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sobre Castellet i la Gornal
Municipio con un castillo emblemático junto al pantano de Foix
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Las campanas de Sant Pere suenan cuando el sol todavía está saliendo por detrás de los viñedos. Desde la muralla del castillo, el embalse de Foix parece una lámina de metal quieto entre colinas bajas. A esa hora el pueblo huele a pan caliente que llega desde la parte baja del municipio, donde alguna panadería abre antes de que las calles tengan movimiento.
El turismo en Castellet i la Gornal no funciona como en otros lugares más expuestos del litoral cercano. Aquí hay grietas en las paredes, calles que suben sin aviso y terminan en un muro, y una placita donde los perros se estiran bajo la sombra de un olivo. Cuando subes por la ronda que bordea el cerro y miras hacia la sierra del Garraf, con los viñedos extendiéndose hacia la llanura del Penedès, se entiende por qué este punto fue vigilado desde muy pronto.
El castillo que vigilaba el paso hacia el mar
Castellet aparece documentado ya en el siglo X. En algunos textos medievales se menciona una operación de compraventa de la fortaleza entre nobles vinculados al condado de Barcelona, lo que da una idea de su valor estratégico. No era una residencia elegante: era una pieza de control sobre el camino natural que conecta el interior del Penedès con la costa.
El castillo se levanta sobre un espolón de roca que domina todo el valle del Foix. Hoy alberga el Centro UNESCO para las Reservas de la Biosfera Mediterráneas, dedicado a investigación y proyectos ambientales. No siempre es posible recorrerlo por dentro con libertad, pero el patio y algunas dependencias se abren en visitas puntuales.
Dentro hay un aljibe medieval que conserva marcas de herramientas en la piedra. Si te acercas se nota la humedad fría que sale del fondo. La escalera de caracol que sube a la torre es estrecha y desgastada en el centro, señal de siglos de pisadas. Arriba el viento entra con fuerza y obliga a sujetarse a la piedra. El embalse aparece abajo como una mancha verde oscura entre pinares y cultivos.
Esculturas entre las calles
Al bajar del castillo empiezan a aparecer figuras de hierro repartidas por el casco antiguo. Son obra del escultor Luis Zafrilla y representan oficios tradicionales: un cantero golpeando la piedra, un carretero inclinándose sobre el eje del carro, un monaguillo con la campana en la mano.
El hierro se oxida con los años y las figuras parecen integrarse en las paredes y las esquinas. No hay apenas explicaciones. Vas encontrándolas mientras caminas. La vuelta completa por el núcleo antiguo no llega a un kilómetro, pero se alarga si te detienes en cada callejón o si te apoyas un rato en la barandilla que mira al pantano.
A media mañana suele escucharse alguna conversación desde los balcones o el ruido de platos desde las cocinas. El pueblo mantiene un ritmo bastante doméstico incluso cuando llega gente de fuera.
El embalse de Foix, agua entre pinares
El embalse de Foix se construyó en el siglo XX para asegurar riego en el Penedès. No nació con vocación de zona de baño ni de deportes acuáticos, y el entorno sigue siendo bastante tranquilo.
Desde el propio pueblo sale un sendero que baja entre pinos carrascos hacia la orilla. En primavera el suelo se llena de agujas secas y el aire huele a resina caliente. Cuando el nivel del agua desciende, a veces aparecen restos de la antigua carretera que pasaba por el valle antes de la presa: trozos de asfalto cuarteado, postes antiguos, algún tramo de muro.
Hay varios caminos que bordean el embalse. Uno de ellos lleva hasta un pequeño mirador donde hay una escultura femenina mirando al agua, conocida por los vecinos como Penélope. Conviene llevar agua y algo de comida si se piensa caminar un rato: en esa zona no hay fuentes y al mediodía el sol cae directo.
Tres núcleos, tres celebraciones
El municipio se reparte entre varios núcleos. Castellet, en lo alto junto al castillo; la Gornal, más abajo en la llanura; y Sant Marçal, alrededor de su iglesia y algunas masías.
Cada uno mantiene sus propias fiestas. Tradicionalmente se celebran a principios del verano y a finales, según el núcleo, con verbenas, comidas populares y actos vinculados a las parroquias. En Castellet, además, suele organizarse a comienzos del verano un mercado de ambientación medieval que ocupa las calles del casco antiguo.
Durante esos días el olor cambia: cera caliente de los puestos artesanos, carne a la brasa, vino servido en porrones. La mezcla encaja bien con el paisaje del Penedès, donde las viñas empiezan a cerrar el ciclo antes de la vendimia.
Cuándo venir con calma
Abril y mayo suelen ser los meses más agradecidos. Las viñas brotan, los márgenes se llenan de amapolas y el aire todavía no tiene el peso del calor del interior. Entre semana el pueblo queda muy tranquilo.
Los fines de semana aparece más movimiento, sobre todo gente que llega desde Barcelona o desde la costa cercana para pasear por el casco antiguo o caminar por el entorno del pantano.
Agosto trae más actividad por las fiestas, aunque el tamaño del núcleo limita bastante el bullicio. En invierno el viento puede ser intenso en lo alto del cerro y las calles quedan casi vacías.
Si vienes en coche, lo más práctico suele ser dejarlo en la parte baja y subir andando al castillo. El tramo final es corto pero empinado, y hacerlo a pie permite notar mejor cómo cambia la luz sobre las piedras y cómo el embalse aparece poco a poco entre los tejados.