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sobre Sant Martí Sesgueioles
Pequeño pueblo de la Alta Anoia con un campanario inacabado característico
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Sant Martí Sesgueioles es de esos sitios que ves primero en el mapa, como un punto pequeño entre Igualada y Calaf, y te preguntas qué pinta ahí. Llegas por carreteras comarcales que serpentean entre campos, y de repente aparece: un puñado de casas apretadas en una cuesta, coronadas por una torre de iglesia que parece que se quedó sin ganas de terminar. Ese es su símbolo, un campanario a medio hacer que te hace sonreír. Tiene algo de metáfora del lugar: no es un pueblo perfecto, es un pueblo real.
Aquí el silencio tiene un sonido distinto. No es un silencio vacío, es el de una mañana de martes, con el runrún de un tractor a lo lejos y el canto de los pájaros en los pinos. La vida va a otro compás, el de las cosechas y las horas de sol. Si vienes buscando museos o atracciones, te vas a aburrir. Si vienes buscando respirar, desconectar y ver algo que no parece preparado para turistas, le vas a pillar el punto.
La torre que se quedó sin prisa
Todo gira alrededor del campanario. No es una ruina, es que simplemente nunca se terminó. La historia oficial dirá algo sobre falta de fondos en el siglo XIX, pero los vecinos tienen sus versiones, y son más entretenidas. Pregunta en el bar, si está abierto. La torre, de piedra vista y corte cuadradote, forma parte de la Iglesia de San Martín, un edificio sobrio y macizo que parece crecer de la tierra. Es el tipo de iglesia que huele a cera y a siglos, sin pretensiones.
El pueblo en sí es pequeño. Lo recorres en quince minutos, pero la gracia está en perderlos. Sube por las callejuelas empinadas, fíjate en los dinteles de piedra de algunas puertas, en los balcones con macetas. No hay un itinerario, solo déjate llevar hacia la parte alta. Las vistas desde allí son la recompensa: una extensión de campos, bosques y cielo que te explica por qué la gente se queda a vivir aquí.
Alrededor, salpicando el término, verás algunas masías. Son esas casas grandes, a menudo con aire de fortaleza, que te hablan de cuando la vida era esto: la tierra, el ganado, la familia. Ahora muchas están reformadas, otras no. Dan carácter al paisaje.
Planes que no salen en las guías
Aquí no hay “actividades” programadas. El plan es pasear, punto. Pero un paseo con los ojos abiertos. Puedes sentarte en un banco frente al campanario y tratar de imaginar por qué nadie le puso un remate. Puedes buscar los senderos que salen del pueblo y se meten entre campos de cereal. Son caminos anchos, de tierra, donde es fácil ver conejos escabulléndose o el vuelo de un cernícalo. No necesitas botas de montaña, con unas zapatillas vas que chutas.
La verdadera experiencia a veces está en lo casual. Si coincide que el bar de la plaza está abierto, entra. No esperes una carta de cócteles. Es el típico bar de pueblo donde el dueño te sirve un café y, si no hay mucha prisa, te cuenta por qué la torre está así. Esa conversación vale más que cualquier folleto.
Para comer, la cosa se pone más complicada dentro del pueblo. No hay restaurantes como tal. La estrategia es venir preparado: un picnic con productos de la zona. En Igualada o en Calaf encontrarás buenas carnicerías y panaderías. Llévate algo, siéntate en alguna zona con vistas y haz tu propio almuerzo. La gastronomía por aquí es la de siempre: buena butifarra, pan con tomate, vino de la Anoia. Sencillo y honesto.
Fiestas: cuando el pueblo se llena de vida
Si quieres ver a Sant Martí Sesgueioles animado, tienes dos citas. La Fiesta Mayor de Verano, en agosto, es cuando el pueblo recupera a sus vecinos que viven fuera. Hay música en la plaza, alguna comida comunal y ese ambiente festivo que transforma las calles vacías en un salón. Es el momento de más bullicio del año.
La otra es la Fiesta de San Martín, alrededor del 11 de noviembre. Es más familiar, más corta. Suele haber una misa y una comida de hermandad. Con el frío otoñal, tiene un ambiente más recogido, más de pueblo pequeño de verdad.
Cómo ir y no frustrarte
Llegar: Ve asumiendo que necesitas coche. Está en la Anoia, al noroeste de Barcelona. Desde Igualada, coges la C-37 hacia Calaf y te desvías por la BV-1031. El GPS a veces se vuelve loco, pero está bien señalizado. En unos 25 minutos desde Igualada estás allí. Olvídate del tren. Hay autobús desde Igualada, pero con suerte pasan dos al día. Si vas sin coche, te quedas a merced de los horarios, que son ajustados.
Cuándo: Verano (sobre todo en fiestas) es cuando más gente hay. Pero yo prefiero la primavera o el otoño. Los colores del campo son bonitos, la luz es especial y no hace el calor seco del verano. En invierno hace frío de verdad, y si nieva, el campanario a medias con un manto blanco tiene su aquel.
Servicios: Sé claro: esto no es un centro turístico. Hay un bar, que no siempre tiene un horario fijo. No hay hoteles. Para dormir, mira en Calaf o Igualada, donde hay casas rurales y algún hotel. Y lleva efectivo. La de la tienda de ultramarinos (si la encuentras abierta) no va a pasar la tarjeta.
¿Merece un viaje expreso? Si vas de paso por la Anoia, sí. Si buscas un rato de paz y algo distinto a los pueblos postal, también. Pero no vengas esperando un espectáculo. Ven a ver un campanario que se resistió a terminarse, a pasear por calles vacías y a recordar que hay sitios donde el tiempo todavía lo marcan las cosechas. Y después, te vas a Calaf a comer bien. Así es el plan perfecto.