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sobre Viladamat
Pueblo con un núcleo antiguo bien cuidado; iglesia y casas de piedra
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Hay pueblos que aparecen en la guía por una foto bonita. Viladamat no funciona así. Lo más probable es que llegues porque ibas hacia L’Escala, mires a un lado de la carretera y pienses: “¿y ese campanario?”. Si te desvías cinco minutos, ya estás dentro.
Viladamat, en el Alt Empordà, es pequeño incluso para los estándares de la comarca. Unos quinientos vecinos, terreno plano y mucho campo alrededor. No intenta llamar la atención. De hecho, da la sensación de que el pueblo sigue con su día aunque tú estés paseando por allí.
Un pueblo pegado al campo
Aquí el paisaje manda. Viladamat está a muy poca altura sobre el nivel del mar y rodeado de tierras agrícolas bastante abiertas. Cuando sopla la tramontana —algo que suele pasar más de lo que a uno le gustaría— el aire corre sin obstáculos.
Desde algunos puntos se ve el macizo del Montgrí al fondo. Esa roca enorme que aparece de repente en medio de la llanura. Es una referencia constante en esta parte del Empordà, como ese edificio alto que usas para orientarte cuando vuelves a casa.
Los campos cambian bastante según la época. En invierno predominan los cereales. En otros momentos aparecen frutales o viñas en parcelas más pequeñas. No es un paisaje espectacular, pero tiene esa lógica tranquila de los sitios donde se trabaja la tierra desde hace generaciones.
Calles cortas y ritmo lento
El núcleo del pueblo se recorre rápido. No hay misterio ahí. En media hora has pasado por casi todas las calles.
Las casas son las que cabría esperar en un pueblo agrícola del Empordà: piedra, reformas a medias, patios interiores que no se ven desde la calle. Nada de decorados. Algunas masías aparecen dispersas por el término municipal, todavía vinculadas al trabajo del campo.
La iglesia de Sant Esteve queda integrada en el conjunto, sin grandes gestos. Ha ido cambiando con el tiempo, como pasa con muchas parroquias rurales. Capas de épocas distintas, añadidas según tocaba arreglar algo o ampliar.
Paseando se nota que el casco antiguo no se ha rehecho para agradar a nadie. Las calles son estrechas, a veces algo irregulares. Más de una puerta da directamente a la acera, como si la casa empezara justo donde termina la calle.
Los Aiguamolls están a un paso
Una de las ventajas de Viladamat es la ubicación. En coche, en pocos minutos estás en el Parque Natural dels Aiguamolls de l’Empordà.
Es una zona de humedales bastante conocida entre la gente que observa aves. Dependiendo de la época se ven garzas, cigüeñas o bandadas migratorias que paran aquí antes de seguir camino. Hay senderos sencillos y miradores de madera repartidos por las lagunas.
Incluso si no eres de ir con prismáticos, el paseo tiene su gracia. Es un paisaje muy distinto al de los campos que rodean el pueblo: agua, carrizos y ese silencio raro que tienen los humedales.
El Montgrí, siempre al fondo
Si te apetece cambiar la horizontal absoluta de esta zona, el Montgrí queda cerca. Desde abajo parece una pared enorme saliendo de la llanura.
Mucha gente sube hacia el castillo que corona la montaña. La caminata tiene pendiente, pero las vistas compensan el esfuerzo. Desde arriba se entiende mejor cómo se organiza todo este trozo del Empordà: los campos, los pueblos pequeños y, más lejos, el Mediterráneo.
Viladamat queda ahí abajo, casi escondido entre parcelas.
Fiestas y vida de pueblo
El calendario local sigue bastante ligado a las celebraciones tradicionales del Empordà. La fiesta mayor dedicada a Sant Esteve suele reunir a los vecinos en la plaza y en los espacios comunes del pueblo. Música, actividades sencillas y bastante vida en la calle durante unos días.
No es un evento pensado para atraer multitudes. Más bien parece una reunión ampliada del propio pueblo, donde los que viven fuera vuelven a casa y todo se anima un poco más de lo habitual.
¿Merece la pena desviarse?
Viladamat no es un destino al que vengas expresamente desde lejos. Y tampoco pasa nada por decirlo.
Ahora bien, si estás moviéndote por el Alt Empordà, queda a tiro de piedra de la costa y de varios espacios naturales. Parar un rato tiene sentido. Das una vuelta, ves cómo es uno de esos pueblos agrícolas que aún funcionan como tal, y sigues camino.
A veces eso es suficiente. Un paseo corto, un poco de viento del Empordà y la sensación de haber visto un lugar que no está actuando para nadie.