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sobre Masarac
Pequeño pueblo agrícola en el Empordà; incluye el núcleo de Vilarnadal
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A media mañana, cuando el sol ya ha levantado la humedad de los campos, los caminos rurales de Masarac se llenan de sombras finas proyectadas por los pinos. El trigo y la cebada se mueven apenas, como si el aire pasara despacio entre las espigas. El olor cambia según el tramo: tierra removida, hojas secas, a veces un toque áspero que llega con la tramuntana. En este rincón del Alt Empordà —donde viven menos de trescientas personas— el turismo en Masarac empieza así, caminando sin prisa por calles cortas y silenciosas, con fachadas de piedra que conservan la rugosidad del tiempo.
Situado en el interior de la comarca, el municipio queda a cierta distancia del movimiento de la costa. Figueres está relativamente cerca, a unos veinte kilómetros, pero al llegar aquí el paisaje se abre en parcelas agrícolas, muros de piedra y pequeñas manchas de bosque. El ritmo es otro: tractores que pasan de vez en cuando, algún perro que ladra al fondo, el viento moviendo las ramas altas.
El patrimonio silencioso del pueblo
El núcleo histórico es pequeño y se recorre en pocos minutos. La iglesia parroquial de Sant Martí, de origen románico aunque reformada con el tiempo, mantiene una fachada de piedra sobria y un campanario que sobresale por encima de los tejados. Dentro el ambiente es fresco incluso en verano. Hay arcos de medio punto y una capilla lateral donde todavía se intuyen restos de pintura antigua, muy desgastados.
Alrededor del pueblo aparecen varias masías dispersas, algunas muy antiguas. Muros gruesos, portales rectos, teja curva en los tejados. Muchas siguen vinculadas a la actividad agrícola, otras se han rehabilitado manteniendo la estructura original. Desde los caminos se ven patios cerrados, parras trepando por las paredes y herramientas apoyadas junto a los portales.
El paisaje aquí es amplio y horizontal. Los caminos rurales cruzan campos abiertos donde apenas hay desnivel. En días claros la mirada corre lejos, hasta que el cielo y la tierra se mezclan en una línea difusa de tonos verdes y ocres.
Caminar entre campos y viñedos
No hay grandes infraestructuras turísticas ni rutas señalizadas de forma continua. Lo que sí hay es una red de caminos agrícolas que los vecinos usan desde hace generaciones. Son tramos llanos, fáciles de recorrer a pie o en bicicleta, con ese sonido seco de grava y tierra bajo las ruedas.
En algunos puntos aparecen pozos antiguos, pequeñas acequias o márgenes de piedra que delimitan los cultivos. Si sopla la tramuntana —algo bastante habitual en esta zona— el paisaje cambia por completo: el cielo se vuelve muy limpio y el viento atraviesa los campos con un silbido constante.
Conviene evitar las horas centrales del verano si se va a caminar. La sombra escasea y el sol cae directo sobre los campos abiertos.
Comer y beber en el entorno
Masarac es muy pequeño, así que la mayoría de servicios se concentran en pueblos cercanos. Muchos visitantes aprovechan para acercarse a otras localidades de la comarca antes o después de pasar por aquí.
La tradición gastronómica del Alt Empordà aparece en productos que se encuentran con facilidad en la zona: aceite de oliva de cooperativas cercanas, embutidos curados y vinos de la denominación de origen Empordà. En los últimos años varias bodegas del entorno reciben visitas y organizan degustaciones entre viñedos, algo bastante habitual en esta parte de la comarca.
También es frecuente combinar la visita con una parada en L’Escala o en otros pueblos de la costa, donde el pescado y las anchoas forman parte del recetario local.
Excursiones cortas desde el pueblo
Desde Masarac se llega rápido a varios puntos conocidos del Alt Empordà. Figueres queda a poca distancia en coche y concentra buena parte de los servicios y museos de la comarca.
Otra escapada cercana es Peralada, cuyo castillo y su conjunto histórico atraen bastante movimiento, sobre todo en verano cuando suele celebrarse un festival de música. Y si apetece cambiar completamente de paisaje, la Costa Brava está a unos veinte o treinta minutos por carretera: calas rocosas, caminos junto al mar y ese olor salado que aparece incluso antes de ver el agua.
Tradiciones discretas
Las celebraciones locales siguen un calendario sencillo. La fiesta vinculada a Sant Martí, en noviembre, suele reunir a los vecinos en torno a actos religiosos y encuentros en la plaza. En verano también aparecen actividades pequeñas —cenas populares, música en directo, bailes— organizadas sobre todo para la gente del pueblo y quienes pasan aquí parte de las vacaciones.
Nada especialmente grande ni pensado para atraer multitudes. Más bien reuniones donde todos se conocen y las conversaciones se alargan hasta que refresca la noche.
Cómo llegar
La forma más sencilla de llegar es en coche. Desde Girona o Barcelona se suele subir por la autopista AP‑7 hasta el entorno de Figueres y, desde allí, continuar por carreteras comarcales que atraviesan campos y pequeños núcleos rurales.
Conviene llevar el depósito con algo de margen y no confiar en encontrar muchos servicios en el propio municipio. Masarac es uno de esos lugares donde lo normal es aparcar junto a la plaza o en una calle tranquila y seguir el resto del recorrido caminando.
Al final, la visita se parece bastante al paisaje que lo rodea: abierta, silenciosa y sin demasiadas distracciones. Aquí el interés está en los detalles pequeños —la piedra caliente de las paredes, el ruido del viento entre los pinos, la luz larga de la tarde sobre los campos.