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sobre Santa Margarida de Montbui
Municipio con un núcleo moderno y otro antiguo en la cima de la Tossa
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Las campanas de la torre barroca marcan las siete y media cuando el sol todavía no ha salido del todo. Desde la plaza, donde el hormigón de los bancos está frío y húmedo, se ve la silueta del castillo de la Tossa recortada contra un cielo que empieza a teñirse de rosa. El turismo en Santa Margarida de Montbui empieza casi siempre así, con esa colina delante y la sensación de que el pueblo se está desperezando despacio.
A esa hora apenas pasa algún coche hacia Igualada y poco más. El aire huele a pan recién hecho que sale de alguna cocina cercana y a tierra húmeda si ha llovido por la noche.
El camino que sube
La pista que lleva a la Tossa empieza entre campos y urbanizaciones que fueron creciendo con los años, a medida que el municipio se iba pegando cada vez más a Igualada. Todavía se ven portones de madera con herrajes viejos en algunas casas, mezclados con garajes modernos y vallas metálicas.
La subida es constante, de esas que te obligan a regular el paso. No es larga, pero tampoco conviene hacerla con prisa. En una de las últimas curvas aparece de golpe la iglesia de Santa Maria de la Tossa, plantada arriba del todo, sobre la loma. Es románica, levantada alrededor del siglo X, con muros gruesos de piedra gris amarillenta que han pasado siglos de viento y sol.
Dentro suele haber silencio. El olor es el de la piedra fresca y la cera consumida. Por las pequeñas ventanas románicas entra una luz muy limpia que cae en rectángulos sobre el suelo y se va desplazando lentamente a lo largo de la mañana. Si te acercas al exterior, el paisaje se abre de golpe: el valle del Anoia, los campos que cambian de color según la estación, los polígonos industriales cerca de Igualada y la autovía cruzando el fondo del valle.
Es uno de esos sitios donde se entiende bien la mezcla del territorio: campo antiguo, industria reciente y carreteras rápidas conviviendo a pocos kilómetros.
Lo que quedó y lo que llegó
Bajar de la Tossa es volver al presente sin transición. El barrio de Sant Maure, donde vive buena parte de la población, tiene más de expansión residencial que de núcleo antiguo: chalets pareados, calles amplias, rotondas, supermercados grandes.
Pero si te alejas un poco de las vías más transitadas y te metes por el centro histórico de Santa Margarida, todavía aparecen casas con portales de piedra y escudos grabados en las dovelas. Algunas fachadas mantienen colores fuertes —verde oscuro, rojo teja— que rompen con el tono más apagado de la piedra.
La iglesia parroquial actual se levantó en el siglo XVII. El campanario barroco llegó algo después, ya entrado el XVIII, y el reloj se instaló más tarde, cuando todavía había que darle cuerda a mano. A mediodía, cuando suenan las campanas, el ruido se mezcla con el tráfico de la carretera cercana y con el movimiento de las naves industriales del entorno. Esa mezcla define bastante bien el lugar: ni completamente rural ni del todo urbano.
El domingo de mayo
Tradicionalmente, el primer domingo de mayo se sube en grupo a la Tossa. No es una romería multitudinaria. Se parece más a una caminata colectiva donde la mayoría se conoce: familias que llevan décadas repitiendo el mismo recorrido, vecinos que se encuentran cada año en el mismo punto del camino.
La gente sale con botellas de agua, bocadillos envueltos en papel de aluminio y alguna mochila con fruta. Mientras suben se habla de todo lo cotidiano: quién se ha mudado, cómo viene la temporada del campo, si este año ha llovido lo suficiente.
Arriba suele celebrarse una misa breve en catalán. Después, la gente se queda un rato sentada en los bancos de piedra, compartiendo comida sencilla. Los niños corretean por los alrededores del pequeño cementerio junto a la iglesia, sin demasiadas normas. Durante unas horas el cerro vuelve a funcionar como punto de encuentro del municipio, algo que ya ocurría siglos atrás.
Cómo y cuándo
Para subir a la Tossa lo habitual es dejar el coche en la parte baja del municipio y seguir la pista señalizada que sube hasta la colina. Es un paseo asumible para cualquiera con un mínimo de costumbre de caminar, aunque el desnivel se nota.
Conviene llevar agua, sobre todo en verano: arriba apenas hay servicios y la sombra es escasa a mediodía. En julio y agosto el calor puede apretar bastante en la subida.
Los días más agradables suelen llegar en otoño, cuando el aire es más seco y el paisaje del Anoia empieza a apagarse hacia los ocres. En invierno también tiene su momento, sobre todo esas mañanas de niebla baja que cubren el valle y dejan la Tossa asomando por encima, como una isla de piedra. Entonces el silencio es casi completo. Sólo el viento y alguna campana lejana.