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sobre Castellfollit del Boix
Municipio rural disperso entre bosques y campos en el límite con la Anoia
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Hay pueblos que funcionan como esos caminos secundarios que coges casi por casualidad. No ibas buscando nada concreto, pero de repente bajas la velocidad, miras alrededor y piensas: “oye, aquí se está bien”. Castellfollit del Boix va un poco por ahí. Un municipio pequeño del Bages, a unos 700 metros de altitud, con poco más de 460 vecinos y un ritmo que no tiene nada que ver con el de las rutas más transitadas de Catalunya.
Aquí el tiempo se mide más por las campanas de la iglesia o por cuándo cae el sol detrás de las colinas que por la hora que marca el móvil. Y eso, para una escapada corta, tiene bastante gracia.
Un núcleo que se recorre en quince minutos (y sin perderte)
El centro no tiene misterio: unas cuantas calles estrechas, casas de piedra bastante pegadas entre sí y esa sensación de pueblo que ha ido creciendo sin demasiados planes urbanísticos. Sabes a lo que me refiero.
La iglesia parroquial de Sant Andreu es el edificio que más se hace notar. Tiene base románica, aunque con reformas posteriores que se ven bastante claras si te fijas en los muros. Cerca también quedan algunos restos asociados al antiguo castillo del lugar —hoy más bien fragmentos de muralla y estructuras sueltas— que ayudan a imaginar que este pequeño altozano tuvo cierta importancia defensiva hace siglos.
Paseando por la calle Mayor aparecen algunas casas con detalles góticos o renacentistas. No es algo monumental; más bien son pistas sueltas del pasado del pueblo, como cuando ves una puerta antigua en una casa normal y te preguntas cuántas generaciones han pasado por ahí.
Paisaje de encinas y silencio (mucho silencio)
Alrededor del núcleo empieza lo que de verdad define el lugar: campo. Encinas, pinos, algo de roble y un buen puñado de caminos rurales que van enlazando masías y pequeños valles.
No hace falta preparar una excursión complicada. Puedes salir andando desde el mismo pueblo y seguir cualquiera de esas pistas durante media hora o una hora. Es ese tipo de paseo en el que casi no te cruzas con nadie y el ruido más constante suele ser el del viento o algún tractor a lo lejos.
Si el día está claro, desde algunos puntos se alcanza a ver la silueta de Montserrat en el horizonte. No es un mirador preparado con barandillas y paneles, simplemente un claro en el camino donde el paisaje se abre de golpe.
Rutas para caminar sin darle muchas vueltas
Quien venga con ganas de moverse un poco tiene opciones tranquilas. Los caminos que conectan con otros núcleos del Bages combinan tramos asfaltados muy secundarios con pistas de tierra bastante llevaderas.
No esperes grandes rutas señalizadas cada pocos metros. Aquí funciona mejor venir con una idea general del recorrido o usar algún track sencillo. A cambio, el entorno es bastante agradecido para caminar sin prisa o salir con bicicleta de paseo si no te importan algunos repechos.
Comer como se ha comido siempre por aquí
La cocina sigue muy ligada al campo. Platos contundentes, carne, embutidos y, cuando es temporada, bastantes setas. Nada de presentaciones modernas ni experimentos raros: más bien comida de la que apetece después de haber estado un rato caminando por el monte.
Es ese tipo de lugar donde una comida larga puede convertirse fácilmente en el plan principal del día.
La parada lógica si estás recorriendo el Bages
Castellfollit encaja bien dentro de una ruta más amplia por esta comarca. Por aquí aparecen castillos e iglesias románicas separadas por pocos kilómetros, así que es fácil ir enlazando paradas en coche.
Manresa queda relativamente cerca. En ese contexto, este pueblo funciona más como pausa tranquila entre visitas que como destino único para todo un día.
El momento en que despierta (un poco)
Durante el año el ambiente es bastante calmado —lo normal— pero en verano suele celebrarse la fiesta mayor ligada al patrón Sant Andreu. Son días con música tradicional y comidas populares pensadas sobre todo para los vecinos y la gente cercana.
No es un evento grande ni pensado para atraer multitudes desde Barcelona. Más bien lo contrario: esos días ves cómo cambia brevemente la energía del lugar porque todo se organiza alrededor del baile o la cena comunal.
¿Y merece la pena acercarse?
Depende enteramente del plan. Castellfollit del Boix no es un lugar lleno monumentos ni un pueblo-museo perfectamente conservado. Pero si te gusta parar en sitios pequeños donde aún puedes aparcar sin estrés frente a tu casa rural —sí hay algunas— dar un paseo sin rumbo fijo y ver cómo es realmente este rincón rural del Bages… pues entonces sí. Funciona muy bien como escapada corta o como parada dentro una ruta por zona. Mi consejo: ven sin expectativas demasiado altísimas. Aparca, da vuelta rápida al núcleo, sal caminar veinte minutos hacia cualquier camino, y luego quédate quieto escuchando qué pasa (spoiler: casi nada). A veces los planes así son los únicos posibles —y necesarios— cuando pasamos demasiado tiempo rodeados ruido blanco urbano