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sobre Roses
Gran centro turístico con bahía espectacular; ciudadela histórica y puerto pesquero
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Las sardinas se asan temprano en algunos barcos del puerto. El humo blanco se mezcla con la bruma que todavía no ha levantado la tramontana y el olor a pescado recién capturado sube por la rampa del muelle como una marea lenta. En la zona de la lonja, los pescadores hablan con frases cortas mientras los primeros compradores —abuelas con carritos de ruedas, cocineros que aún no han empezado el servicio— miran las cajas de gamba roja que hace apenas unas horas estaban en la bahía de Roses.
Desde el muelle, la curva del paseo marítimo parece un brazo que abraza el agua. Las palmeras arrastran sus hojas secas con un sonido áspero, casi de papel de lija. Al fondo, las casas de terrazas acristaladas todavía no han despertado del todo: persianas a medio bajar, alguna silla de plástico apilada contra la pared. Roses tarda un poco en ponerse en marcha por la mañana.
El sabor de la bahía
El suquet de peix suele llegar en cazuela de barro oscuro. El caldo, entre amarillo y anaranjado, huele a mar y a tomate bien sofrito. Un trozo de rape blanco asoma junto a una cigala roja que todavía conserva la forma del animal entero. Quien sirve avisa casi siempre de lo mismo: es un plato caldoso y llena más de lo que parece. El arroz queda escondido bajo el caldo, esperando a que la cuchara lo encuentre.
En muchas cartas aparecen las anchoas de l’Escala de varias maneras: sobre pan tostado, con tomate cortado grueso, o solas, alineadas en el plato. Son saladas, claro, pero con ese fondo ligeramente dulce que tienen las anchoas bien curadas en aceite de oliva. En una costa donde el pescado llega del mar a la cocina en pocas horas, los sabores tienden a ser directos, sin demasiadas vueltas.
La Ciutadella: capas de historia junto al mar
A media mañana el sol cae de lleno sobre los muros de piedra de la Ciutadella. Desde fuera parece una fortificación más del Mediterráneo, pero al entrar se entiende mejor el lugar: dentro conviven restos de épocas muy distintas.
Aquí hubo un asentamiento griego llamado Rhode, más tarde actividad romana ligada al comercio y al pescado en salazón, después construcciones medievales y, finalmente, la gran fortificación renacentista que hoy marca el perímetro. Caminar por el recinto es ir saltando de una capa a otra: fragmentos de muros antiguos, restos de una iglesia románica, baluartes que miran hacia la bahía.
El espacio es amplio —mucho más de lo que parece desde fuera— y a ciertas horas corre el viento entre las murallas. Desde algunos puntos elevados se ve bien la forma de la bahía de Roses, abierta y tranquila la mayoría de días, con la silueta del Cap de Creus cerrando el horizonte hacia el norte.
El dolmen que aparece entre pinos
A pocos kilómetros del centro, en una ladera cubierta de pinos y alcornoques, está la Creu d’en Cobertella. Se llega dejando el coche en un pequeño aparcamiento de tierra y caminando un rato por un sendero que huele a resina y a tierra seca, sobre todo en verano.
El dolmen aparece de golpe entre los árboles: una gran losa de granito apoyada sobre varias piedras verticales. Tiene miles de años y es uno de los monumentos megalíticos más conocidos de esta parte del Empordà. La piedra, cuando ha estado todo el día al sol, guarda el calor y al tocarla se nota tibia.
No hay demasiado alrededor: algún panel explicativo, el bosque y el sonido del viento moviendo las copas. A ratos también se oye, muy lejos, el tráfico que sube hacia las urbanizaciones de la ladera.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera suele ser un buen momento para caminar por Roses con calma. En mayo el pueblo celebra su fiesta mayor, con gigantes, sardanas y bastante movimiento en las plazas, pero todavía no ha llegado la presión fuerte del verano. La playa está tranquila y el paseo se puede recorrer sin tener que ir esquivando bicicletas y patinetes.
En otoño el puerto vuelve a coger protagonismo y a veces se organizan jornadas gastronómicas alrededor de la gamba roja de Roses, muy apreciada en toda la comarca. Son días en los que el pueblo se llena, aunque de una manera distinta al verano.
Si puedes elegir, evita la segunda mitad de agosto. Entonces el paseo marítimo se vuelve denso: apartamentos llenos, colas en los supermercados, tráfico lento para aparcar cerca del centro. En cambio, entre semana y fuera de temporada alta, Roses recupera un ritmo más pausado. Por la mañana temprano el puerto vuelve a oler a sal, gasoil y pescado recién descargado, que es probablemente la forma más honesta de entender este lugar.