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sobre Els Prats de Rei
Villa histórica con restos romanos y una iglesia barroca destacada
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La luz de la tarde pega en la torre y la piedra toma un color de miel vieja. Desde aquí, en Els Prats de Rei, el paisaje de la Anoia se abre en una planicie de cereal que cambia de tono según la hora: verde tierno en primavera, pajizo cuando llega el calor. Son cerca de las seis de la tarde de un sábado de mayo y el pueblo respira despacio. Apenas pasa un coche. En la plaza se oye una persiana que baja y, más lejos, el ruido seco de una puerta de garaje.
La torre que vigiló dos guerras
Subir a la Manresana cuesta lo suyo: veintiún metros de altura concentrados en una espiral de piedra donde los pies buscan hueco en peldaños desgastados. Pero arriba, el viento te da la razón. Los muros tienen más de dos metros de grosor en la base y se adelgazan conforme ascienden, como un cilindro macizo que alguien hubiera ido afinando con paciencia. La única puerta está a varios metros del suelo, pensada en su día para acceder con escalera.
Desde aquí se controla toda la llanura que conecta el interior de Catalunya: caminos que van hacia el Bages, hacia Osona, hacia la Segarra. Durante la Guerra de Sucesión la torre se utilizó como punto de vigilancia en la batalla que tuvo lugar en estos campos. Hoy solo quedan piedras, viento y una vista muy abierta del paisaje. Si el día está claro se distinguen masías aisladas y las líneas rectas de los cultivos que rodean el pueblo.
Conviene subir con calma y con buen calzado. Cuando ha llovido, los peldaños pueden estar resbaladizos.
Bajo los cimientos, los romanos
Caminar por la plaza Mayor es pisar historia sin verla. Bajo el pavimento y bajo muchas de las casas se encuentran restos de Sigarra, un asentamiento romano que ocupaba esta misma llanura.
A lo largo de los años han ido apareciendo fragmentos de cerámica, monedas o muros antiguos cuando se hacen obras. No siempre están a la vista, pero los arqueólogos han podido reconstruir parte del trazado de aquel núcleo romano que tuvo cierta importancia en las rutas interiores.
Hoy la plaza es tranquila: bancos de piedra, fachadas sencillas y un silencio que se rompe por conversaciones lentas a última hora de la tarde.
El tímpano que se marchó
En la Seu de Manresa se conserva un tímpano románico que originalmente estaba en la iglesia de Santa Maria de Els Prats de Rei. Representa la Anunciación con algunos detalles poco habituales, como el ángel sosteniendo un incensario y varios astros tallados sobre la escena.
La pieza salió del pueblo en el siglo XIX, cuando el templo necesitaba reparaciones importantes. Aún hoy hay vecinos mayores que lo cuentan con una mezcla de resignación y memoria larga: que lo mejor acabó fuera.
La iglesia actual mantiene parte de esa historia dispersa. Vale la pena entrar un momento, sobre todo cuando la nave está en silencio y la piedra conserva ese olor frío que tienen los edificios muy antiguos.
La ermita entre campos
A unos quince minutos caminando desde el núcleo urbano, por un camino de tierra que en primavera huele a romero aplastado y tomillo, aparece la ermita de Sant Ermengol.
Es un edificio pequeño, de origen medieval, con muros gruesos y pocas ventanas. A principios del siglo XVIII se reforzó y se elevó el campanario, dándole un aire algo más robusto que el de otras ermitas rurales.
Dentro suele haber penumbra incluso a pleno día. La piedra guarda el calor y el olor de la cera. En una pared se ve una cruz en relieve que algunos interpretan como posible tapa de sarcófago reutilizada.
No siempre está abierta. Si se quiere entrar, lo habitual es preguntar en el pueblo; a veces algún vecino tiene la llave o sabe quién puede abrirla.
Cuándo acercarse
Mayo y junio suelen ser buenos meses para caminar por los alrededores de Els Prats de Rei. El cereal todavía está verde y el viento mueve los campos como una superficie de agua.
La torre de la Manresana tiene poca sombra, así que conviene subir temprano o al final de la tarde y llevar agua. En pleno verano el sol cae directo sobre la piedra y el camino se vuelve muy seco.
Agosto cambia bastante el ambiente: llegan coches de segunda residencia y el pueblo se llena más de lo habitual. Si buscas silencio, mejor elegir un día entre semana fuera de ese periodo.
Al caer la tarde, cuando las sombras empiezan a alargarse sobre los tejados y el viento corre libre por la llanura, Els Prats de Rei vuelve a su ritmo habitual. Un ritmo lento, de puertas que se cierran pronto y de caminos que siguen ahí desde mucho antes que nosotros.