Artículo completo
sobre Mura
Uno de los pueblos medievales más bonitos de Cataluña en el parque de Sant Llorenç
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, cuando todavía queda humedad en las losas de piedra, Mura suena sobre todo a pasos. Pasos propios, porque apenas pasa nadie. De alguna chimenea llega olor a leña y el aire baja frío desde la montaña. Si miras hacia el sur, el perfil de La Mola aparece como una mesa de roca clara que corta el cielo, con el edificio del antiguo monasterio marcando la cumbre.
Hablar de turismo en Mura es hablar de un pueblo muy pequeño del Bages —algo más de doscientos vecinos— encajado entre barrancos y laderas del parque natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac. Las calles suben y bajan sin demasiada lógica, adaptándose a la pendiente. Las casas, casi todas de piedra, enseñan remiendos de distintas épocas: un arco rehecho, una ventana más reciente, vigas que parecen haber sobrevivido a varias generaciones.
La luz entra a ratos entre los tejados. A media tarde, cuando el sol baja por detrás de la sierra, las fachadas cogen tonos entre gris claro y ocre apagado. No hay grandes plazas ni perspectivas amplias; Mura se entiende caminando despacio y aceptando que cada esquina cambia la pendiente.
El pequeño núcleo alrededor de Sant Martí
La iglesia de Sant Martí organiza el centro del pueblo. Es un edificio de origen medieval que ha ido cambiando con los siglos, aunque todavía se reconocen elementos románicos en algunas ventanas y en la forma compacta del conjunto.
Alrededor aparecen patios estrechos, escaleras cortas y casas pegadas unas a otras como si se protegieran del viento. En ciertos rincones crecen parras o hiedras que trepan por los muros. No hace falta un plan para recorrerlo: en menos de una hora se puede dar la vuelta completa al núcleo, aunque lo normal es detenerse varias veces, sobre todo donde el callejón se abre y deja ver la montaña.
Un detalle práctico: los fines de semana de buen tiempo llega bastante excursionista desde el área metropolitana de Barcelona. Si buscas tranquilidad, compensa venir entre semana o temprano.
Caminos hacia la roca de Sant Llorenç del Munt
Lo que rodea al pueblo pesa tanto como el propio casco urbano. Mura está en uno de los accesos al macizo de Sant Llorenç del Munt, una montaña calcárea donde el agua ha ido modelando agujas, paredes y pequeñas canaletas de roca.
Muchos senderos salen directamente del pueblo o de los caminos cercanos. Algunos se internan entre pinos y encinas; otros atraviesan zonas más abiertas donde la piedra aparece desnuda. El terreno es irregular y en ciertos tramos pedregoso, así que conviene llevar calzado con buena suela incluso si el paseo parece corto en el mapa.
La subida hacia La Mola es una de las rutas más conocidas de la zona. No es un paseo suave: gana altura de forma constante y, según el camino elegido, puede tener tramos pedregosos. Arriba, el edificio del antiguo monasterio domina la plataforma de roca. En días claros se alcanza a distinguir Montserrat hacia el oeste y, más lejos, las primeras líneas del Pirineo.
Cuevas y huecos en la piedra
El paisaje kárstico deja pequeñas cavidades repartidas por el entorno. Las Coves de Mura son las más conocidas. No son cuevas espectaculares ni grandes salas subterráneas; más bien grietas y galerías formadas lentamente por el agua en la roca caliza.
Algunas rutas pasan cerca de estas cavidades. Conviene acercarse con calma y con luz suficiente, porque el suelo puede ser húmedo o resbaladizo en ciertos puntos. Parte del interés está precisamente en esa escala modesta: ver de cerca cómo la montaña se ha ido vaciando por dentro.
Masías en los caminos del Bages
Fuera del núcleo aparecen masías dispersas entre campos y bosque bajo. Muchas conservan la estructura tradicional: muros gruesos, tejados inclinados de teja y patios cerrados donde todavía se guardan herramientas o leña.
No todas están habitadas. Algunas muestran puertas cerradas y ventanas tapiadas; otras siguen teniendo actividad agrícola o ganadera. Caminar entre ellas ayuda a entender cómo se ha organizado históricamente el territorio en esta parte del Bages, con explotaciones separadas por bancales, caminos de tierra y pequeñas zonas de cultivo.
Roca y escaladores
Las paredes calcáreas del entorno también atraen a escaladores locales. En ciertos sectores hay vías equipadas de distintos niveles y es relativamente habitual ver cuerdas colgando de la roca durante los días estables de primavera u otoño.
No es un destino pensado para aprender desde cero, pero quien ya tenga experiencia suele encontrar aquí sectores tranquilos, lejos del bullicio de otras zonas más conocidas de Catalunya.
Algo que conviene saber antes de venir
El pueblo es pequeño y el aparcamiento en el interior es limitado. En días concurridos puede tocar dejar el coche algo más lejos y entrar caminando. Tampoco hay demasiada sombra en algunas rutas del macizo, así que en verano el calor se nota.
A cambio, cuando cae la tarde y muchos visitantes ya se han marchado, Mura vuelve a ese silencio de primera hora: el eco de algún paso en la calle empedrada, una puerta que se cierra, y la montaña oscureciéndose poco a poco detrás de los tejados.