Artículo completo
sobre Torrelles de Foix
Pueblo con el santuario de Foix y las Dous con sus fuentes
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando el sol todavía no ha salpicado el fondo del valle. En la plaza Mayor, un hombre sacude la acera del único bar abierto. El olor a pan recién hecho se mezcla con la humedad de la noche que aún se queda pegada a los sillares del ayuntamiento. Torrelles de Foix despierta despacio, como si supiera que aquí la mañana siempre llega con margen.
El agua que susurra
El río Foix marca el ritmo del pueblo. No es un río grande; más bien un hilo de agua constante que ha ido abriéndose paso entre viñedos y laderas. Pero su sonido está siempre ahí, un murmullo que acompaña cuando caminas por las calles más bajas.
La ruta de Les Dous sigue ese rumor durante varios kilómetros. A lo largo del camino aparecen decenas de manantiales que brotan directamente de la roca. Algunos apenas gotean sobre musgo verde claro; otros caen con más fuerza hacia pequeños lavaderos de piedra donde todavía se adivina el desgaste de tantos años de uso.
En primavera el sendero está especialmente vivo: humedad en el aire, tierra oscura bajo los pinos, y agua corriendo por todas partes. Conviene llevar calzado con suela firme. Hay tramos estrechos y la piedra, cuando está mojada, resbala más de lo que parece. En algunos puntos piden evitar el paso de bicicletas para no estropear el camino.
El castillo que ya no es castillo
Desde el pueblo, el castillo de Foix se distingue como una mancha más oscura en la ladera. El camino sube poco a poco entre viñedos plantados en terrazas. Aquí la viña suele ir un poco más lenta que en el Penedès más llano, protegida por las sierras que rodean el valle.
Del castillo quedan restos: tramos de muralla, una torre a medio caer y los cimientos de lo que fue una pequeña capilla. Durante siglos, la familia que dominaba estas tierras controlaba el paso desde este promontorio. Hoy el lugar es más silencioso que estratégico.
Cuando sopla viento entre los arcos caídos trae olor a hierba seca y a resina de pino. Desde arriba se entiende bien el paisaje: un mosaico de viñas, bosques bajos y caminos de tierra que serpentean hacia masías dispersas.
La subida no es larga, pero sí constante. Mejor hacerla temprano o al final de la tarde, cuando el sol ya no cae de lleno sobre la ladera.
Cuando el pueblo se llena
Una vez al año la Mare de Déu de Foix baja desde el santuario que domina el valle. La tradición reúne a buena parte del pueblo y a gente de los alrededores. Las calles cambian de tono: más conversación, más movimiento en la plaza, más gente que se queda charlando después de la ceremonia.
En verano llega también la fiesta mayor, vinculada a San Bartolomé. Durante esos días aparecen escenarios, música y bailes que se alargan hasta la madrugada. Las calles estrechas del centro amplifican el sonido, así que quien busque silencio probablemente lo encuentre mejor en las zonas más exteriores del pueblo.
Fuera de esas fechas, Torrelles suele mantener un ritmo mucho más tranquilo.
El vino que no grita
En el Alt Penedès el vino está en todas partes, aunque aquí se vive de manera discreta. Alrededor de Torrelles las viñas rodean el pueblo en todas direcciones. En otoño el paisaje se vuelve irregular: parcelas amarillas, otras rojizas, algunas todavía verdes.
Muchas bodegas siguen siendo familiares y funcionan como parte de la propia casa. No siempre hay visitas organizadas; a veces simplemente ves la puerta abierta, barricas dentro y alguien trabajando en silencio.
Al atardecer, cuando la luz entra baja entre las filas de viña, los racimos de xarel·lo y macabeo parecen cambiar de color cada pocos minutos. Es una buena hora para sentarse en la plaza y mirar cómo transcurre la tarde: una conversación de balcón a balcón, un coche que aparca con calma, el sonido lejano de algún tractor que vuelve del campo.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Barcelona se llega primero hasta Vilafranca del Penedès y, desde allí, una carretera comarcal se adentra entre viñedos hasta Torrelles de Foix. El último tramo tiene curvas y conviene tomárselo con calma; además, es justo cuando empiezan a aparecer las primeras vistas del valle.
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los senderos de la zona. El agua de las fuentes baja con más fuerza y el campo está verde. En verano el calor aprieta bastante a mediodía, sobre todo en los caminos sin sombra.
Un detalle práctico: muchas calles del casco antiguo son empinadas y con piedra irregular. Si vas a pasear por el pueblo y por los caminos de Les Dous el mismo día, mejor llevar calzado cómodo desde el principio. Aquí casi todo se recorre andando, y el terreno se hace notar en los pies.