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sobre Amer
Villa histórica con una plaza porticada monumental; conocida por sus fuentes y pasado monástico
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Hay un momento en Amer cuando te paras en mitad de la plaza y piensas: “Esto es demasiada plaza para un pueblo tan pequeño”. Y eso pasa rápido si vienes haciendo turismo en Amer, porque acabas inevitablemente ahí, en la plaza porticada. Es como cuando tu primo se compra un televisor de 65 pulgadas para ver La Sexta: excesivo, pero al final es lo primero que miras cuando llegas.
Yo llegué en bici, cómo no, porque aquí mucha gente hace eso o lo finge. La vía verde del Carrilet pasa por el pueblo como si fuera el carril bici particular de Amer, y la antigua estación sigue en pie, con ese aire de edificio ferroviario que ya no sabe muy bien qué papel juega. Un tío que regaba su jardín me gritó desde la verja: “¿De dónde venís?”. Cuando le dije que de Girona, respondió: “Pues habéis tardado lo mismo que el tren antiguo, pero sudando”. Bienvenido a Amer.
La plaza que se tragó el pueblo
Dicen que es una de las plazas porticadas más grandes de Cataluña. No sé si exactamente la segunda —estas clasificaciones siempre cambian según quién las cuente—, pero grande es un rato.
Caminar bajo los arcos de la plaza de la Vila te da la sensación de que Amer se construyó al revés: primero hicieron la plaza y luego decidieron añadir casas alrededor. Cuando hay poca gente, el espacio se nota todavía más.
Los adoquines, según cuentan en el pueblo, proceden de distintos municipios de la comarca. Caminar por aquí es casi como ir leyendo un pequeño mapa de la Selva con los pies. Entre arco y arco encontré a una señora que vendía coques de llardons desde el portal de su casa. “No es negocio”, me dijo, “es por no perder la costumbre”. Me comí dos. Compensa confiar en las señoras de portal.
El monasterio que mira el pueblo desde arriba
El monasterio de Santa María queda un poco elevado, como suelen estar estos sitios. Su origen suele situarse en época carolingia, hacia el siglo IX, aunque el edificio que ves hoy tiene muchas capas de épocas distintas.
La iglesia tiene ese olor a piedra húmeda que solo aparece en lugares que llevan siglos abiertos y cerrados todos los días. Dentro hay un silencio muy particular. No el silencio impostado de los spas, sino el de un sitio que ha visto pasar generaciones enteras.
En una pared aparece una referencia al Compromiso Remensa del siglo XV, relacionado con los conflictos entre campesinos y señores feudales. No es el tipo de dato que uno espera encontrar en una pared durante un paseo tranquilo, pero Amer aparece varias veces en esa historia.
Cuando Amer se anima
Por agosto el pueblo celebra la Sardana del Batlle, que tiene una particularidad rara: se baila en espiral. Si nunca la has visto, imagina una sardana que en lugar de quedarse en círculo empieza a enrollarse sobre sí misma, como un caracol humano.
El alcalde abre la danza y la gente va siguiéndolo mientras la rueda se va cerrando poco a poco. La primera vez que la ves piensas que alguien ha improvisado, pero no: aquí se hace así desde hace mucho.
Unas semanas después suele celebrarse la fiesta dedicada a la berenjena. Durante un día el pueblo gira alrededor de ese ingrediente: platos caseros, concursos y mucha gente probando versiones distintas del mismo producto. Siempre aparece alguien con una receta imposible que jura que lleva berenjena aunque nadie la encuentre.
Bicis, paredes y un poco de aire
La vía verde del Carrilet es casi parte del paisaje de Amer. Une Girona con Olot y tiene ese perfil suave que agradecemos los que tenemos la resistencia de una cerilla mojada. Amer queda más o menos a mitad de camino, así que mucha gente hace lo mismo: parar, estirar las piernas, comer algo y seguir.
Si te va más la roca que el pedal, por la zona de Santa Brígida hay paredes donde se practica escalada y también se ve a gente volando en parapente cuando el viento acompaña. Allí hablé con un chaval de Barcelona que me dijo: “En otros sitios haces cola para escalar. Aquí a veces estás tú y la montaña”. Luego se lanzó al vacío como quien coge el autobús. Yo me quedé con la bici.
El Amer real
Amer ronda los 2.400 habitantes. En la plaza parece más, pero cuando subes hacia el monasterio y miras el pueblo desde arriba todo se vuelve pequeño y ordenado, como una maqueta bien colocada en la mesa del comedor.
Aquí nació Carles Puigdemont, algo que todo el mundo sabe pero que en la conversación diaria aparece más bien poco. En una cafetería del carrer Major, una señora me comentó medio riendo: “Antes dependíamos de Bonmatí y luego nos separamos. Aquí somos más de ir a la nuestra”.
Y quizá eso explica bastante bien el carácter del lugar: un pueblo que construyó una plaza enorme, que mantiene tradiciones un poco raras —como esa sardana en espiral— y que celebra una verdura como si fuera protagonista de las fiestas.
Mi consejo: llega en bici si puedes o, al menos, con ganas de caminar. Da una vuelta tranquila por la plaza, sube hacia el monasterio y quédate un rato mirando el valle. Amer no intenta llamar la atención. Simplemente está ahí. Y a veces eso se agradece.