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sobre Ordis
Pequeño pueblo agrícola cerca de Figueres; conocido por la leyenda del zapatero de Ordis
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Ordis es como ese amigo tranquilo que nunca organiza la fiesta, pero sin él el grupo no sería lo mismo. Está ahí, a un cuarto de hora de Figueres y a tiro de piedra de la Costa Brava, pero vive en otra frecuencia. No verás carteles que te señalen el camino ni una oficina de turismo. Solo un pueblo de unos 400 habitantes donde las calles estrechas y las casas de piedra hablan más del día a día que de cualquier intento por impresionarte.
Lo primero que te golpea al llegar es el silencio. No es un silencio vacío, sino el sonido de un lugar donde la vida transcurre sin necesidad de anunciarse. En la plaza, si hay suerte, pillarás una partida lenta de petanca o una charla entre vecinos. Es todo. No hay escenografía. Y esa es, curiosamente, su mayor virtud.
Si vienes buscando el pueblo más bonito del Empordà para tu Instagram, probablemente te llevarás una decepción sana. Pero si lo que quieres es entender cómo late realmente esta comarca lejos del bullicio costero y monumental, entonces empiezas a mirar con otros ojos.
La iglesia y lo que no es iglesia
El punto de referencia es la iglesia de Sant Julià d’Ordis. Es pequeña, con un campanario discreto que asoma entre los tejados. Su origen es medieval, aunque lo que ves hoy es un collage de reformas: un poco de románico aquí, una reparación sencilla allá. No te quitará el hipo, pero tiene coherencia. Es la iglesia del pueblo, sin más pretensiones.
La verdadera visita está en las fachadas y los portales. Fíjate en los detalles: portones anchos hechos para que pasaran los carros, piedras con iniciales desgastadas por el tiempo, patios traseros que aún huelen a tierra y herramientas. Esta es arquitectura rural sin maquillaje; casas que se explican por su función, no por su fotogenia.
Y luego está el horizonte. Alrededor solo hay campo abierto: extensiones de cereal (trigo o cebada), olivos y almendros. El terreno es llano, típico del Empordà interior. Cuando sopla la tramontana —y créeme, sopla— el cielo se aclara pero el viento te revuelve todo en cinco minutos. Es un paisaje honesto, sin concesiones.
El ritmo (o la falta de él)
Ordis se recorre en media hora si vas rápido. Pero ir rápido aquí parece casi una falta de respeto.
La gracia está en no hacer nada en concreto. Dar una vuelta sin rumbo, sentarte en un banco cerca de la iglesia y ver cómo pasa la tarde: alguien sale en bici, dos vecinas charlan en una puerta, un tipo riega su pequeño huerto. Son escenas cotidianas que adquieren otro valor cuando vienes de un mundo siempre acelerado.
Si necesitas moverte, hay caminos rurales que conectan con Peralada o Vilamalla. Son rutas llanas entre campos, ideales para caminar o ir en bici cuando el sol no aprieta demasiado (en verano, madruga o serás pasto del sol ampurdanés). El paisaje cambia radicalmente con las estaciones: verde explosivo en primavera, dorado y reseco en agosto.
Para comer bien suele ser mejor idea acercarse a pueblos cercanos. La cocina por aquí es directa: aceite local, vinos del Empordà y platos contundentes para cuando refresca.
Fiestas y memoria
El evento principal es la fiesta mayor de Sant Julià, a finales de agosto. Es lo típico: misa, música en la plaza y actividades organizadas por los propios vecinos. No esperes macrofiestas; es más bien una reunión familiar donde se mezclan quienes viven aquí todo el año con los que vuelven en verano.
A lo largo del año surgen pequeñas cosas: alguna muestra de herramientas antiguas del campo o un mercado modesto con productos de proximidad. Son iniciativas para mantener viva la memoria agrícola del lugar, no espectáculos para forasteros.
Visitar Ordis funciona como un reseteo involuntario. No vas a llenar una tarjeta de memoria con fotos espectaculares. Pero puede que te lleves algo más útil: la sensación clara de cómo es un pueblo del Empordà cuando nadie está mirando