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sobre Manresa
Capital del Bages y ciudad ignaciana con una imponente basílica gótica
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Hay ciudades que parecen tener complejo de pueblo grande. El turismo en Manresa empieza un poco así: llegas pensando en una capital comarcal más, y al rato tienes la sensación de que todo está a escala humana. Con más de 80.000 habitantes, sigue funcionando como esos sitios donde siempre te cruzas con alguien conocido. Y quizá por eso, cuando vienes de fuera, da la impresión de que la ciudad te deja asomarte a su vida cotidiana sin demasiada ceremonia.
La Seu: ese templo que te mira desde cualquier sitio
La primera vez que vi la basílica de La Seu fue desde el tren, al entrar en la ciudad. Ese momento en el que piensas: “eso no puede ser Manresa”. Pero sí.
Está arriba del todo, dominando el casco antiguo. La construcción empezó en el siglo XIV y se alargó durante décadas, como suele pasar con las obras grandes de la época. No es una catedral gigantesca ni especialmente recargada. Más bien es de esas que se imponen por la posición y por la luz que entra dentro.
El interior guarda bastante arte gótico, y si te interesa mínimamente la arquitectura religiosa se disfruta con calma. A veces también se puede subir a la parte alta del edificio. Desde allí la ciudad se entiende mejor: el río, los barrios que se han ido extendiendo y esa sensación de estar en un balcón natural sobre el Bages.
La cueva de San Ignacio
La historia de Ignacio de Loyola en Manresa tiene algo de novela corta. Un militar que pasa por una crisis personal bastante seria, llega a la ciudad a comienzos del siglo XVI y acaba pasando meses de retiro en una cueva junto al Cardener. De esa etapa saldrían buena parte de las ideas que luego marcarían a la orden de los jesuitas.
Hoy ese lugar está integrado en un conjunto religioso bastante más grande que la cueva original. Aun así, cuando bajas hacia el río y entras en el recinto, el ambiente cambia. Hay menos ruido de ciudad y más silencio.
Desde el centro se llega andando en unos veinte minutos largos, según por dónde bajes. Si vas temprano o entre semana es fácil encontrarlo tranquilo. Cuando coincide con grupos de peregrinación el ambiente cambia bastante, claro.
El Passeig de Pere III: el salón donde pasa la vida
Si La Seu representa la parte más histórica, el Passeig de Pere III es otra cosa: el sitio donde se ve la vida diaria de Manresa.
Es un paseo largo, abierto a finales del siglo XIX, cuando la ciudad crecía gracias a la industria textil. La burguesía de entonces quería un espacio amplio donde pasear y enseñar que las cosas iban bien.
Hoy sigue siendo ese eje central. Bancos, árboles, gente que va y viene todo el día. Por la mañana verás a gente mayor haciendo el paseo corto de siempre; por la tarde aparecen familias con carritos, chavales saliendo del instituto y bastante movimiento de tiendas.
En uno de los extremos está el gran teatro de la ciudad, un edificio que se restauró hace años y que ahora concentra buena parte de la actividad cultural. Cuando hay función, el ambiente cambia bastante y el paseo se llena.
La Séquia: 26 km de ingeniería medieval
La Séquia es una de esas cosas que, sobre el papel, parecen poco atractivas: un canal de agua medieval. Pero cuando entiendes lo que es, cambia la perspectiva.
Se construyó en el siglo XIV para llevar agua desde el Llobregat hasta Manresa. Y lo curioso es que el trazado, con sus acequias y pendientes milimétricas, sigue funcionando siglos después.
El canal completo ronda los 26 kilómetros y hay senderos que permiten recorrer varios tramos. Mucha gente hace solo una parte, caminando entre huertas, bosques y antiguos molinos. No es una ruta de montaña exigente; se parece más a esos caminos largos donde caminas casi sin darte cuenta de los kilómetros.
Cuando llevas un rato andando caes en la cuenta de que estás siguiendo una infraestructura medieval que todavía forma parte del sistema de agua de la ciudad. Y eso tiene bastante mérito.
Comer en Manresa sin complicarse
Manresa no es una ciudad que viva pendiente de las modas gastronómicas. Aquí se come bastante clásico.
La butifarra con judías blancas —las famosas mongetes del ganxet— aparece en muchas cartas. Es un plato sencillo, pero cuando está bien hecho no necesita más que un buen aceite por encima.
También es fácil encontrar cocina catalana de la de toda la vida: guisos, carnes a la brasa, platos contundentes. Nada de raciones microscópicas ni presentaciones imposibles.
Mi truco suele ser sencillo: aléjate un poco de las calles más céntricas y entra en un bar donde haya gente del barrio. Si ves mesas con trabajadores comiendo menú y conversaciones en catalán a buen volumen, vas por buen camino.
¿Merece la pena pasar por Manresa?
Manresa no compite con las grandes ciudades catalanas en monumentalidad. Ni lo intenta.
Pero tiene algo que muchas ciudades más turísticas han ido perdiendo: la sensación de lugar vivido. El centro histórico, la basílica dominando el paisaje, el paseo lleno de gente a cualquier hora y esa mezcla entre ciudad mediana y capital comarcal.
Para un fin de semana funciona bien. Un día puedes dedicarlo al casco antiguo, La Seu y la zona de la cueva de San Ignacio. Otro, a caminar un tramo de la Séquia o acercarte a los viñedos del Pla de Bages que rodean la ciudad.
Al final te vas con la impresión de haber estado en un sitio que no intenta impresionar a nadie. Y a veces eso se agradece bastante.