Artículo completo
sobre Maçanet de Cabrenys
Pueblo de montaña fronterizo rodeado de bosques; famoso por la recolección de setas y el santuario de les Salines
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora, cuando el sol todavía tarda en asomar por encima de los montes, Maçanet de Cabrenys suena sobre todo a agua. Alguna fuente abierta, el roce de las hojas en los robles y el eco de un coche que sube despacio por la carretera. El turismo en Maçanet de Cabrenys empieza casi siempre así: llegando por una vía estrecha que se retuerce entre bosque y deja el pueblo al fondo del valle, como si hubiese quedado resguardado detrás de la última curva.
Aquí viven algo más de setecientas personas, repartidas entre el núcleo y las masías del término. El pueblo está a unos 370 metros de altitud, en el extremo del Alt Empordà que ya mira hacia las montañas. El paisaje manda. Bosque espeso, pendientes suaves y caminos que desaparecen entre encinas y pinos.
Un casco antiguo pequeño y tranquilo
Las calles del centro se recorren en pocos minutos. Son estrechas y con tramos de piedra gastada, de esas que obligan a caminar despacio. Algunas fachadas mezclan piedra oscura con madera vieja; otras están revocadas con tonos claros que reflejan bien la luz de la tarde.
En medio del pueblo aparece la iglesia de Sant Martí. El origen suele situarse en el siglo XII, aunque el edificio ha pasado por varias reformas. No es una iglesia grande. Lo que llama la atención es el silencio alrededor, sobre todo a media mañana entre semana, cuando apenas pasa nadie por la plaza.
Conviene dejar el coche en la parte baja del pueblo y subir andando. Las calles del centro son estrechas y maniobrar puede ser incómodo, sobre todo si coincide más gente el fin de semana.
Huellas del corcho
Durante mucho tiempo, el corcho fue una de las actividades habituales en esta zona del Empordà interior. Todavía quedan rastros. A las afueras aparecen antiguas naves o secaderos medio cubiertos por vegetación. Algunas paredes están invadidas por hiedra y la madera de las puertas se ha ido oscureciendo con los años.
No es un patrimonio monumental ni está especialmente señalizado. Pero caminando por los alrededores del pueblo se percibe que esa actividad formó parte de la economía local durante generaciones.
El camino hacia Les Salines
Desde Maçanet sale una carretera que sube hacia el santuario de Les Salines. La subida es lenta. Hay curvas cerradas y tramos donde el bosque se cierra mucho sobre la carretera.
Arriba el paisaje cambia. El santuario queda en una zona abierta, rodeada de monte. Las paredes blancas del edificio destacan contra el verde oscuro del bosque. A menudo hay senderistas descansando en los alrededores antes de seguir camino hacia las cumbres cercanas.
En días despejados la vista se alarga bastante. A veces, desde algunos puntos altos de la sierra, el Mediterráneo aparece como una línea azul muy fina en el horizonte.
Bosque y setas cuando llega el otoño
Todo este territorio forma parte del espacio natural de Les Salines‑Bassegoda. Son montes de encinas, pinos y robles, con barrancos húmedos donde el suelo permanece oscuro incluso al mediodía.
En otoño el bosque cambia de olor. Hojas húmedas, tierra removida y cestas que se cruzan por los caminos. La recogida de setas sigue muy presente en la zona. Mucha gente llega temprano y se dispersa por pistas forestales y senderos poco visibles.
Si no se conocen bien las especies, lo más sensato es limitarse a pasear. Los bosques ya merecen la caminata por sí solos, sobre todo después de una noche de lluvia.
Comer como en un pueblo de montaña
Cuando bajan las temperaturas aparecen platos más contundentes. Guisos largos, carnes cocinadas despacio y embutidos que siguen preparándose en casas y pequeños obradores de la comarca. Las setas, cuando la temporada viene buena, terminan en muchas cazuelas.
En la zona también se ha elaborado tradicionalmente queso de tupí, un queso fuerte y cremoso ligado a la cocina de montaña. No siempre es fácil encontrarlo fuera de circuitos locales, pero sigue formando parte de la memoria gastronómica del lugar.
Cuándo acercarse
Maçanet de Cabrenys cambia bastante según el momento del año. En verano hay más movimiento, sobre todo los fines de semana. Aun así, sigue siendo un pueblo tranquilo comparado con el litoral del Empordà.
El otoño suele ser la época más interesante para caminar por los bosques. En invierno el silencio es mayor y muchas tardes el pueblo queda casi vacío cuando cae el sol. Conviene llevar algo de abrigo incluso si el día ha sido templado: en cuanto se esconde la luz, el aire de montaña se nota rápido.
Quien llega hasta aquí normalmente lo hace conduciendo desde el resto del Alt Empordà. En el mapa no parece muy lejos del mar, pero las carreteras son lentas y llenas de curvas. Ese tramo final, entre bosques cerrados, explica bastante bien por qué Maçanet de Cabrenys sigue teniendo esa sensación de lugar apartado. Aquí el tiempo circula a otra velocidad. Y se nota nada más bajar del coche.