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sobre Navarcles
Pueblo junto al Llobregat con un lago artificial y el monasterio de San Benito cerca
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Navarcles es como ese cajón de tu abuela donde cabe de todo: un pueblo pequeño del Bages, de esos que en el mapa parecen poca cosa, pero cuando empiezas a caminarlo te das cuenta de que hay más rincones de los que esperabas. En poco más de seis mil habitantes cabe bastante vida.
Te lo digo porque el otro día, buscando aparcar cerca del Pont Vell, me quedé detrás de un coche que avanzaba a paso de caracol con el intermitente puesto desde hacía media calle. No era un turista perdido: era un vecino saludando a medio pueblo mientras conducía. Así que si vienes un día animado y ves tráfico en el centro, no te preocupes demasiado: aquí el ritmo es ese.
El río que lo partió todo
En Navarcles lo primero que manda es el agua. El Llobregat se cruza por aquí con el Calders y con la riera de Navarcles, y el pueblo ha crecido alrededor de ese encuentro, con puentes que conectan las dos orillas.
El Pont Vell es el que sale en casi todas las fotos. Tiene origen medieval y, como suele pasar con estas estructuras, se ha reparado tantas veces que distinguir qué parte es la original ya es otra historia. Aun así, cuando lo cruzas entiendes por qué sigue siendo el símbolo del pueblo.
Si te paras a mitad y miras río arriba aparece el lago del Parc del Llac. Llamarlo lago suena raro en un sitio donde siempre han mandado los ríos, pero ahí está: una lámina de agua tranquila con un paseo alrededor. Los fines de semana, sobre todo cuando hace buen tiempo, se llena de gente caminando, pescando o simplemente sentada mirando el agua.
Las fuentes: una buena excusa para callejear
Perderse en Navarcles es complicado. En diez o quince minutos cruzas el casco urbano de punta a punta. Pero hay una manera entretenida de recorrerlo: la Ruta de les Fonts.
Son varias fuentes repartidas por el término, algunas más escondidas que otras. Los nombres —la Mina, la Cura, la Solervicenç— suenan casi a apellidos de familia. La Font Vella suele ser de las más conocidas, un punto donde mucha gente acaba parando un rato.
Hay quien dice en broma que si bebes de todas las fuentes del pueblo acabas casándote con alguien de aquí. Yo no comprobé la teoría completa; me quedé a medio camino y preferí seguir caminando antes de que alguien empezara a presentarme a primos o sobrinos.
Lo que se cuece en las casas
La cocina de por aquí va bastante en la línea de la comarca: platos sencillos, de producto y de temporada. La coca de recapte aparece mucho, con verduras asadas y lo que toque ese mes. No es una receta rígida; cada casa la hace a su manera.
También es habitual el conill a l'all, conejo con ajo y alioli. Bien hecho es de esos platos que piden pan al lado, porque la salsa no se queda en el plato ni de casualidad. Y con pan de pagès, mejor todavía.
No es un sitio de cocina sofisticada. Es más bien de platos de los que te dejan con ganas de una siesta corta antes de volver al coche.
Cuando llegan las fiestas
La Festa Major suele celebrarse a finales de agosto y es cuando el pueblo cambia de ritmo. Calles que normalmente están tranquilas se llenan de gente, sobre todo de vecinos que viven fuera y vuelven esos días.
En Pascua también es típico oír las caramelles, grupos que recorren las calles cantando canciones tradicionales. Y a lo largo del año hay celebraciones ligadas a las fuentes o a las plazas del pueblo, esas fiestas de escala muy local donde prácticamente todo el mundo se conoce.
No es el tipo de fiesta que sale en carteles enormes. Es más bien de encontrarte con medio pueblo en la calle.
Mi consejo de amigo
Navarcles funciona bien como parada tranquila en el Bages. Puedes dar un paseo por el lago, cruzar el Pont Vell, curiosear por las calles y sentarte un rato cerca del río. En una mañana larga lo tienes bastante visto.
Si vienes en coche, además, es fácil combinarlo con otros pueblos de la comarca. Las distancias aquí son cortas y en un rato estás en otro sitio completamente distinto.
Y esa es un poco la gracia: Navarcles no intenta impresionar a nadie. Es más bien ese lugar donde paseas un rato, comes bien, miras el río y sigues camino con la sensación de haber parado en un sitio que funciona a su manera. A veces eso es más que suficiente.