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sobre Sant Pere Pescador
Pueblo agrícola y turístico en la desembocadura del Fluvià; famoso por el windsurf y campings
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El turismo en Sant Pere Pescador se entiende mejor mirando el viento. La tramuntana entra sin obstáculos por esta parte del Alt Empordà y levanta velas y cometas sobre una playa larguísima y abierta. En verano se ven kites y tablas cruzando el horizonte mientras, tierra adentro, aparecen filas de manzanos y varios campings que en temporada alta alojan a más gente que el propio municipio. Sant Pere Pescador no nació como destino turístico: su relación con el mar fue durante siglos más agrícola que marinera, y el protagonismo real siempre lo tuvo el río.
El río que lo fundó todo
La primera mención escrita del lugar suele situarse en la Alta Edad Media, vinculada al monasterio de Sant Pere de Rodes, que poseía tierras en buena parte del Empordà. En esos documentos aparece ya el Fluvià, el río que desemboca aquí después de atravesar la comarca.
Ese curso de agua marcó el paisaje durante siglos. La zona era un mosaico de marjales y terrenos húmedos que poco a poco se fueron transformando en campos de cultivo mediante drenajes y canales, sobre todo a partir de la Edad Moderna. Cuando esas tierras empezaron a producir, el núcleo del pueblo creció y se reorganizó alrededor de la iglesia parroquial.
La iglesia actual, levantada en el siglo XVII sobre un templo románico anterior, ocupa la parte más alta del casco antiguo. En algunos tramos del muro aún se reconocen sillares más antiguos, probablemente reutilizados. Un poco más abajo está la capilla de Sant Sebastià, levantada en un momento en que las enfermedades asociadas a las zonas pantanosas eran frecuentes. Durante mucho tiempo el paludismo formó parte de la vida en estas tierras húmedas del Empordà.
Un parlamento en tierra de nadie
Durante la guerra civil catalana del siglo XV, cuando el conflicto entre la Generalitat y Juan II sacudía el Principado, el Parlament llegó a reunirse temporalmente en Sant Pere Pescador. La elección no fue casual: el lugar quedaba relativamente alejado de los grandes focos de la guerra y contaba con una pequeña fortificación.
De ese castillo medieval, vinculado a la familia Caramany, quedan hoy restos muy fragmentarios en la parte alta del pueblo: algunos muros y estructuras que apenas permiten intuir su tamaño original. Aun así ayudan a entender que este lugar, hoy tranquilo y agrícola, tuvo en determinados momentos un papel político inesperado.
Una playa abierta y mucho viento
La costa de Sant Pere Pescador rompe con la imagen más conocida de la Costa Brava. Aquí no hay calas cerradas ni acantilados abruptos, sino una franja continua de arena fina que se extiende varios kilómetros entre la desembocadura del Fluvià y el límite del parque natural dels Aiguamolls de l’Empordà.
La anchura de la playa y la constancia del viento han convertido el lugar en un punto habitual para deportes de vela ligera, windsurf o kitesurf. En días de tramuntana el mar se llena de velas de colores y el horizonte parece un campo en movimiento.
Detrás de la línea de dunas se instaló hace décadas una concentración notable de campings. Ocupan antiguas tierras agrícolas y funcionan como pequeños barrios de temporada. El contraste con el casco antiguo es evidente: un núcleo pequeño, de calles tranquilas, que en verano convive con una población temporal muy superior.
Entre manzanos y lagunas
El entorno inmediato explica bien el carácter del municipio. Al norte y al oeste aparecen los campos de manzanos del Empordà, muy presentes en esta parte de la comarca. Hacia el este, el paisaje vuelve a volverse húmedo a medida que se acerca al parque natural dels Aiguamolls.
Desde el pueblo salen caminos llanos que siguen el curso bajo del Fluvià entre cultivos, acequias y pequeños bosques de ribera. Son recorridos sencillos para hacer andando o en bicicleta y permiten observar aves con relativa facilidad, sobre todo cerca de las lagunas del parque. En determinados puntos del río el agua queda muy quieta y el paisaje adquiere ese aspecto de espejo típico de las zonas húmedas del Empordà.
Lo que se come (y lo que no)
La cocina local refleja bastante bien el entorno agrícola y marítimo. El arroz aparece con frecuencia en cazuela, heredero de los cultivos cercanos del Empordà. También son habituales los guisos con sepia, pescado de la costa próxima o almejas.
La fruta —sobre todo la manzana— forma parte del paisaje agrícola del municipio y acaba apareciendo en postres y en algunas elaboraciones caseras. En las cartas de la zona es habitual encontrar vinos de la denominación Empordà, con blancos frescos que encajan bien con los platos de pescado.
Cómo llegar y cómo moverse
El acceso más sencillo suele ser por carretera, desde Figueres o desde Castelló d’Empúries. El terreno es completamente llano y facilita moverse en bicicleta entre pueblos cercanos y zonas agrícolas.
El casco antiguo se recorre rápido, en menos de una hora. La mayor parte del tiempo aquí se pasa fuera del centro: en la playa, en los caminos que siguen el río o en los senderos que se adentran en els Aiguamolls de l’Empordà.
El mercado semanal se instala en la plaza y funciona sobre todo como mercado de abastos. La fiesta mayor se celebra alrededor del día de Sant Pere, a finales de junio, cuando el pueblo mezcla vecinos de siempre con quienes regresan cada verano desde hace años. Entonces las hogueras y la música ocupan el lugar que el resto del verano tienen el viento y las velas sobre el mar.