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sobre Capellades
Villa con gran tradición papelera situada sobre un riscal de travertino
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El agua del rec baja turbia, cargada de cal, y se escurre bajo las piedras del molino como si conociera cada grieta. Es la misma agua que movió las ruedas de Capellades cuando este pueblo de poco más de cinco mil habitantes era uno de los centros papeleros de Cataluña. Ahora, a las nueve de la mañana de un martes de marzo, solo se oye el chapoteo pausado de los patos y el traqueteo lejano de alguien que baja la persiana de un taller. La niebla del río se queda pegada a la cara como una gasa húmeda. Aquí el invierno se resiste a irse: la escarcha blanquea los tejados de las casas que miran al río y el aire huele a papel mojado y a leña recién encendida.
El rumor de las máquinas
En el Museu Molí Paperer, el olor es tan intenso que se te queda en la ropa. No es agradable: mezcla de cola animal, sosa cáustica y algo dulzón, casi a pan viejo. Cuando ponen en marcha una de las máquinas históricas, el mecanismo arranca con un chirrido metálico y la pulpa de trapos empieza a transformarse en una hoja continua que avanza como una lengua blanca.
Mientras explican cómo trabajaban los operarios —muchos comían algo rápido a mediodía, a menudo una coca salada sencilla— uno entiende que aquí el tiempo no se ha roto, más bien se ha ido doblando capa sobre capa. Muy cerca, en el Abric Romaní, aparecieron restos de ocupación neandertal sobre la pared de travertino. Mucho después llegaron las ruedas hidráulicas y los molinos papeleros. La industria fue creciendo alrededor del agua, aprovechando cada canal y cada desnivel del terreno.
Cinco caminos y un lago
La ruta de Els Camins del Paper empieza detrás del museo, donde el rec del Corronaire se divide en pequeños canales que durante siglos alimentaron varios molinos. Uno de los itinerarios más sencillos es un paseo de algo más de una hora entre sombra y agua.
Se camina por márgenes de piedra seca, con sauces inclinados sobre el cauce formando un túnel verde en algunos tramos. En otoño el sendero se cubre de hojas y conviene ir con cuidado: las piedras suelen estar húmedas y el terreno baja con cierta pendiente hacia la Bassa.
Allí el agua se ensancha en un antiguo embalse que, visto desde lejos, parece un lago natural encajado entre roca clara. En primavera, cuando el sol ya calienta al mediodía, es habitual ver a gente del pueblo sentada en la pasarela o acercándose al agua. Aun así, el agua mantiene una temperatura fresca casi todo el año; el travertino actúa como una especie de nevera natural.
Subir a la Miranda Xica
La subida a la Miranda Xica se hace en unos veinte minutos si se toma con calma. El sendero alterna tramos de tierra con escalones de piedra gastados por el paso de los años.
Desde arriba el valle del Anoia se abre en terrazas de cultivo. A un lado se ve la carretera que sigue el curso del río hacia los pueblos del Penedès; al otro, Capellades se recoge alrededor del agua y de las antiguas chimeneas industriales que aún marcan el perfil del pueblo.
Cuando sopla algo de viento, sube desde el casco urbano un olor tibio a pan recién hecho. Si te quedas un rato en silencio, a veces se oye el golpe seco de la maza del molino durante las demostraciones que hacen para grupos y escolares. Es un sonido breve, contundente, que resuena por el valle y luego desaparece.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por los senderos del rec: el agua baja con fuerza y la vegetación cubre de verde las paredes de travertino. En invierno la humedad se queda atrapada en el fondo del valle y el frío se nota más de lo que marca el termómetro, así que conviene venir bien abrigado.
Si prefieres recorrer el casco antiguo o visitar el museo con calma, intenta evitar las horas centrales de los fines de semana más concurridos. Capellades no es grande y cuando coinciden excursiones y visitas escolares las calles alrededor del río se llenan rápido. Entre semana, sobre todo por la mañana, el pueblo vuelve a ese ritmo lento que todavía conserva.