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sobre Pontons
El municipio más alto del Penedès con paisaje de montaña y bosques
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A primera hora, cuando el sol empieza a rozar las paredes de piedra, el turismo en Pontons todavía pasa desapercibido. La luz entra de lado por las ventanas y en las calles apenas se oye nada: algún vencejo, el roce de hojas secas arrastradas por el aire, el sonido de una persiana que se levanta. El pueblo tarda en despertarse. Durante un rato, parece suspendido entre los pinares y encinares que lo rodean.
Pontons queda en el interior del Alt Penedès, a algo menos de una hora en coche de Barcelona si se llega por carreteras secundarias que suben poco a poco hacia las sierras bajas del interior. El paisaje cambia al acercarse: desaparecen las llanuras más abiertas del Penedès y empiezan los bosques, los barrancos suaves y las viñas plantadas en pequeñas terrazas.
El núcleo de piedra alrededor de Santa Magdalena
El casco antiguo es pequeño y se recorre en pocos minutos, pero conviene hacerlo despacio. Las calles se enroscan alrededor de la iglesia de Santa Magdalena, un edificio sobrio donde todavía se reconocen elementos románicos en la portada. En el interior quedan restos de pintura antigua, algo desgastada por el tiempo.
Las casas están hechas con piedra arenisca clara. Muchas tienen balcones de hierro oscuro y ventanas estrechas que guardan bien el fresco en verano. Al caminar por las calles empedradas se oye el eco de los pasos y, de vez en cuando, el goteo de alguna fuente. No hay equipamientos culturales ni salas de exposición; la sensación aquí viene más bien de la arquitectura cotidiana y de cómo el pueblo se adapta a la pendiente.
A media mañana suele haber algo más de movimiento cerca de la plaza. Gente que se saluda, algún coche que busca dónde aparcar sin demasiada prisa. Pontons sigue teniendo ese ritmo de pueblo pequeño donde la conversación se queda unos minutos más de lo previsto.
Masías, viñas y olivos en las laderas
Al salir del núcleo urbano aparecen las masías dispersas por las laderas. Algunas están restauradas, otras mantienen ese aire de casa agrícola que ha pasado por muchas manos y muchas vendimias.
Entre ellas se alternan viñedos y olivares. En otoño la luz cae muy baja sobre las hojas plateadas de los olivos y el paisaje adquiere un tono gris verdoso que dura hasta que el sol se esconde detrás de las colinas. Desde ciertos caminos elevados —sobre todo en días muy claros— se intuye a lo lejos una franja azul que podría ser el Mediterráneo, aunque no siempre se distingue con nitidez.
Caminar por los alrededores de Pontons
Gran parte del interés de Pontons está en los caminos que salen del pueblo. Hay senderos señalizados que atraviesan bosque mediterráneo y otros que pasan junto a viñas y antiguos márgenes de piedra seca.
No todos están bien sombreados. En verano conviene empezar temprano y llevar agua, porque las fuentes son escasas fuera del casco urbano. En cambio, en otoño y primavera se camina con una luz muy limpia y con el olor a resina de los pinares después de la lluvia.
También es una zona tranquila para recorrer en bicicleta por carreteras locales con poco tráfico, aunque algunas subidas se hacen notar.
Un pueblo que sigue ligado al campo
La viña sigue presente en el término municipal y forma parte del paisaje inmediato. No es raro ver tractores entrando o saliendo de los caminos durante la temporada de trabajo. Algunas explotaciones mantienen métodos bastante tradicionales, mientras otras han ido incorporando técnicas más recientes.
Durante la vendimia el ambiente cambia un poco: hay más movimiento en los caminos y el olor a mosto aparece en algunos rincones. Las fiestas del pueblo suelen coincidir con esos momentos del calendario agrícola, cuando la actividad del campo marca el ritmo de los días.
Cuándo ir y qué esperar
Pontons no es un lugar de grandes eventos ni de calles llenas de tiendas. Lo que hay es silencio, caminos y un núcleo pequeño que se recorre sin mapa.
Si se busca tranquilidad, los días entre semana o las primeras horas de la mañana funcionan mejor. En verano, las tardes pueden ser calurosas en las zonas más abiertas, mientras que en invierno el aire de la sierra se nota en cuanto cae el sol.
Pontons se entiende mejor así: caminando un rato por sus calles de piedra, saliendo luego por alguno de los caminos que suben entre viñas y regresando cuando la luz empieza a volverse dorada sobre los tejados. No necesita mucho más.