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sobre Portbou
Último pueblo antes de Francia; marcado por la estación internacional y el memorial a Walter Benjamin
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Portbou es de esos lugares que parecen puestos ahí por pura geografía. Como cuando alguien deja un pueblo en el último hueco que queda entre la montaña y el mar. En este caso además coincide con la frontera con Francia, y eso se nota. Portbou, en el Alt Empordà, apenas supera el millar de habitantes, pero durante décadas fue una puerta de entrada y salida entre dos países. Trenes, controles, mercancías, gente huyendo o regresando. Mucha historia para un sitio tan pequeño.
Cuando llegas entiendes rápido por qué el pueblo está donde está. Los Pirineos bajan hasta el Mediterráneo casi sin transición, formando una especie de anfiteatro de laderas secas que cae hacia la bahía. No es la típica postal de playa larga del Empordà. Aquí el paisaje es más abrupto: roca, calas escondidas y pinos torcidos por la tramontana. Y sí, el viento aquí sopla de verdad; no es una etiqueta turística.
También llama la atención la escala de algunas construcciones ferroviarias. Para el tamaño del pueblo resultan casi desproporcionadas. Pero tiene lógica si recuerdas que durante mucho tiempo fue uno de los grandes puntos de paso entre España y Francia. Ese pasado todavía se nota en la distribución del pueblo y en la conversación con gente mayor que vivió aquella época de trenes entrando y saliendo a todas horas.
Qué ver sin rodeos
El Memorial Walter Benjamin está en Punta del Farriol y es uno de los lugares más silenciosos del pueblo. Es una intervención bastante sobria: una escalera de acero que desciende hacia el mar entre paredes de hormigón. Recuerda al filósofo alemán que murió en Portbou en 1940 mientras huía del nazismo. No es un sitio de grandes explicaciones; más bien de quedarse un rato mirando el agua al final del pasillo y pensar.
La iglesia de Santa María, del siglo XIX, aparece casi de repente entre las calles del centro. No es monumental ni antigua si la comparas con otras de la zona, pero forma parte del paisaje cotidiano del pueblo. De hecho, encaja bastante con el carácter práctico de Portbou: funcional, sin demasiados adornos.
Si sigues hacia el extremo del cabo llegas al Búnker del Farriol. Es una fortificación pequeña de la Guerra Civil. El sendero hasta allí tiene pendiente y algo de piedra suelta, así que mejor ir con calzado decente. Desde arriba se entiende bien la forma de la bahía y la sensación de estar en el límite de la costa catalana.
Las calas de alrededor son pequeñas y algo ásperas, de esas donde hay más roca que arena. Cala Rovellada o Cala del Pi suelen ser las más mencionadas. No esperes chiringuitos ni servicios: aquí lo normal es bajar caminando con agua, algo de comida y ganas de bañarte en agua clara. Los fondos rocosos hacen que el snorkel funcione bastante bien cuando el mar está tranquilo.
El puerto pesquero es pequeño y sigue teniendo actividad. Si pasas a última hora de la tarde verás a los barcos entrando o arreglando redes. No es una escena preparada para fotos; es simplemente la rutina de un puerto que aún trabaja.
La estación ferroviaria merece una mirada con calma. Es grande para el tamaño del pueblo y explica por sí sola la importancia que tuvo Portbou como frontera ferroviaria. Durante años aquí se cambiaban trenes y mercancías por la diferencia de ancho de vía entre España y Francia. Hoy el ritmo es otro, pero las estructuras siguen ahí recordando aquella época.
Qué hacer sin tonterías
Caminar por la costa es probablemente lo más agradecido. El Camí de Ronda conecta Portbou con otras calas y con pueblos cercanos siguiendo la línea del mar. Hay tramos estrechos y con desnivel, así que no es un paseo de chanclas, pero las vistas compensan. A ratos parece que vas colgado entre roca y agua.
El snorkel también tiene sentido aquí. No hace falta ir muy lejos de la orilla para encontrar fondos de roca con bastante vida si el mar está calmado. Nada espectacular, pero sí lo suficiente para entretenerse un buen rato mirando peces entre las grietas.
Y luego está lo que no sale en los mapas: simplemente caminar por el pueblo, subir alguna calle empinada y mirar la bahía desde arriba. Portbou tiene algo de lugar de paso que nunca llegó a convertirse del todo en destino turístico. A mí me recuerda a esas estaciones antiguas donde antes pasaba medio continente y ahora todo va más despacio. Y, curiosamente, eso le sienta bastante bien.