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sobre Els Hostalets de Pierola
Lugar del hallazgo de Pau el pierolapithecus con patrimonio modernista
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Las nueve de la mañana en el Centre de Restauració i Interpretació de la Paleontologia huelen a pegamento y a polvo de millones de años. En Els Hostalets de Pierola, el turismo empieza muchas veces aquí dentro, delante de una mesa de trabajo. A través del cristal, una mujer con bata blanca limpia con paciencia un fragmento de mandíbula que parece una piedra cualquiera. Es parte del esqueleto de Pau, el homínido encontrado en estos yacimientos, cuando este lugar era selva húmeda y el paisaje no tenía nada que ver con las viñas y los campos secos de hoy.
Cuando los huesos hablan
El CRIP no funciona como un museo silencioso de vitrinas. Es más bien un taller abierto donde a menudo se ve a los paleontólogos trabajando con herramientas diminutas, casi de relojero. Los niños pueden tocar réplicas de fósiles y abrir cajones llenos de dientes, vértebras y fragmentos que todavía están siendo estudiados.
Aquí se explica el hallazgo de Pierolapithecus catalaunicus, conocido como Pau, uno de los descubrimientos que dieron bastante que hablar en paleoantropología cuando apareció en esta zona. La sensación curiosa es esa mezcla de laboratorio y exposición: ves ciencia en marcha, no solo resultados.
En la planta inferior hay recreaciones del paisaje de hace millones de años. Donde ahora hay lomas de viña y caminos de polvo claro, habría habido cursos de agua más anchos, vegetación espesa y animales que hoy asociamos a climas tropicales. La maqueta ayuda a imaginar ese contraste mientras fuera, al otro lado de la ventana, pasa un tractor.
Si vienes con tiempo, conviene mirar antes si hay visitas guiadas. Suelen aclarar bastante lo que estás viendo.
La torre que lo vio todo
Desde el castillo —o lo que queda de él— el valle del torrente de Pierola se abre entero. Una franja verde que serpentea entre colinas de piedra caliza y campos escalonados.
La torre, de origen medieval, sigue en pie. La piedra guarda el calor del sol y al tocarla a media tarde está tibia, como si lo hubiera ido acumulando durante siglos. El lugar tuvo función defensiva y también se ha relacionado con historias de bandolerismo, algo bastante común en esta parte de Catalunya durante ciertas épocas.
Desde arriba sale un corriol estrecho que baja hacia el núcleo antiguo. El sendero huele a tomillo y a polvo seco, sobre todo en verano.
El núcleo antiguo, calles cortas y fachadas viejas
Al llegar abajo, las casas se aprietan unas contra otras. Calles cortas, fachadas que mezclan reformas recientes con piedras mucho más viejas. En alguna todavía aparecen fechas grabadas sobre el portal.
La iglesia de Sant Pere ocupa el centro del pueblo actual. La construcción es relativamente reciente si se compara con el castillo, porque la parroquia se trasladó desde allí cuando el núcleo habitado empezó a crecer más abajo, en el llano.
Por la mañana, sobre todo los domingos, la plaza tiene un ritmo tranquilo. Huele a pan recién hecho y a colonia fuerte de los abuelos que se reúnen a charlar. Se oye catalán, castellano y esa mezcla natural de ambos que es bastante común en la comarca.
Un modernismo inesperado
En la placeta de la Font hay un edificio que rompe un poco con la imagen rural: la antigua escuela Renaixença. Cerámica de tonos verdes y ocres, hierro curvado en balcones y detalles que recuerdan al modernismo que se extendió por Catalunya a principios del siglo XX.
Si miras con calma aparecen más ejemplos en el pueblo: algunas casas con forja vegetal en los balcones o torres residenciales levantadas en esa misma época, cuando algunas familias acomodadas empezaron a construir aquí segundas residencias.
No es un conjunto grande, pero sorprende encontrarlo en un municipio pequeño.
Cuándo pasar por aquí
Finales de invierno y principio de primavera suelen ser buenos días para recorrer la zona: el campo todavía está verde y los almendros florecen en muchas parcelas.
El verano trae más movimiento por las fiestas del pueblo y el calor aprieta bastante a partir del mediodía. Si buscas caminar tranquilo o acercarte al castillo sin gente, lo mejor es madrugar o venir entre semana.
Por la tarde, cuando el sol cae detrás de las colinas, el valle se vuelve más silencioso. Desde la torre se ven las viñas en terrazas y el mosaico de campos que rodea Els Hostalets de Pierola. El viento suele traer olor a romero y a tierra seca. Es fácil quedarse allí un rato mirando el mismo paisaje donde, millones de años atrás, aparecieron aquellos huesos.