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sobre Vilabertran
Alberga una canónica románica de primer orden; famoso por su festival de música
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A las diez de la mañana, el murmullo de pasos sobre el empedrado de Vilabertran se mezcla con el canto de los mirlos en los árboles de la plaza. La luz todavía cae suave y resbala por las fachadas de piedra gris y beige. Si uno llega temprano, el turismo en Vilabertran tiene algo de pausa: algún vecino que cruza la calle con calma, una bicicleta apoyada en una pared, el eco de una puerta que se cierra. El pueblo, en la llanura del Alt Empordà, guarda una quietud que no es silencio absoluto, sino una suma de sonidos pequeños.
Vilabertran ronda el millar de habitantes y gira, en buena medida, alrededor de su conjunto monástico. La canónica de Santa María marca el centro físico y también el ritmo del lugar.
El peso de la piedra: la canónica románica
El conjunto aparece de repente entre las casas. Piedra clara, volúmenes sobrios, un claustro donde el aire se mueve despacio incluso en los días de calor.
La canónica se remonta al siglo XI y mantiene ese carácter austero del románico del Empordà: líneas limpias, decoración contenida. Dentro, la sensación es de espacio recogido. Las columnas del claustro tienen el desgaste suave y brillante de siglos; si apoyas la mano, notas la temperatura fría y lisa de la piedra pulida por el tiempo.
El campanario cuadrado sobresale por encima del tejado. Desde varias calles del pueblo aparece como una referencia constante, asomando entre las casas.
En verano el claustro suele acoger conciertos. Cuando cae la noche y baja la temperatura, las notas resuenan contra la piedra y el patio se llena de ese murmullo contenido de la gente escuchando en silencio.
Calles cortas y ritmo lento
El casco antiguo se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo sin prisa. Las calles son estrechas, con muros de piedra que guardan bien la sombra durante buena parte del día. A media tarde, cuando el sol baja, la luz entra en ángulo y resalta las texturas: juntas de mortero desconchado, contraventanas de madera pintada de verde desvaído, alguna buganvilla desordenada que cae por una tapia.
Junto al monasterio se conserva el antiguo palacio abacial. No es un pueblo monumental en el sentido de grandes plazas; aquí el interés está en los detalles y en cómo todo se articula alrededor del conjunto religioso.
Si vienes entre junio y septiembre, pasa a primera hora o al caer la tarde. Al mediodía el calor de la llanura aprieta y la sombra escasea.
Caminos por la llanura
Fuera del núcleo urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. Son pistas de tierra que atraviesan campos de cultivo y conectan masías dispersas. El paisaje es abierto, casi horizontal, con la silueta lejana de los Pirineos algunos días claros.
La tramontana aparece con frecuencia. Cuando sopla, el cielo suele quedar limpio y el aire se vuelve seco y muy claro. Para caminar o pedalear por estos caminos conviene evitar las horas centrales del día en verano: apenas hay sombra.
Las rutas en bicicleta son habituales porque el terreno es bastante llano. En pocos kilómetros puedes enlazar varios pueblos pequeños de la comarca.
Conexiones con el Empordà
Vilabertran queda muy cerca de Figueres, a unos minutos en coche. Desde aquí también se llega rápido a Peralada o a Castelló d’Empúries.
La costa tampoco queda lejos. En menos de media hora aparecen las playas amplias del golfo de Roses o, si uno sigue hacia el Cap de Creus, calas más rocosas.
Muchos viajeros utilizan Vilabertran como base tranquila para moverse por la comarca durante el día y volver al final de la tarde, cuando el pueblo recupera ese ritmo lento de las horas sin tráfico.
El ritmo del año
A finales de agosto suele celebrarse la fiesta mayor dedicada a Sant Bartomeu. Durante esos días hay más gente en la calle, música, actividades organizadas por los vecinos.
En verano también se celebra la Schubertíada en el claustro, un festival de música clásica bastante conocido. Las entradas suelen agotarse con antelación.
El resto del año Vilabertran vuelve a su escala habitual: un pueblo pequeño del Alt Empordà donde la vida cotidiana sigue girando alrededor de la plaza, el monasterio y los caminos que salen hacia los campos. Aquí no pasa gran cosa… y justamente por eso se entiende mejor el lugar.