Artículo completo
sobre Mediona
Municipio extenso y boscoso con un castillo y tradición cervecera artesana
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de Sant Joan de Mediona suelen oírse temprano, cuando todavía la niebla se agarra a los viñedos como una manta gris. Desde el castillo, la comarca del Alt Penedès se abre en ondulaciones suaves de verde pálido y marrón rojizo, con alguna carretera fina que serpentea hacia La Llacuna. El silencio a esa hora es compacto: a veces se distingue el aleteo de los buitres que giran sobre el desfiladero y el roce del viento en los pinos.
El castillo que vigilaba el Penedès
La subida al castillo empieza en una de las masías que quedan a las afueras del núcleo, donde el asfalto se transforma en pista de tierra rojiza. La pendiente es constante pero amable, entre pinos y alcornoques que en verano desprenden ese olor seco de resina calentada por el sol.
La torre circular aparece de golpe entre los árboles. El conjunto es antiguo —la base medieval todavía se reconoce en la piedra irregular— y está colocado justo donde el valle del Mediona se abre. Desde arriba se entiende la geografía del lugar: viñas que siguen el relieve, algunas masías aisladas y, cuando el aire está limpio, la silueta azulada de Montserrat en el horizonte.
En la pequeña iglesia del recinto, la luz entra muy poco. Huele a piedra húmeda y a cera. La madera del techo cruje cuando sopla viento fuerte en la sierra. Quien cuida el lugar suele explicar la historia del Santo Cristo de Mediona, una devoción muy arraigada en el municipio y en los pueblos cercanos. La tradición cuenta que la imagen permaneció escondida durante mucho tiempo y que más tarde volvió a aparecer, lo que terminó convirtiéndose en parte de la memoria colectiva del lugar.
Cuando el río movía molinos
Bajar por el camino que sigue el curso del Mediona cambia completamente el paisaje. El sendero entra en un tramo más cerrado, con chopos y alisos tocándose por arriba y filtrando la luz en franjas finas. El agua corre entre piedras oscuras y en algunos puntos huele a musgo y a hojas mojadas.
Durante siglos este río movió molinos papeleros. A lo largo del valle todavía quedan restos: muros de piedra cubiertos de hiedra, canales secos, alguna rueda oxidada medio escondida entre la vegetación. Algunos edificios se han rehabilitado como viviendas; otros siguen vacíos, con ventanas sin marco y zarzas entrando por las puertas.
Si sigues el curso del río hacia el este, el valle se ensancha poco a poco hasta acercarse a Sant Quintí. Allí el Mediona pasa a llamarse Riudebitlles, algo que aquí se menciona con naturalidad, como si el río simplemente cambiara de nombre al cruzar de paisaje.
La cocina que huele a viña
En las masías del término aún se cocina con ritmos tranquilos, muy ligados al calendario agrícola. En otoño, cuando se acaba la vendimia, el aire de los patios mezcla olor a leña con el de los mostos recientes. Sobre las mesas aparecen platos sencillos: embutidos del Penedès, pan tostado, verduras asadas lentamente en el horno.
La coca de recapte y la escalivada siguen siendo habituales en muchas casas, sobre todo cuando se junta la familia los fines de semana. Berenjenas oscuras, pimientos asados y cebollas dulces que se pelan todavía tibias. Son sabores que aquí se asocian más a la vida diaria que a celebraciones concretas.
La devoción al Santo Cristo también tiene su momento en el calendario local. En torno a esa celebración, que tradicionalmente reúne a vecinos de la zona, el pueblo se llena de movimiento desde primera hora y las cestas de mimbre con comida y vino circulan de mano en mano en la plaza.
Cuándo ir y cómo moverse por el valle
La primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer Mediona. Los caminos entre viñedos están verdes, la tierra recién trabajada desprende un olor dulce y la temperatura permite caminar sin prisas. Desde el núcleo salen varias pistas forestales que suben hacia la sierra de Ancosa; algunas llevan hasta antiguas construcciones ligadas al almacenamiento de nieve, que recuerdan cómo se aprovechaba la montaña antes de que llegara el frío industrial.
En agosto el ambiente cambia bastante. Muchas casas se llenan de segundas residencias y los caminos cercanos al río reciben más motos y bicicletas. Si buscas silencio, entre semana en mayo o junio suele ser mejor momento.
A última hora de la tarde merece la pena volver a mirar el valle desde arriba. La luz baja convierte las viñas en un mosaico dorado y, cuando el viento se calma, lo único que se oye es alguna máquina trabajando en el campo y los perros que ladran a lo lejos. En Mediona las tardes caen despacio, con ese ritmo rural que no necesita demasiadas explicaciones.