, a pocos minutos del mar pero separado del ritmo de la costa. Un lugar donde todavía se percibe cómo se ha vivido aquí durante generaciones: entre campos, viento y piedra.