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sobre Vilanant
Pueblo con encanto rural y casas de piedra; ermita de San Jaime en el campo
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Hay pueblos que parecen diseñados para salir en folletos, y luego están los otros: los que te encuentras casi por casualidad, cuando te desvías un poco de la carretera principal. Vilanant se parece más a lo segundo. Está ahí, en el Alt Empordà, a un suspiro de Figueres, pero el cambio de ambiente es instantáneo. De repente son campos, caminos polvorientos y ese silencio que solo rompe un tractor a lo lejos. Es el tipo de lugar donde la vida tiene otro compás.
Aquí viven unas cuatrocientas personas. No busques grandes monumentos ni colas para entrar a nada. Lo que hay es la plaza donde se oye hablar en catalán de toda la vida y donde el campo sigue dictando la agenda.
Un paseo sin guión
El pueblo es pequeño, de esos que atraviesas sin darte cuenta. Calles estrechas, casas de piedra con ese tono dorado del lugar y bastantes portales con dovelas. Sabes, esos arcos de piedra que parecen contar historias de siglos.
La iglesia de Sant Esteve preside la plaza. No es una catedral; es una parroquia antigua que ha ido sumando capas con el tiempo, como un árbol sus anillos. Si te sientas un rato en un banco —algo fácil porque aquí no hay prisa— verás pasar a algún vecino, un par de coches y poco más. La gracia está en eso: en Vilanant el paseo no consiste en tachar puntos de interés, sino en dejar que los detalles te lleguen solos: un patio interior entreabierto, el muro de una masía asomando entre las casas.
El campo empordanés sin filtro
Lo mejor suele ser salir del núcleo. Los caminos alrededor son puro Empordà: campos de cultivo, trozos de bosque mediterráneo y esas llanuras abiertas que parecen no terminar nunca.
No esperes rutas señalizadas con paneles brillantes. Son caminos rurales de los de toda la vida, perfectos para una caminata tranquila o un paseo en bici sin ambiciones épicas. Si el día está claro, desde algún altozano se atisba la silueta azulada del Pirineo al norte. Hacia el este, la llanura se estira hasta perderse, recordándote lo cerca que está el mar.
Una base tranquila (y muy bien conectada)
Aquí está uno de sus puntos fuertes prácticos: la ubicación. Estás a diez minutos en coche de Figueres, con todo lo que eso implica (y supone un alivio si necesitas algo). Desde ahí te plantas rápido en media comarca.
Figueres tiene ese bullicio y el imán del Teatro-Museo Dalí. Y a un radio corto tienes Peralada o Castelló d’Empúries, con su historia a cuestas. Vamos, que puedes desayunar en la tranquilidad absoluta y, si te entra el gusanillo de ver gente o un monumento, en un momento estás allí.
Viñas y olivos (y poco más dentro del pueblo)
Estás en tierra de la D.O. Empordà. Viñedos hay por todas partes y algunas bodegas organizan visitas con cata —normalmente llamando antes—. Por aquí las garnachas y cariñenas son las reinas locales.
En cuanto a comer, el perfil es el esperable: aceite bueno del país, embutidos y una cocina pegada al terreno. Dentro del pueblo la oferta es mínima —lo normal para 400 habitantes— pero Figueres está ahí para resolver cualquier antojo.
Fiestas: las justas y familiares
En verano suele caer la fiesta mayor (agosto es buen candidato), con verbena y actividades en la plaza muy del estilo comarcal. En diciembre lo típico es el encuentro por Sant Esteve, que en pueblos así se vive más en casa o entre vecinos que como espectáculo para foráneos.
¿Merece una parada?
Vilanant no es un destino final. Es ese desvío que tomas cuando ya estás por el Alt Empordà y te preguntas cómo será uno de sus pueblos sin turismo. Das una vuelta a pie, respiras ese aire entre viña y olivo, quizá sigues por algún camino rural… y continuas tu ruta. Su virtud es esa: no intenta vendértelo todo. Simplemente existe tal cual es