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sobre La Vajol
El pueblo más alto del Empordà; refugio de tesoros y gobierno durante la Guerra Civil
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A primera hora de la mañana, cuando el coche se queda en silencio al aparcar junto a la pequeña plaza, La Vajol todavía parece medio dormida. Alguna ventana entreabierta, una persiana que se levanta despacio y el eco de un perro que ladra en alguna calle cercana. Este pequeño municipio del Alt Empordà, pegado a la frontera con Francia, vive en una esquina montañosa donde el paisaje empieza a volverse más áspero y el bosque gana terreno a los campos.
La carretera que sube hasta aquí es estrecha y con curvas, rodeada de alcornoques y encinas. En verano suele estar tranquila, aunque conviene tomársela con calma: hay tramos donde apenas caben dos coches y no es raro encontrarse con ciclistas o con algún corzo cruzando hacia el monte al atardecer.
A unos 546 metros de altitud, La Vajol ronda el centenar de habitantes. El ritmo se nota enseguida. Durante el día apenas se oye tráfico; lo que domina son los sonidos del viento moviendo las hojas y, según la época, el golpe seco de la leña en algún patio. En invierno el olor a chimenea encendida se queda suspendido en las calles estrechas del núcleo.
El patrimonio aquí no se presenta en forma de grandes monumentos. Más bien aparece en los detalles: muros de piedra oscurecida por los años, portales con dovelas gastadas, balcones de hierro donde a veces cuelga ropa tendida. La iglesia de Sant Martí, en el centro del pueblo, tiene origen románico aunque ha pasado por varias reformas. Su campanario se ve desde casi cualquier punto del núcleo y sirve un poco de referencia cuando uno se pierde entre las calles.
Recorrer el pueblo lleva poco tiempo. En menos de una hora se camina todo el núcleo sin prisa, observando cómo las fachadas repiten tonos ocres y grises, con tejados de teja vieja que en días húmedos se cubren de musgo. Al caer la tarde, cuando la luz baja por la ladera, la piedra adquiere un tono cálido que contrasta con el verde oscuro del bosque que rodea el pueblo.
El entorno natural es, probablemente, lo que más pesa aquí. Los bosques mediterráneos que rodean La Vajol están dominados por alcornoques de corteza gruesa, retorcida y rojiza cuando se ha extraído el corcho. En otoño el suelo se cubre de hojas secas y el aire huele a tierra mojada. Es también la época en que algunos vecinos salen a buscar setas por los senderos cercanos.
Desde varios caminos que salen del pueblo se abren vistas hacia las sierras que marcan la frontera con Francia. No son cumbres muy altas, pero sí abruptas, con collados de roca clara y barrancos cubiertos de vegetación.
Rutas para explorar a pie o en bici
Desde La Vajol parten varios caminos forestales y senderos que suben hacia la línea fronteriza o conectan con otros pueblos del entorno. Algunos siguen antiguos pasos utilizados durante décadas para cruzar de un lado a otro cuando la frontera era mucho más que una simple línea en el mapa.
Hay recorridos cortos que se pueden hacer en un par de horas y otros más largos que exigen algo de planificación por el desnivel. Conviene llevar agua y consultar el estado de los caminos si ha llovido fuerte: algunas pistas se vuelven resbaladizas y el barro complica el paso.
En bicicleta de montaña el terreno tiene bastante juego. Las pistas forestales suelen estar poco transitadas por coches, aunque hay tramos pedregosos que obligan a bajar el ritmo. Con algo de suerte, en los claros del bosque se pueden ver corzos a primera hora o escuchar picos picoteando en los troncos.
En los alrededores también aparecen pequeñas ermitas rurales, discretas y a veces medio escondidas entre árboles. Muchas están ligadas a antiguas tradiciones locales y a celebraciones que, en algunos casos, todavía reúnen a vecinos de la zona.
La cocina que se encuentra en esta parte del Alt Empordà gira en torno a productos sencillos: embutidos curados, setas cuando es temporada y platos contundentes pensados para los meses fríos. La cercanía con Francia se nota en algunos guisos y en ciertas formas de cocinar la carne.
En esta zona fronteriza también quedan rastros de historias más recientes. Durante el final de la Guerra Civil, estos pasos de montaña fueron utilizados por quienes intentaban cruzar hacia Francia. En los alrededores aún se conservan algunos lugares vinculados a aquel momento, recordados con discreción por la gente del lugar.
Tradiciones a la vista
La fiesta mayor del pueblo suele celebrarse alrededor del día de Sant Martí, en noviembre. No es una celebración grande, pero reúne a vecinos y a gente con raíces familiares en el pueblo. Hay actos religiosos, música y comidas compartidas donde aparecen platos tradicionales como el trinxat, preparado con patata y col, además de embutidos de la zona.
En un lugar tan pequeño, estas fechas funcionan casi como un reencuentro anual. Durante unos días el pueblo se llena un poco más de voces y movimiento antes de volver a su ritmo habitual, ese silencio de montaña que se instala de nuevo cuando cae la tarde.