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sobre Calaf
Capital de la Alta Segarra conocida por su mercado tradicional y clima riguroso en invierno
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Las campanas del campanar de Sant Jaume dan las ocho cuando el sol apenas asoma por la plana de Calaf. Desde la plaza llega olor a pan recién hecho y algo más: ese perfume seco de la leña quemándose en las chimeneas, que aquí empiezan a encenderse pronto, a veces ya en octubre si el aire baja frío de la meseta. Nadie corre. Algún perro se tumba en la acera mientras pasan los primeros vecinos con la bolsa de la compra.
Calaf no se entiende de golpe. Se va desgranando entre calles anchas donde las casas bajas conservan portales de piedra gastados por años de uso. El sábado por la mañana la plaza cambia de ritmo: se montan los puestos del mercado y el suelo acaba lleno de cajas de fruta, sacos de frutos secos y conversaciones que se alargan más de lo que dicta el reloj. Comprar aquí suele llevar tiempo. Las lechugas llegan con tierra aún en las raíces y las avellanas o las almendras pasan de mano en mano mientras alguien comenta cómo viene el invierno o si este año el cereal ha aguantado bien el viento.
El castillo en lo alto del pueblo
Subir al castillo es seguir un camino donde crece romero entre los muretes de pedra seca. Las ruinas que quedan hoy pertenecen a una fortificación documentada ya en época medieval, cuando Calaf era un punto estratégico entre la Segarra y el interior de Catalunya.
Arriba sopla casi siempre aire. Desde allí se ve la comarca extendida como una manta de campos de cereal: en primavera verde claro, en mayo ya dorándose, y en otoño con ese tono apagado que deja la tierra después de la cosecha. Hacia el oeste aparecen los pueblos de la Segarra; hacia el sur, en los días muy limpios, se intuye la silueta de Montserrat en el horizonte.
No hay grandes infraestructuras ni recorridos señalizados en exceso. Se llega andando desde el centro en pocos minutos, pero conviene subir con calma: el camino tiene tramos de piedra suelta y cuando ha llovido resbala.
El campanar que ordena el día
A mediodía, el campanar de Sant Jaume —alto, de piedra clara y visible desde casi cualquier punto del pueblo— refleja la luz con una intensidad que obliga a entrecerrar los ojos cuando cruzas la plaza. La iglesia actual empezó a levantarse en el siglo XVII, cuando Calaf vivía un momento de crecimiento ligado al comercio y a su mercado.
Dentro el ambiente cambia: olor a cera, madera oscura y ese silencio espeso de las iglesias que han visto pasar muchas generaciones. Las campanas siguen marcando las horas del día. Si entras cuando suenan, el eco baja por las paredes y vibra en el suelo de losas.
La plaza que queda delante es el verdadero centro del pueblo. A media mañana siempre hay alguien cruzándola despacio, saludando a medio mundo.
El mercado del sábado
El mercado semanal sigue siendo uno de los momentos en que Calaf se llena de vida. Los puestos empiezan a montarse temprano y hacia media mañana la plaza ya está llena de bolsas, carros y conversaciones que van saltando de un lado a otro.
Huele a tomates maduros, a pan recién cortado y a embutido que se vende al peso. También aparecen productos de huerta de la zona y frutos secos que son muy habituales en esta parte de la Catalunya interior. Mucha gente llega de pueblos cercanos; se nota en los coches aparcados en las calles de alrededor y en el acento de las conversaciones.
Hacia la una el ambiente empieza a bajar. Los puestos recogen despacio y la plaza vuelve a quedar casi despejada.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Calaf cambia bastante según la estación. En invierno es frecuente que la niebla se quede horas sobre los campos y el pueblo huele a leña durante todo el día. En primavera los márgenes de las carreteras se llenan de amapolas y el paisaje se vuelve muy abierto, con el cereal moviéndose con el viento.
En agosto conviene acercarse entre semana si buscas tranquilidad. Los sábados por la mañana, sobre todo cuando hace buen tiempo, el mercado atrae a bastante gente de la comarca.
Para aparcar, lo más práctico suele ser dejar el coche en las calles algo alejadas de la plaza y terminar a pie. El centro se recorre rápido y así evitas dar vueltas por calles estrechas.
Si te quedas hasta el atardecer, vale la pena volver a subir hacia el castillo. Cuando el sol cae hacia el lado de Montserrat, la piedra se vuelve color miel y el viento atraviesa los campos sin encontrar casi nada que lo frene. Desde arriba, Calaf parece detenerse un rato antes de que vuelvan a sonar las campanas.