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sobre Sant Quintí de Mediona
Pueblo con entorno natural de gorgs y fuentes y fiestas tradicionales
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Las campanas de Sant Quintí repican a las ocho y el eco baja por la cuesta empedrada hasta la fuente de la plaza. Es domingo de finales de invierno, hace un frío que pincha, y algunos visitantes de la Fira de la Glaça se frotan las manos alrededor de la hoguera donde se derrite un bloque de hielo. El olor a leña mezclado con el de la coca de recapte recién salida del horno es lo que te dice que has llegado a un pueblo donde todavía se trabaja mucho con las manos.
Desde el mirador del Turó del Castell, el valle del Bitlles se abre en viñedos que en abril tienen ese verde tenue de las primeras hojas. Abajo, la riera corre lo suficiente como para que los niños jueguen a desviar el agua con piedras. Durante siglos ese mismo curso movió molinos y pequeños talleres relacionados con el papel, algo que todavía se recuerda cuando se habla de la historia del valle. Aquí el agua sigue marcando el ritmo. No hay prisa.
El agua que todo lo mueve
Una buena manera de empezar es la Ruta de les Fonts. Es un paseo sencillo que ronda los cinco kilómetros si se hace completo, aunque muchos se quedan antes porque cada fuente invita a parar. Yo llegué hasta la Font del Capelló, donde la piedra forma una especie de almohada perfecta para apoyar la cabeza después de mojarse la cara. El agua sale fría incluso en verano.
Entre semana suele aparecer alguna vecina llenando garrafas. Una de ellas me dijo algo que aquí se oye a menudo: «No es que sea mejor que la del grifo, es que esta es la de aquí». Lleva años viniendo y nadie parece discutirle la lógica.
Un poco más arriba están las cuevas de les Deus. Dentro la temperatura apenas cambia a lo largo del año y el aire tiene ese olor a tierra húmeda que recuerda a una bodega. En diciembre, tradicionalmente, se organiza aquí un belén viviente aprovechando las cavidades de la cueva. Los pastores entran y salen entre estalactitas y los Reyes Magos avanzan con cuidado por pasillos donde a veces hay que agacharse.
Cuando el pueblo se disfraza
El domingo más cercano al 11 de noviembre se representa la Mata‑degolla. No hace falta dominar la Guerra de Sucesión para entender lo que pasa: el intendente borbónico que venía a cobrar impuestos acaba ajusticiado entre gritos, bromas y mucho humo de parrilla. Los papeles suelen repartirse entre vecinos del pueblo, y eso se nota en el ambiente de teatro improvisado que llena las calles.
En agosto llega la Fiesta Mayor. Cuando cae la noche, la plaza de la Pallissa se convierte en pista de baile al aire libre. Las sardanas reúnen a la gente mayor del pueblo, pero antes suele sonar algún pasodoble que muchos conocen de memoria. Si te colocas un poco más atrás del primer círculo, se baila con más calma.
Entre viñedos y gorgs
La Ruta del Riu Mediona es un paseo corto que sigue el agua durante algo menos de cuatro kilómetros entre ida y vuelta. Cuando no ha llovido demasiado se puede hacer sin complicaciones, incluso con calzado ligero. Cerca del salto del Capelló se forma un gorg donde el agua queda transparente y quieta.
En primavera los márgenes se llenan de amapolas y hierba alta. Es uno de los mejores momentos para venir: todavía no aprieta el calor y el valle huele a tierra mojada.
Quien prefiera caminar entre viñas tiene varios caminos rurales que enlazan con pequeñas bodegas de la zona. En algunas se elaboran vinos del Penedès con variedades como el xarel·lo. Si coincides con alguien trabajando, es fácil acabar hablando un rato junto a las tinas o las viñas.
Qué conviene saber antes de venir
En algunos puentes festivos el pueblo se llena bastante y aparcar cerca del centro se complica. Si buscas tranquilidad, es mejor llegar temprano o venir entre semana.
Para subir hacia las ruinas del castillo conviene llevar calzado cerrado. En verano los senderos se llenan de hierba alta y ortigas, y el terreno es irregular en algunos tramos.
Al atardecer hay un lugar curioso para mirar el valle: el camino que pasa junto al cementerio. Cuando el sol cae por detrás de Montserrat, las viñas toman un tono dorado que dura apenas unos minutos.
Al bajar de nuevo por la calle Major, fíjate en los escudos de piedra sobre algunas puertas. Muchos datan de cuando la vid empezó a marcar la economía local, algo que aún se nota en los campos que rodean el pueblo.
A esa hora las persianas se van cerrando poco a poco y la riera apenas se oye. Sant Quintí de Mediona se queda en silencio un rato, como si el valle respirara más despacio antes de que llegue el día siguiente.