Artículo completo
sobre Artés
Municipio del Bages con tradición vitivinícola y un casco antiguo situado sobre una colina
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de Sant Martí repican a las ocho y media de la mañana cuando todavía la boira se aferra a les vinyes que envuelven el pueblo. Desde el banco de la plaza Major, donde acaba de abrir el forn, sale un olor a pa de pessic recién hecho que se mezcla con el humo de la leña y el café torrado. En Artés nadie camina deprisa: los tractors atraviesan la calle amb pas tranquil; las mestresses surten el cistell al mercat; algú ja fa la primera ronda de vermut a la terrassa del Casino. Aquí el tiempo no se mide en horas sino en collites.
El pa que esdevé dolç
El forn comunal de la plaça Major es un hueco en la pared con puerta de hierro, ennegrecido por años de humo. Allí se cuece pan cada día desde hace generaciones. Pero lo que muchos asocian con Artés es el pa de pessic: un bizcocho ligero hecho con huevos, azúcar y harina, sin levadura ni mantequilla.
Cuando llega la fiesta dedicada a este dulce, el pabellón se llena de bandejas sobre mesas largas de madera. Cada familia tiene su versión. Algunas llevan higos confitados. Otras añaden anís o un poco de piel de limón. Los vecinos discuten la textura como si hablaran de vino: lo importante es que quede ligero y seco por dentro. Fuera de esos días, el horno suele prepararlos hacia el final de la semana. Conviene acercarse por la mañana; a mediodía muchas veces ya no queda ninguno.
Entre la piedra y la vinya
La iglesia de Sant Martí domina el carrer Major con esa presencia sólida de las parroquias antiguas. La fachada barroca refleja una luz amarillenta al final de la tarde. Bajo ella se adivinan partes más antiguas del edificio, de cuando el pueblo era poco más que un puñado de casas alrededor del templo.
Dentro el silencio es espeso. La madera de los bancos cruje cuando alguien se mueve y queda flotando un olor suave de cera y de incienso viejo. La luz entra por la rosasa y deja manchas rojizas en las columnas.
A unos dos kilómetros, la carretera de les Torrotes sube entre campos de cereal y olivos retorcidos. En lo alto aparece la ermita de Sant Miquel, pequeña, de una sola nave. Desde el turó el Bages se abre en parcelas irregulares de verde y marrón. En verano la subida conviene hacerla temprano. El aire es seco y huele a tomillo machacado bajo las zapatillas. Si te entretienes arriba, la piedra empieza a tomar un color de miel cuando cae la tarde.
On el bacallà es confita
En muchas casas de Artés la cocina todavía se mide con paciencia. El bacalao a l’artesenca se deja horas a fuego muy bajo con aceite de oliva, piñones y pasas. El resultado es un guiso suave, con un caldo dorado que pide pan cerca.
La coca de recapte suele llevar escalivada y, a veces, una rodaja de butifarra negra que se tuesta en el horno de leña. Son platos de mesa larga. Si entras a comer un domingo cerca de la una encontrarás familias enteras que se alargan hasta media tarde. Entre semana el ambiente es más tranquilo, sobre todo a mitad de semana. Los lunes muchos locales del pueblo descansan.
Quan el poble es vesteix de festa
En invierno, alrededor de Sant Blai, la plaza Major cambia de ritmo. Aparecen puestos con miel, hierbas y dulces. Los niños buscan las cañas de azúcar que se venden esos días y pasan la tarde chupándolas mientras corretean entre las paradas.
Al caer la tarde suele haber canciones bajo el porche del ayuntamiento. La gente se queda charlando con un vaso en la mano mientras baja el frío de la noche.
El Carnaval es otra escena. Las comparsas recorren las calles con disfraces hechos en casa y al día siguiente llega el entierro de la sardina cerca del campo de fútbol. Queda un olor mezclado de humo y pescado que tarda horas en irse.
Camins de ferralla i carrilet
La antigua vía del tren que unía Manresa con el interior del Bages es hoy un camino de tierra compacta. Desde Artés hacia Calders el primer tramo discurre casi plano, bajo la sombra de plátanos grandes que cubren la traza del antiguo carril.
Más adelante el camino se abre y aparecen vistas largas del paisaje agrícola. En primavera los almendros florecen y hay tramos donde el aire huele dulzón, como si alguien hubiera abierto un tarro de miel. Conviene llevar agua porque en el recorrido apenas hay fuentes. Y si el día aprieta, mejor empezar temprano: el sol cae de lleno en los tramos sin árboles.
Cuando venir y qué evitar
Artés cambia bastante según el mes. En primavera el verde de los campos es intenso y la niebla suele levantarse antes de la hora de comer. En agosto el calor aprieta y los mosquitos de la riera se hacen notar al anochecer; merece la pena llevar algo para espantarlos.
El invierno tiene días muy claros. Desde algunas carreteras cercanas, cuando el aire está limpio, se dibuja la silueta lejana de montañas del Prepirineo. Eso sí, cuando coinciden fiestas conocidas del pueblo el centro se llena y aparcar se vuelve más lento de lo habitual. Si buscas calma, mejor acercarte un día cualquiera entre semana. Aquí todavía hay mañanas en las que solo se oye el motor de un tractor y las campanas marcando la hora.