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sobre Oliana
Villa junto al embalse homónimo; famosa por la escalada deportiva de nivel mundial
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El río se oye antes de verse. Es un sonido constante de agua entre piedras, el primer dato que recibe quien llega a Oliana cuando el pueblo todavía está en silencio. A 469 metros, este lugar del Alt Urgell es una curva amplia en la carretera que sube hacia el Pirineo, un sitio donde muchos solo paran a repostar. Pero si apagas el motor un minuto, el rumor del Segre te dice que aquí la carretera es lo de menos.
El embalse domina la vista desde casi cualquier punto. No es un lago natural, se nota en sus orillas geométricas, pero cuando está lleno tiene una quietud pesada. Refleja las laderas del Prepirineo con una precisión turbia, como un espejo sucio. Junto al agua, los caminos de servicio de tierra son pistas grises por donde es fácil ver a gente paseando o en bicicleta a última hora de la tarde.
El casco antiguo es pequeño. Calles que suben y bajan entre muros de mampostería, algunos encalados y otros dejando ver la piedra oscura. La iglesia de Santa Maria tiene una portada románica, austera, pero dentro la historia se ha ido amontonando: retablos barrocos dorados, yeserías posteriores. Es un edificio que ha ido cediendo a cada época, sin demasiada lucha.
Entre las casas más bajas sobresale la Torre del Pas. Sus muros son más gruesos, sus ventanas más estrechas. Ahora tiene tejado a dos aguas y parece otra casa más, pero su posición aún explica por qué se construyó: para vigilar este paso del valle. En las plazoletas que la rodean, con el primer sol de la mañana, ya hay sillas donde se sientan los más mayores.
La tarde en el embalse
El cambio ocurre cuando el sol empieza a caer detrás de la sierra del Verd. La luz, ya horizontal, golpea la superficie del agua y la convierte en una plancha metálica dorada. Las laderas se vuelven ocres, luego violetas. El viento suele calmarse entonces y lo que queda es un silencio amplio, roto solo por el chapoteo lejano de una ave acuática.
Hay que saber que el embalse no siempre está así. En épocas de sequía o gestión hidráulica, el agua puede bajar decenas de metros, dejando al descubierto una orilla de tierra agrietada y troncos muertos. El paisaje se vuelve entonces más áspero, menos contemplativo.
Roques de Sant Magí
A pocos kilómetros por la carretera de Bassella, las Roques de Sant Magí emergen entre los pinos. Son agujas y placas de conglomerado, con la textura rugosa y porosa típica de esta roca. Desde lejos parecen islas en un mar verde. Los escaladores las frecuentan por sus vías cortas y técnicas; para quien no lleve cuerda, hay senderos que permiten rodear su base por un bosque claro, con algún tramo de pendiente pronunciada.
Aquí la geología no es algo abstracto: se ven las capas inclinadas de sedimentos compactados, las grietas profundas, el color que va del gris sucio al rojo oxidado según le dé el sol.
Un agua con normas
El embalse permite la navegación a remo o vela ligera cuando las condiciones lo autorizan. En un día sin viento, las piraguas avanzan dejando una estela perfecta en el agua quieta. También se ven tablas de paddle surf, moviéndose con lentitud. Nada es espontáneo aquí: el uso recreativo del agua está sujeto a normativas de la confederación hidrográfica y a permisos concretos. Conviene informarse antes.
La pesca es otra actividad habitual. En sus aguas hay carpas, lucios y black bass. Siempre con licencia.
Senderos con carácter
De Oliana salen caminos en varias direcciones. Los que van junto al Segre son fáciles, casi llanos, con el sonido del agua como compañía constante. Pero si tomas cualquiera que empiece a subir hacia las lomas circundantes, la cosa cambia rápido: la tierra da paso a piedra suelta, las cuestas se alargan y exigen un paso más lento.
La sierra del Verd es la recompensa para quien tenga piernas y tiempo. La subida es larga y seca, pero desde arriba la vista se abre sobre todo el valle y el embalse parece una mancha de estaño. No es una excursión para hacer a mediodías de verano; lleva agua, protección y calcula bien las horas.
Para bicicletas de montaña hay una red de pistas forestales y caminos rurales que conectan con pueblos vecinos. Son recorridos duros, con subidas sostenidas y bajadas técnicas sobre piedra. La señalización es irregular; mejor llevar track o mapa.
Comida de monte y río
La cocina aquí es la del Alt Urgell: contundente, sin florituras. Carne de vacuno de pastos cercanos, guisada durante horas. En otoño, las setas (rovellons, camagrocs) son motivo suficiente para salir al bosque con una cesta.
Los embutidos curados —llonganissa, bull— todavía se elaboran en algunas casas siguiendo métodos antiguos. Se encuentran en la carnicería del pueblo, junto a piezas de caza mayor en temporada.
Oliana no es un destino final. Es una pausa en el valle del Segre donde lo urbano se acaba enseguida y empieza el territorio puro: la roca, el agua gestionada por presas, los caminos polvorientos que suben hacia los cielos grandes del Prepirineo.